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Las primeras ideas para este proyecto estaban centradas en el análisis de los usos de una zona del Jardín del Turia que por la noche se convierte en un lugar de cruising para la comunidad gay. Un lugar que durante el día está lleno de gente que pasea o toma el sol, por la noche se convierte en un lugar para follar entre tíos. En un segundo momento pensamos ampliar este estudio a todos los lugares públicos en los que se daban las mismas situaciones en la ciudad de Valencia y periferia. Un encuentro ocasional, en uno de estos jardines, con Carlos, un chico boliviano recientemente instalado en Valencia, hizo que el proyecto tomara un nuevo rumbo. Entonces le solicitamos a este chico que nos llevara a los lugares en los que él follaba. A partir de entonces el proyecto cambió totalmente y se enriqueció con la mirada y las opiniones de Carlos. El trabajo se ha materializado en un hipertexto alojado en un blog en el que vamos yendo a otros textos, a fotografías, citas, webs, etc. y presenta una selección de fotos comentadas que son las que Carlos quería que se fotografiaran. Este trabajo reflexiona sobre la ocasionalidad de estos lugares, sobre el uso-otro que contienen, además lo hace a través de la mirada de una persona inmigrante, que en cierta manera es “provisional”, con la que he establecido una relación que también puede verse impregnada de cierta ocasionalidad y que se ha materializado en un hipertexto que nos permite ir a otros lugares según las opciones que se proponen y las decisiones de quienes lo lean. |
Llévame donde tú follas
De los lugares de encuentro entre hombres
Si el espacio público ha sido y sigue siendo heterosexual en todas sus expresiones, dimensiones y dispositivos, nuestra subcultura gay ha tenido que homosexualizar enclaves robados a la heteronormatividad, transformándolos en un territorio temporalmente propio, en un espacio de disidencia solamente percibido y usado por un grupo de iniciados. La mayoría de los ciudadanos y ciudadanas que transitan por estos enclaves los perciben como no lugares, espacios del anonimato y la transitoriedad. Sin embargo, nosotros hemos hecho de estos sitios de tránsito verdaderos lugares antropológicos en los que la subjetividad se identifica, espacios en donde nos follamos y nos corremos. Así, hemos podido transformar una topografía heterosexual, la de todas nuestras ciudades, en una homotopografía en la que sólo un grupo de entendidos puede orientarse y leer en un mapa nuestra particular distribución del espacio público. Estos lugares de encuentro tienen la función de reforzar el hecho identitario homosexual, utilizando estrategias en las que la subjetividad se apropia del espacio público, superponiéndose a lo que está pre-establecido y previsto.
Una clasificación de las tipologías de espacios, (incluyendo los urbanos, periurbanos y rurales) en los que los gays hacemos un uso-otro, uso y disfrute que no siempre es re-conocido por el resto de ciudadanos y ciudadanas, podría ser tan extensa como fluctuante, ya que muchos lugares adquieren esta función en determinado momento y la pierden, fundamentalmente, por ampliaciones urbanísticas, procesos de rehabilitación institucionales o decretos municipales. Estos enclaves pueden ser considerados como lugares de resistencia, aunque frágiles y en peligro constante de disipación. Ante la posibilidad de la desaparición de un lugar de ligue, sólo el flujo que genera la afluencia tozuda puede hacer que permanezcan. Y no tengo la seguridad de que esto sea suficiente ya que nuestro entorno está inmerso en un contexto de homonormalización que, junto con las distintas “actuaciones de mejora urbana” promovidas por las corporaciones municipales, harán difícil conseguir que se mantengan activos ante una pausada pero insistente estrategia de disolución de las disidencias.
Pero hay otro factor que puede hacer que desaparezcan los lugares de ligue en los espacios públicos y que no tiene que ver con la “normalización social” sino con el cada día mayor acceso a la Red. A través de Internet, la zona de cruising está al alcance de cualquiera sin moverse de su casa. Puedes escoger a un tío para follar mirando perfiles de las múltiples webs temáticas, contactar, chatear por el Messenger y si la cosa surge, quedar después para pegarte un polvo. El espacio físico desaparece y el tiempo se encoge. En un clic, y sin tener que desplazarse, podemos tener a un tío en nuestra casa o hacernos una paja a través de la webcam.
