Sergio-Jesús Rodríguez

Aprilis

 

 

El 22 de abril de 1992 amaneció envuelto en un velo de fatalidad y, súbitamente, Guadalajara se convirtió en foco de solidaridad y estupefacción mundial. Hubo infinidad de testigos reales y virtuales, uno de ellos fue Sigmundo Palacios.

En la tragedia íntima de este personaje se trasluce y entreteje la de una ciudad destrozada, a la manera de dos espejos, cuyas entrañas violentadas anticiparon la transformación de una sociedad que superó, en todos los sentidos, un siglo XX que había expirado mucho antes del 2000.

Aprilis novela esos dos mundos en decadencia, el de Sigmundo y el de una manera negligente de entender un país, al tiempo que perfila los rasgos de la nueva república: democrática, incierta, más femenina; sin duda, una de ocasos y albas.

 

 

Ilustración y diseño: Sergio Araht Ortiz Rosales; foto ojo: Mara Melissa Marcelli. Ediciones Euterpe, 2006, 3a. edición. Guadalajara, Jalisco, México, 140  páginas.

 

 

 

Del

Capítulo II

1

El sol aún sigue tras los edificios, apenas se perfila entre titubeantes nubes gaseosas e ilumina las altas cornisas y ventanas de los edificios de enfrente. Empieza a caer una llovizna. La brisa pertinaz se adhiere al rostro de los transeúntes y humedece los muros.

  Sobre la banqueta, los vendedores instalan cajas de madera, que recubren con un paño de terciopelo y encima colocan extensiones de cable, relojes, radios, baterías alcalinas, cintas de audio, aparatos, ropa de segunda.

Huele a porquería de la que tiran al piso y se embarra en los zapatos. Huele a orines y sudor rezagados; son esos tipos, que también despiden un olor ácido y seminal. En el ambiente flota un olor de gasolina quemada y otro más, indefinible, del perfume de mujerzuela.

Traigo los pies negros. Vaya, siempre he sentido fascinación al ver el culebreo de mis venas. Los pies reflejan de alguna manera la vida. Es útil saber esto tratándose de mujeres; nos permite adivinar el temperamento, la vanidad, la pasión de cada una. Los zapatos de tacón de aguja son cautivadores porque reflejan la violenta pasión que insinúan sus muslos. Los pies en una mujer anuncian las caricias que promete. Es el ojo ciego de su sexo.

De pronto ríe al pensar en las mujeres cojas, en aquellas mutiladas o en las que padecen un mal genético de pies. Se repite que es un idiota, porque habrá chicas de pies feos y eso no significaría nada. Sólo tendrán pies feos, como hay rostros feos. Ríe.

Algo estalla. Un estruendo trepidante cimbra el suelo y las ventanas. Proviene de las calles del lado oriente. Una multitud histérica se desboca hacia la calzada, algunos anuncian el fin del mundo. Continúan los estallidos. En la zona, en medio de la polvareda atroz, la explosión lanzó a lo alto un autobús en servicio; al desplomarse ha quedado partido por la mitad. Algunos supervivientes se quejan, luchan por escapar de los fierros retorcidos como de una pesadilla.

Más personas aterradas huyen a tropel para resguardar sus vidas, la vida que en un parpadeo puede terminar sepultada bajo sus propias sombras. Una nube espesa de polvo de tierra y combustible quemado enturbia el sol desnudo. La rojiza nube se inflama, parece que quemaran juegos pirotécnicos en cada explosión. Al advertir el tumulto de gente en estampida, Sigmundo espera algo semejante a un toro en plena embestida tras ellos. Pero el toro nunca aparece, sólo más y más fugitivos; empolvados, quejosos, algunos heridos. Atónitos, han atestiguado la cara descarnada del destino. El aire está impregnado de una pestilencia imborrable: hiede a gasolina.

Una mano pequeña sujeta la de Sigmundo; lo jala hacia el muro, al que se pegan para evitar la desbandada humana. Ante el desorden de naufragio, ella presiona la mano de Sigmundo, en silencio, inexpresiva. Se trata de una jovencita morena. En su cara resaltan sus labios rojos. «Es una putita», piensa el hombre. A primera vista le parece bonita y hasta simpática. Ella no dice nada, sólo oprime la mano con obstinación y se estrecha contra su cuerpo. Sólo respira. Sólo observa con ojos desmesurados.

