Sergio-Jesús Rodríguez

Bienvenidos

amigos, malquerientes y curiosos a ésta mi página.

 

Después de recibir algunos comentarios vía correo electrónico, en los cuales se tildaba a mi «biografía» de mal gusto por su parcialidad, decidí hablar por mí mismo, con mis palabras y juicios; en todo caso serán simples retazos de una probable biografía.

En La palabra mágica, el excelente escritor Tito Monterroso asegura que «para escribir un libro sobre la propia vida no es necesario ser nadie ni ser algo ni ser nada.» Estoy muy de acuerdo. Así pues, que muestre a manera de autobiografía unas líneas de lo que he sido y soy, no tiene otro fundamento ni mayor intención que decir «si estás interesado en mi obra, heme aquí y hasta donde el pudor me deja, que es mucho y es nada.» 

 

Origen

Nací en Guadalajara, Jalisco, el 27 de mayo de 1967. Mi padre perteneció al grupo generacional de jóvenes de 1968 en Jalisco. En su juventud, tuvo que huir de la represión de la policía secreta al norte del país, con la idea de cruzar la frontera con los Estados Unidos, pero lo detenían tres razones: mi madre, un bebé en gestación (mi hermano) y un pequeño de meses (yo). Mi madre posee cartas de enorme ternura convidándola a alcanzarlo en la frontera. En Ensenada, Baja California Norte, ya reunida la familia, estuve a punto de morir por una bronquitis aguda; para salvarme sacrificaron un viejo Dodge 58 y la confianza en los vehículos. En 1968 nació mi hermano en Ensenada y mi madre al parecer no quiso jugársela en la aventura de convertirnos en mojados, así que mi padre cambió definitivamente su nombre y regresamos a Guadalajara.

 

Formación

En esta ciudad hice mis estudios en la educación pública, incluso la preferí porque cuando iba a un colegio me sentía incómodo con aquellas disciplina y moralina asfixiantes, aún para un niño de cinco o seis años. Soy egresado de la Facultad de Turismo, de la Universidad de Guadalajara (UdeG), en la carrera de planificador turístico, que elegí sobre las de letras o filosofía con el fin de tener un medio para subsistir en un país en que las artes, la ciencia y el conocimiento son ajenos a la idea de desarrollo nacional. Si bien los discursos políticos y empresariales subrayan preocupaciones en esta materia, en la realidad nacional existe un gran menosprecio para estos campos del saber y los hombres y mujeres que los cultivan.

En mi juventud fui nadador y parte del equipo de gimnasia olímpica de la UdeG y hoy en día continúo con la práctica de yoggin. Por eso mismo, para mí no es ajena la máxima griega «mente sana en cuerpo sano». Simplemente no comprendo a quienes cultivan la idea romántica de que para ser creadores es imprescindible ser alcohólico, adicto a las drogas o fumador. Los respeto, pero no comparto su perspectiva.

Mi gusto por las artes se manifestó desde muy temprano. Cultivé la música, la pintura, el dibujo y la literatura; fui un lector voraz de cómics, las diversas lecturas escolares y libros de mi padre, uno de los cuales aún lamento haber extraviado —un volumen centenario, grueso, en pastas duras—, del buen Víctor Hugo, cuyo principio no se me olvida: «Y vi un murciélago sobre mi cabeza…»

Narrador oral precoz, de chico yo reunía a amigos y hermanos para contarles historias en las que ellos eran los protagonistas. Me entretenía metiéndolos en bretes en los que debían sujetarse a mis designios de pequeño demiurgo, ellos sólo tenían por opción imaginar, sentir y, de vez en cuando, mirarme con imploración. Era mi pequeño teatro experimental de las sensaciones; muy divertido, al menos para mí.