Ramales de antiguas carreteras que han quedado en desuso, parajes naturales, centros comerciales (generalmente en los váteres), áreas de descanso de autovías, parkings para camiones en áreas de servicio, restaurantes de carretera, estaciones de autobuses, paseos ajardinados en la ciudad, playas nudistas, parques públicos urbanos, calles de las zonas comerciales o de polígonos industriales, caminos rurales, paseos marítimos, váteres de edificios universitarios, descampados de zonas urbanas que están por edificar, monumentos conmemorativos, váteres de aeropuertos, etc., conforman una geografía homoerótica, que ha ido construyéndose por el uso reiterado, insistente, tenaz y obstinado de muchos gays que, no pudiendo manifestar cotidianamente nuestra afectividad y sexualidad por haber estado obligados a negarnos en el espacio social, hemos tenido que re-inventar estos lugares para que nos permitieran la posibilidad de encontrarnos, socializar y follar. En los primeros años ochenta acudir, por ejemplo, a la Alameda de Valencia para ligar entrañaba cierto peligro y miedo, ya que cada vez que pasaba un coche de la policía municipal uno hacía como que paseaba ajeno a lo que allí ocurría pero, otras veces, teníamos una actitud desafiante, diciéndonos y diciéndoles que allí estábamos y que no nos íbamos a ir.
Aunque no todas las zonas de cruising funcionan de la misma manera. Algunos lugares comparten un doble uso al mismo tiempo. Un váter de un centro comercial, de una estación de RENFE, o un jardín que cierra sus puertas por la noche compaginan los usos de forma independiente y sin interferirse. Cuando un hombre gay acude a un parque, por ejemplo a los Jardines de Viveros o a un váter en el que sabe que hay ligue, ejecuta una “representación” basada en los códigos habituales de comportamiento en estos lugares: pasea, se sienta en un banco, mea, toma algo si hay un chiringuito, pero atento continuamente a los gestos-semilla que otros gays van esparciendo en este espacio. Nada nos diferencia de muchos de los árboles que encontramos en estos parques, como los arces, que producen un tipo de semilla que tiene alas para que vuelen lejos. A través de un conocimiento de los códigos de comunicación y, sobre todo, a través de la mirada, se establecerá el contacto y, aquello que parece un encuentro casual en un lugar público, a la luz de los no entendidos, es en realidad el umbral para pegar un polvo y/o establecer una relación del tipo que sea.
En otros lugares se ha establecido un doble uso, marcado por el día y la noche. La vida diurna, fuera de los barrios gays y fuera de los lugares de ligue, es el escenario de las relaciones heteronormativas, aquéllas que afectan al mundo laboral, familiar. Por el contrario, la noche introduce la variable lúdico-sexual y todos aquellos aspectos que no son propios del ambiente familiar. Un paseo por el día, en cualquiera de los jardines de una ciudad en los que por la noche hay rollo, como por ejemplo el Jardín del Turia, nos ofrece el siguiente panorama: nos encontramos con personas que caminan, gente que está tomando el aire o el sol, grupos que hacen picnic, parejas heterosexuales pegándose el lote, grupos de amigos que se reúnen, gente que pasea al perro, hace deporte, o va en bici: gente normal. Y también, cada vez más en esta ciudad, nos encontramos turistas. Gente que hace lo que se espera que hagan en esos lugares. Gente que usa el espacio público de forma que se sujetan a todas las reglas y convenciones que diariamente se repiten para mantener un orden basado en las relaciones de poder. Estas normas están presentes en muchos lugares en forma de carteles que indican qué es lo que está permitido hacer y qué no. Los usos-otros que algunos espacios acogen no tienen señalética oficial. Esta gramática cultural queda dinamitada al caer la tarde. Una zona ajardinada con césped, que durante el día es utilizada para tomar el sol o descansar un rato, por la noche es regada con cientos de gotas de semen. Al caer la tarde, van desapareciendo los usuarios diurnos del lugar y llegan hombres que pasean solos, que se sientan en un banco o se apoyan en un árbol esperando que la posibilidad del encuentro se produzca. Pero incluso este uso-otro, que escandalizaría a muchos de los que han estado allí unas horas antes, es un uso en cierta medida reglado, ya que los guardianes del orden saben lo que allí se cuece.