Pronto los sorprende las insistentes sirenas de ambulancias y de patrullas; los bomberos utilizan altavoces para ahuyentar a los curiosos. Con gesto sombrío, a pesar del sol quemante entre nubes delgadas, se abrazan. Sigmundo atisba las cornisas del viejo caserón, ahora convertido en negocio, y no puede evitar un sentimiento de bochorno. Cuando traga saliva, la manzana de su garganta recuerda a una pelota que rebota al caer antes de retornar a su sitio.

—Ya son tres... Tres explosiones —explica de golpe la consternada chiquilla—. Donde quiera ves muertos hechos pedazos, sin brazos ni cabeza. Yo los vi. Lo peor es que había un tianguis cerca de la calle del Ejército, pues dicen que desapareció.

Han ido reuniéndose infinidad de voluntarios civiles organizados en escuadrones de salvamento. Asimismo, se han suscitado nuevas explosiones en otro punto de la ciudad y por radio y televisión advierten a los temerarios del riesgo inminente que amenaza en las zonas de desastre, incluso pregonan que la ciudad entera flota sobre un inmenso derrame de petróleo, gasolina y hexano. En todas las calles destapan las bocas de alcantarilla. Entre los grupos de auxilio, se discute acaloradamente sobre quién recaerá la responsabilidad de la tragedia mientras marchan hacia el perímetro devastado: «¡Te digo que fueron unos terroristas!»; «No, no. Es cosa de Pemex»; «¿Y qué con las gasolineras y las fábricas aceiteras del rumbo?»

—¡Qué relajo! —declara de improviso la chiquilla, mientras trata de adivinar el color de los ojos de Sigmundo—. Total, según yo estamos en pecado y nos vamos a ir al infierno.

—Estás asustada —opina Sigmundo.

—No. Ya me tocó ver cómo le abrieron el cuello a Pochas, y vaya que tiró sangre... Ni juntando las manos se la pude contener, porque se derramaba.

Sigmundo la observa con detenimiento.

—El pleito fue por yerba, ¡cuándo no! Le cortaron de un tajo la yugular. Temblaba. Los ojos se le pusieron en blanco. Soplaba así, como una ballena, y se acalambraba. Luego ya no se movió. Me quedé rezándole avemarías y padrenuestros con las manos llenas de sangre caliente. Los otros señores comenzaron a salir de la cantina. Nomás nos quedamos Flor, una amiga, y yo. Me levantaron y nos largamos.

Sigmundo no comenta nada, para qué. Lo absorbe un trance de somnolencia.

Paulatinamente ellos se dejan caer en cuclillas para luego sentarse en los escalones de la cortina de ingreso al cinema. Los envuelve una alteridad quieta, calurosa, quebradiza. La muchacha acomoda la cabeza en las piernas de Sigmundo para dormitar como una gata perezosa. Su faz y sus párpados cerrados brillan bajo la luz que se clava en la calzada. Hace calor.

—Tengo hambre —Sigmundo pasa la lengua por sus labios resecos.

La chiquilla resuella. Los dedos del hombre retiran los cabellos de esos labios infantiles embadurnados de carmín, y echa su propia espalda hacia atrás.

La nube de polvo y humo desciende. Es una tarde triste. Los autos civiles con insignias de la Cruz Roja se multiplican, los camiones militares atestados de efectivos también proliferan. No demoran en aparecer enormes trascabos que se desplazan cimbrando su descomunal masa con una lentitud fúnebre. Escuadrones de hombres con paños atados en la frente, provistos de palas y picos, miran con gesto mustio las banderolas insignia que flamean con el viento. Es un penoso desfile de hombres y máquinas. Se respira una atmósfera de desastre que no acaba de materializarse en toda su realidad. Es como un grito, piensa Sigmundo, que es al tiempo una burbuja. Un grito ahogado bajo toneladas de escombro y varillas retorcidas.

—Tengo hambre —insiste Sigmundo, una hora más tarde.