Posteriormente participé en el Grupo coral de mi alma máter y en la Rondalla de Bellas Artes Jalisco, en la que teníamos presentaciones periódicas en diversos foros de Guadalajara y el interior de Jalisco. Ahí conocí a unas compañeras con las que en octubre de 1989 ganaríamos el premio de la Canción universitaria, entonces decliné ir al selectivo de gimnasia olímpica en la ciudad de Mérida, Yucatán, para los juegos olímpicos universitarios de ese año. De cualquier forma, unas semanas antes sufrí en el ligamento de mi rodilla izquierda una semirrotura, lo que me ponía muy en desventaja. Ni hablar, ensayamos las hermanas Irma e Hilda Quintero y yo la canción «Para la libertad», con un texto mío y música de Irma.

Concurrí por cortos periodos a los talleres de los poetas Miguel Ángel Hernández Rubio (entre 1987-1988, cuyo mejor regalo fue el préstamo de dos pilas de libros que leí con deleite voraz, sobre todo autores mexicanos) y Artemio González García (entre 1997 y 1998), un autor muy olvidado, aunque su densa obra posee atributos excepcionales. Fui algunos fines de semana a otro taller, en el que aprendí lo que no se debe hacer. Por supuesto, me echaron, al igual que a otros jóvenes de mi generación, porque en ese grupo no les gusta que nadie opine del trabajo de sus compañeros. La cuota es el aplauso gratuito. Entre esos escritores «echados» hay autores que ya suenan con fuerza por sus libros publicados.

 

Ocupaciones y preocupaciones

Soy un insatisfecho, no lo puedo evitar. Pertenezco a la generación de la fractura y eso significa ser crítico. Esto no es bien visto en Guadalajara, donde las dos máximas coincidentes con las del viejo PRI rezan: «El que se mueve no sale en la foto» y «¿Qué horas son? Las que diga el señor o cacique literario en turno.» En cierta ocasión, un poeta de mediano pelo me puso el dedo índice en el pecho y dijo: «Me caes muy mal. Te detesto.» Yo hice lo único que se puede hacer en estos casos, fui honesto y dije: «Tú no me caes mal; es más, ni siquiera puedes caerme bien o mal, apenas sé que existes.» Al alejarse, había en él algo de caricatura sobrepuesta en la realidad. Paradójicamente, años más tarde, con mi opinión, le facilité entrar a trabajar como reportero en la Universidad de Guadalajara, en la Oficina de Comunicación Social, por dos razones: era egresado de esta casa de estudios y la comunidad homosexual merece que le demos las mismas oportunidades de trabajo que a los heterosexuales.

Mi actitud genera incomodidad en el medio literario local, lo reconozco, y a veces también en el nacional, por mis declaraciones y mi postura independiente de grupos e intereses. No puedo evitarlo. Soy un escéptico de los premios y apoyos o becas —aunque he ganado uno que otro y hasta he sido jurado en varios concursos—, porque he podido constatar las irritantes complicidades y confabulaciones entre y contra escritores. Incluso es inexplicable que las editoriales no se interesen en el dispendio de certámenes literarios que año tras año se llevan a cabo para impulsar la letras en México, los cuales podrían aprovechar pues es de suponer que serían semilleros naturales para descubrir un nuevo Pablo Neruda, otro Jaime Sabines, un Jorge Luis Borges, ¿o acaso ésa es la evidencia definitiva de que en su mayoría son fraudulentos y amañados? Peor aún, basta con acudir con la gente de carne y hueso y preguntarle si sabe quién ha ganado éste o aquél concurso; pues bien, ignoran en qué o en quiénes se gastan sus impuestos. Además, yo mismo he sido perjudicado por estos mecanismos. Podría hacer acusaciones directas contra individuos concretos, como me lo han demandado en cartas electrónicas previas, pero lo creo innecesario y hasta inconveniente, ¿para qué concederles a estos individuos la importancia que no tienen? Hay en mi poder una carta ignominiosa, sin remitente, que ilustra la enorme capacidad de inmoralidad, cobardía y sucias confabulaciones que hay en nuestra sociedad mexicana, la cual no me atrevo a publicar ni citar parcialmente por pudor, a ésta se suman unos cuantos correos electrónicos insultantes, incluso de quienes aun como autoras celebran la censura de que he sido objeto y reflejan la pobre condición humana de algunas personas en este medio.