Las ciudades también “expulsan” a sus periferias las zonas de encuentro sexual entre hombres. En descampados de zonas aún no urbanizadas, que tienen un carácter más provisional e inestable, en las playas cercanas a los centros urbanos, y en parajes naturales colindantes, se crean lugares de peregrinación de características que difieren, en algunos aspectos, a los de las ciudades. Una de las cuestiones que más diferencia ambos lugares es el tipo de gente que los usa y la tranquilidad con la que se visitan. Generalmente, en los lugares periféricos a las ciudades, acude gente de los pueblos cercanos que no utiliza los bares de sexo o parques de la ciudad, hombres que frecuentan estos enclaves asiduamente y que en muchas ocasiones suele ser de edades comprendidas entre los 45-60 años. Estos territorios son más discretos y seguros en cuanto a la posibilidad de un atraco que los de las ciudades. Muchos de los hombres que acuden a zonas de ligue periurbanas o rurales, no han tenido la posibilidad de desarrollar su sexualidad de forma adecuada ya que están en el armario (casados con una mujer o solteros) y residen en pequeñas poblaciones en las que sigue habiendo dificultades para vivir plenamente la elección sexual. Así, estos lugares les permiten la posibilidad de evitar largos desplazamientos a las grandes ciudades para encontrar lo que buscan y ejercer, ocasionalmente, su homosexualidad. Y, junto a esa comodidad, debemos añadir que estos lugares permiten la posibilidad del disimulo. Muy pocos sospechan de alguien que esté parado en una área de descanso de una autovía, paseando por un monte o tomando el sol en una playa nudista.
Los lugares periféricos son usados, también, por muchos chicos jóvenes heterosexuales que después de dejar a la novia en casa, van allí para que se los follen, ocasionalmente. Pero una cosa es que se los follen de vez en cuando y otra que tengan claro que les va el tema. Muchos heterosexuales viven en esta encrucijada. En definitiva, muchos de los usuarios de estos lugares periféricos son homosexuales que no socializan como gays, sino que utilizan estos espacios para pegar un polvo y largarse inmediatamente. Lo gay no les va.
La fisicidad de un lugar es permanente desde su constitución como tal, y los usos van cambiando según los flujos ciudadanos que, aunque parecen realizados de una forma natural, siempre están condicionados por decretos, directrices invisibles y obstinaciones. Pero esos usos-otros que estos lugares acogen también tienen cierta vocación de permanencia. Por lo tanto, la ocasionalidad de ciertos lugares tendrá intensidades distintas. Si bien es cierto que algunos lugares de encuentro entre hombres van desapareciendo, muchos de ellos siguen intactos con el paso del tiempo. Factores como la aparición del VIH y políticas como la que se dio en la ciudad de Nueva York de redistribuir los lugares de ambiente fuera de las zonas “buenas”, hicieron que muchos parques de ciudades sufrieran un bajón en la afluencia de gente. A esto hay que añadir el incremento de la violencia y, como consecuencia, el aumento en gran parte de la ciudadanía, gays incluidos, de la paranoia del miedo y la inseguridad ciudadana. Pero con el tiempo y, a pesar de las circunstancias, muchos lugares siguen aguantando ese uso-otro que produce tanta delectación.
La ocasión la pintan calva
Nos intercambiamos los números de teléfono en el Jardín del Palacio de Congresos de Valencia. Yo había ido para hacer algunas fotos nocturnas para el proyecto Ciutats ocasionals. Cuando aparezco con la cámara y el trípode en un lugar de ligue, los hombres que se encuentran por allí me miran con recelo y desconfianza. Sobre todo si son jóvenes y de mediana edad. A los más mayores les importa menos que les fotografíen. A Carlos lo vi nada más llegar. Me di cuenta que se iba apartando de donde él pensaba que yo estaba enfocando con mi cámara. Cuando terminé las fotos me acerqué para comentarle que mi intención no era fotografiarlo, sino fotografiar el espacio vacío. En ese momento tuve una idea que cambió mi proyecto inicial. Pensé que podría vincular a Carlos con el proyecto que estaba realizando. Más tarde le mandé un sms proponiéndole que nos viéramos para hablar de sus experiencias en estos lugares de ligue. nocturnas de este lugar para el proyecto
Sábado 27 de octubre 2007. (En mi casa, con cervezas, tabaco y mucho tiempo por delante)
Carlos, 30 años, boliviano de Santa Cruz, lleva en Valencia ocho meses. No tiene papeles. Trabaja en lo que le sale: camarero, recolector de naranja, vendimiador, etc. Varios de sus hermanos viven en España y algunos en Valencia. Antes de venir, nadie de su entorno familiar sabía nada con respecto a su orientación sexual. Desde que está aquí, dos de sus hermanos lo saben y, algunas de sus amigas más íntimas, también. Como muchos otros inmigrantes, las causas por la que se ha visto obligado a dejar su país y venir a trabajar a España son, fundamentalmente, de carácter económico. Cualquier trabajo mal pagado aquí, es mucho mejor que los sueldos que allí se obtienen. Cuando vino no conocía a nadie que fuera gay. Con el tiempo empezó a frecuentar lugares en los que otros bolivianos se reunían, como los campos de fútbol del antiguo cauce del río Turia (un lugar de encuentro y socialización de inmigrantes que en la ciudad de Valencia ha sido motivo de algún que otro “altercado”). Allí le presentaron a su amigo Javier, otro boliviano, que le introdujo en el ambiente gay de la ciudad. Lo primero que le mostró fue la zona del Turia en la que hay cruising por la noche. Le dijo: “ves, un par de puentes más allá encontrarás lo que buscas”. Sólo había que recorrer unos trescientos metros desde donde estaban para llegar al lugar donde se liga, y esperar a que se hiciera de noche. Carlos es un hombre cuya situación es provisional, intermitente, inestable, ilegal, posiblemente ocasional.
Al principio de vivir en Valencia no socializaba como gay, sino que se movía en ambientes heteros. Vino sólo para trabajar, no para salir del armario, ya que en Santa Cruz ya “vivía como gay”. Allí lo sabía alguna gente de su entorno cercano, pero no su familia. Guardaba el secreto “por respeto”. Pero no se refiere a un respeto que deba guardar a su familia más próxima, sino que con este término quiere decir que lo respeten a él, en el sentido de que lo dejen en paz, que no le pregunten, que no se interesen, que no se preocupen. En definitiva, que respeten su vida privada. Un respeto que se consigue, al menos en Bolivia, según dice, por medio de silenciar su condición sexual. La “naturaleza latina indaga, quiere saber con quien vas” y eso es incómodo para Carlos. “Si saben que eres gay entran más en tu intimidad y todo lo que haces, y lo que te pasa lo asocian con esa circunstancia. Para casi todas las familias bolivianas tener un hijo gay es una desgracia”. En Bolivia tuvo un novio con el que llegó a vivir durante cuatro años, utilizando un montón de mentiras y engaños para disimular que eran pareja. Murmullos, cuchicheos, comentarios, indirectas dirigidas a ambos, hicieron que optaran por llevar a la escena pública un tipo de disimulo que consistía en salir con chicas. Fruto de esta situación nació su hija, que ahora también vive en España.
Carlos percibe que aquí la vida es más liberal y esto, entre otras cosas, se manifiesta en que “hay más chicos y chicas que van por la calle cogidos de la mano y se besan”. Me cuenta que conoce a un chico boliviano que en Santa Cruz se peleaba con otros chicos para poder tocarlos, como una especie de juego sexual. “Hay mucha gente que no se acepta como homosexual”. Me cuenta que se lo pasó fatal hasta el día que se aceptó. Carlos lloraba, él es católico practicante e intentaba cambiar, porque para él ser gay era lo peor que le podía pasar. Se aceptó hacia los 21 años.
No obstante, me cuenta que nunca tuvo problemas por ser gay. Pero le costaba mucho callarse ante cualquier injuria y sufría por no aceptarse y poder contestar. No tenía ningún amigo gay en Bolivia. A nadie a quien contárselo. Lo veía horrible. Se veía horrible. Me cuenta la historia de un sobrino que ha nacido en España y que, un día, lo vio que quería jugar con las muñecas de su hermana y él no le dejo. Carlos dice que haría lo posible para evitar que su sobrino fuera gay, ya que así se evitaría sufrir. Y, aunque sabe que en España se vive otra situación distinta a la de su país de origen, aún así preferiría que su sobrino no fuera gay.