Soy un creyente convencido de la sensibilidad, la inteligencia y la lucha cotidiana por la cultura y la democracia. Los últimos años he laborado de forma independiente como promotor y conferenciante en temas sobre literatura en general, mi obra y la cultura democrática. Y en 1997, por ejemplo, participé como capacitador de ciudadanos que integrarían las casillas electorales en los comicios federales para elegir el Congreso de la Unión, en el Instituto Federal Electoral (IFE). Fue histórico ese año, porque el PRI perdió por vez primera en poco más de 70 años la mayoría en la Cámara de Diputados, y quienes participamos en los actos preparativos y el proceso electoral, trabajamos bajo gran presión. Al final la voluntad del pueblo se impuso. Lo que sucedió en el proceso electoral del 2006, con su aluvión de irregularidades e indicios turbios, en los que el IFE hizo la peor parte y echó por la borda los caudalosos recursos y la labor previa de años de trabajo, es el vergonzoso resultado de la ausencia de ética, cuya herida no sana y tenemos por consecuencia un país dividido y sin proyecto de nación. El Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) por desgracia hizo también lo suyo, al no permitir un conteo completo de votos, el cual nos habría resuelto a los mexicanos saber quién ganó la presidencia de la república con verdad y de una vez por todas, pese a las evidencias contundentes tras la revisión de una mínima muestra de casillas. Los magistrados del TEPJF aceptaron la existencia de dichas anomalías, incluso que el entonces presidente de la república, Vicente Fox Quesada, había intervenido y puesto en gravísimo riesgo la elección, pero según sus criterios no habían sido determinantes. Resultado: decenas de millones de mexicanos agraviados, quizá poco más de cien mil muertos y un nuevo fraude electoral, aún más escandaloso, en 2012, cuando el PRI otra vez se apoderó del gobierno federal con consecuencias más lamentables, el despojo de la nación y crecientes agravios sociales que anticipan la represión sistemática propia de una dictadura. El IFE y la estructura electoral se ha convertido en una vergonzosa hemorragia de recursos públicos que no garantizan la democracia, ni la justicia social ni el respeto al ciudadano.

Libros y participaciones

He publicado las novelas: En el abismo, Bartolo (2000, 2004, 2011), Aprilis (2002, 2003, 2006, 2010), Si por tu jardín la brisa (2009 y 2011) y Expediente Is34:14 (2013); en cuento: Un cangrejo en la madeja (1997), El señor de las termitas (2001, 2005, 2007, 2009, 2011, 2014), Las mínimas invasiones (2003), Las piernas de Lhákesis (2003), Blue-jeans (2004, infantil) y Cola de salamandra (2007); en poesía El estupor y la niebla (2002), La niebla y otras geografías (2003, 2006), Alhajas (2006, 2014) y Alma negra (2007). Fui becario del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes Jalisco (1997-1998) y esto me facilitó escribir y publicar en parte la primera novela citada. He tenido la fortuna de asistir a actividades locales y nacionales en representación de Jalisco como joven escritor, es el caso del XVIII Encuentro nacional de jóvenes escritores, celebrado en Mazatlán, Sinaloa (1998), o el diplomado Letras de la república, que auspiciaron INBA y Conaculta, en Morelia, Michoacán (2001).

También me desempeñé como corrector de Gaceta Universitaria de la UdeG y participé como locutor y voz en off para mi alma máter, en programas y promocionales emitidos a través de diversos medios radiofónicos y televisivos locales y regionales (1998-2001), por los cuales no cobré un solo céntimo. Asimismo, me desempeñé en tareas de investigación en la UdeG, en el Centro de investigaciones turísticas, y como profesor de investigación, literatura y español en preparatorias y universidades privadas.