Al tiempo de estar aquí empezó a trabajar, a salir, a conocer sitios como el Café de la Seu, la discoteca Deseo 54 o el Nunca. El primer sitio que frecuentó para buscar sexo fue los jardines del río Turia. Me comenta que no va a estos sitios para buscar pareja ni relaciones estables, sino a buscar sexo, a “pasarla bien”. “Estos sitios no son para ir a buscar una relación. La gente te miente y luego te ilusionas”. La primera vez que fue a un lugar de ambiente se sintió muy raro e incómodo, como posando en una vitrina para ver a quien le podía gustar. Las primeras veces que iba a ligar a un parque no hacía nada. Prefería más hablar con alguien que follar, eso le hacía sentirse menos incómodo. Pero ahora comenta que ya no quiere hablar, sino que prefiere follar. “Estás en el parque, te empiezas a besar con alguien y otros se acercan y se masturban a tu lado”.
Cuando le pregunto cómo actúa la gente con él me dice que son muy exigentes, y que todo es muy rápido. “Ahí no puedes ser amable. No hay cómo ser amable, y eso también lo puede propiciar el lugar. Un jardín al que vas a follar es un lugar en el que la amabilidad no se puede dar”. Si alguien le pregunta si se puede sentar a su lado él le dice que si, pero la gente lo entiende mal, ya que ante tal afirmación entienden que dejarles sentar a su lado implica que quiere follar “y a lo mejor sólo quieres hablar y, entonces, hay gente que se molesta. Hablar con alguien no quiere decir que tenga que follármelo”. Me comenta que ha llegado a la conclusión de que es mejor no ser amable como forma de protegerse. Ahora no le habla a nadie y si lo hace es con respuestas cortantes y, así, ya se dan cuenta de que no quieres nada. “La gente mayor es muy insistente y no te queda más que irte”, me dice.
“Hay gente que huele mal, que es sucia y que te corta todo”. Carlos se arregla, se baña, se perfuma y, luego, comprueba que la mayoría de la gente con quien folla no se preocupa por su aseo.
“Otros te tocan directamente y luego te invitan a ir a algún lugar más apartado”. Siempre liga con españoles. No quiere ligar con latinos, y menos con bolivianos.
Cuando le pregunto por qué piensa que a los españoles les gustan mucho los latinos me dice que ellos son más cariñosos, que besan diferente, que son más fogosos y, lo que más les gusta a los españoles es el cariño que ellos nos dan en ese momento. Me cuenta que eso confunde a la gente. “Los españoles sois mas fríos. Además de que en esos lugares uno no está acostumbrado a recibir cariño. La clave está en cómo un latino trata a la otra persona, en cómo la toca. Todo está en el cariño y no en la polla, en el juego sexual y, eso, os cambia vuestra forma de pensar. No encuentras una polla grande en un latino, pero lo pasas bien, ya que los españoles que se enrollan con nosotros acaban recibiendo algo que no esperaban”. Me dice que no tiene mucho “éxito” ligando, que la gente piensa que no va a querer estar con ellos.
Aquí, en España, le ha cambiado el estereotipo de todo, valora más en la persona quién es. “Quizás en Bolivia sí que buscaba más una cara bonita”. Nos ve a los españoles muy solos, “por eso buscáis gente latina, porque es mucho más cariñosa. Les escuchamos, les atendemos, les comprendemos y, eso, los españoles no lo suelen hacer”.
Llévame donde tú follas
Pasados unos días le pido que sea él quien me lleve a los sitios en los que folla. Vamos quedando y cada día me lleva a un lugar, en total cuatro: al Jardín del Palacio de Congresos , al Jardín del Turia , a los aparcamientos de la playa de Pinedo, y a la antigua fábrica Plexi. Le pido que me muestre sus lugares y que me guíe, a través de su mirada, por los sitios en los que ha follado. Le digo que me indique qué es lo que quiere que yo fotografíe. Carlos me va guiando por los lugares, llevándome a los sitios que ha follado. Me va explicando sus historias, cómo ve los lugares y cómo los nombra. De vez en cuando se detiene y me indica qué es lo que debo fotografiar. Carlos me puso una condición: me pidió que las fotografías que hiciéramos fueran como postales, las que le gustaría mandar a Bolivia, a todos sus amigos heteros y a sus familiares que no saben que es gay, para enseñarles los sitios que más “conoce” de la ciudad de Valencia.
Carlos y yo hemos tenido una relación ocasional. Ahora está trabajando en Mula (Murcia). Allí vive uno de sus hermanos, y como su cuñada se ha ido a Bolivia para unos meses, él utiliza sus papeles para poder trabajar. Carlos es un nombre falso. También Carlos es un nombre múltiple.
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