 

La lucha por la cultura

Actualmente, y desde hace varios años, me he convertido en promotor de la lectura en universidades, preparatorias, secundarias, primarias y foros públicos, ante el triste panorama de que en mi país casi no se lee, aunque resulta interesante ver que en los últimos tiempos ya se generan cambios de actitud en los gobiernos federal, estatal y municipal e instituciones públicas en favor de estimular la lectura, a veces de manera muy tímida, no obstante eso es mejor que nada —vale la pena mencionarlo, aquí la UdeG juega un papel de vanguardia con actividades como la Feria internacional del Libro (Fil), una madura libertad de expresión y cátedra en sus aulas y un impulso decidido al abrir puertas a los nuevos valores literarios, pese a los trasnochados conspiradores que intentan sin descanso censurar estos avances—. Con todo, el gasto público en las áreas de cultura es mediocre, pero la mayor mediocridad reside en que los pocos beneficiados por el sistema vía premios, becas y otros apoyos del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) hacen poco o nada por suscitar en la sociedad el amor por los libros, la ciencia y las artes. En México, se dice, invertimos por mes en promedio per cápita dos pesos (veinte centavos de dólar, más o menos) en la adquisición de libros; la verdad es que en los mexicanos de carne y hueso cada vez se suman más los lectores. Si bien la lectura para el común resultaba aburrida e innecesaria, ya se comienza a sentir un cambio de actitud en los jóvenes, nuevamente los jóvenes, en este hábito, incluso en ciertos grupos intelectuales —sobre todo los independientes— ya no sólo se cruzan de brazos y escriben los unos para los otros, o contra los otros, algunos salen a las calles a profesar el amor por la lectura y el asunto ya rinde modestos frutos.

 

*La generación de la fractura está compuesta por un conjunto heterogéneo de escritores tapatíos equiparable al movimiento del «crack» en el Distrito Federal, nacidos aproximadamente en la década de 1965-1975, aunque escritores más jóvenes siguen una tendencia similar, que buscan desde la marginalidad construir una literatura independiente y vital.

Estos autores han tenido que inventar vías alternas a las establecidas para dar a conocer su trabajo creativo, lo que significó en no pocos casos una áspera ruptura con los caciques literarios de la generación anterior, que se han apropiado de los canales convencionales para el apoyo económico y político de los creadores (universidades, Conaculta, dependencias publicas como el CECA Jalisco, múltiples premios), así como en la edición y difusión de libros (editoriales institucionales, prensa escrita, radio, televisión) lo que pone en entredicho la democracia cultural en materia de libertad de expresión en el país. Ante esto, han proliferado las editoriales independientes y los autores que se dan a conocer dentro y fuera de México por sus propios medios.

Otros rasgos distintivos de estos escritores son: han sido protagonistas y testigos, protagonistas autogestores en su producción y difusión artística, de una literatura más orgánica y diversa que la de sus contemporáneos beneficiados por los grupos nacionales fuertes (la mayoría «poetas» condicionados por una estética decadentista, consistente en la superposición abstracta de metáforas y en la que por lo general están exentos la reflexión y el argumento), y testigos críticos de las ineficacias y complicidades de un sector literario con pocas obras de trascendencia por legar, si se tiene en mente la tradición impuesta por plumas como las de Juan Rulfo, Juan José Arreola, José López Portillo y Rojas, Mariano Azuela, Enrique González Martínez, Alfredo R. Plascencia, Agustín Yánez, por citar algunos. De igual forma, un hecho histórico marca a este grupo generacional: los trágicos acontecimientos del 22 de abril de 1992 (ver Aprilis).

Algunos de los autores de esta camada son Luis G. Abbadié, Teófilo Guerrero, Ángel Rafael Nungaray, Sergio-Jesús Rodríguez, Ricardo Sigala, Rafael Medina, Antonio Marts, Blas Roldán, Sergio Fong, Felipe Ponce, etcétera.

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