La mujercita gesticula sin abrir los ojos; se talla la nariz con el antebrazo y se descompone el labial, ahora corrido por su mejilla.

—No tengo dinero —repone ella, somnolienta.

—No hace falta, todo está abandonado. Nadie cuida los negocios —añade Sigmundo. De pronto señala a varios hombres perseguidos a toda carrera por policías—: Saqueadores.

—¡Buitres! —recrimina la chica. Hace un leve gesto y sentencia—: Por mí, que los maten... ¿Tú los matabas?

—¿Por qué?

—Si los atrapan tendrán que caparlos —dice. Se endereza, acomoda sus cabellos—. Luego les cortarán los dedos.

—¿Por qué iban a hacer eso?

—Yo lo haría —sentencia la mujercita, las córneas de sus ojos tiemblan con repentino odio.

—Así no se arreglan las cosas, y en todo caso, a ti no te han hecho nada, ¿comprendes?

—Ajá —asiente—, pero si acaso algún día se les ocurriera, ya no podrían, ¿capizcas? Están advertidos.

—¿No comprendes que el mal no se paga con mal? —Sigmundo menea la cabeza, perplejo—. Tengo hambre, y mucha.

Tras ponerse de pie, recorren los establecimientos de comercio, algunos a medio cerrar. Remontan el puente peatonal que cruza la avenida Javier Mina y, desde lo alto, contemplan las obras abandonadas del túnel en construcción para el subterráneo en el fondo de un enorme cráter. Abajo se destacan espesos muros de concreto vaciado y gigantescas máquinas amarillas de coyunturas embadurnadas de grasa. El erizamiento de varillas organizadas en hileras suscitan la imagen de un inmenso cadáver de gusano que se descompone en la bruma espesa.

 

 

Del

Capítulo V

 

6

Llovía en las ventanas. Los gruesos goterones escurrían en caídas verticales, trémulas, incesantes; al parecer la precipitación sería indefinida con el velado propósito de llenar las tierras continentales del perfume dulzón de los diluvios. Se respiraba un intenso olor de yerbas húmedas y el de pavimento remojado, pero también se filtraba un aroma tibio. Debía de ser el del sol, pues la tarde había sido calurosa. En los cristales se reflejaba Julia alumbrada por la lámpara, mientras se untaba crema en los muslos. Sigmundo adivinaba la temperatura de aquellos pechos descubiertos y volvió a sentir que el amor se ahondaba en su propio pecho. Le pareció más hermosa en el momento en que ella se sujetó el pelo para luego incorporarse en su desnudez subyugante. Por pudor, o tal vez por una sutil procacidad, la mujer, risueña, cubrió su pubis con una mano y reclinó la cabeza sobre el cuello.

—Sigmundo —escuchó la voz de la mujer, pero no era Julia.

Él se volvió para admirar a Lucía. Pensó en la repetición. ¿Sería posible que todas las mujeres sean una y ninguna?, se cuestionó. La recorrió con ternura. Al contraluz se le avivaba el tono de la piel, su aroma. Ella le dio alcance, se sentó sobre las piernas de Sigmundo y le hizo un beso.

—Abrázame, tengo frío —exclamó Lucía, mientras miraba en los cristales su reflejo y la calle inundada de agua torrencial.

Sigmundo jaló el cobertor de la cama para cubrirse, repitiéndose en el alma que voltearía a ver el reflejo una vez más, anhelando, suplicando al cielo encontrarse con Julia en sus brazos.

 [fragmentos]

Derechos reservados ©2007 Sergio-Jesús Rodríguez

 

 

 

 

 

 

En el abismo, Bartolo

 

 

Una aventura nocturna puede desencadenar alucinantes experiencias de vida. En su retorno a casa, Bruno conoce a Bartolo, quien le desvela una Guadalajara insólita a lo largo de nueve horas de parranda. Para este vagabundo la ciudad se reconstruye sin cesar en sus mitos, bajo el celo de enigmáticos custodios encargados de que la realidad, ese abismo insalvable, se teja y desteja con naturalidad.

Novela de cuentos, o cuentos de novela, aquí Sergio-Jesús Rodríguez nos invita a reflexionar sobre una sociedad en perpetuo tránsito, la cual, pese a su resistencia a aceptar la diversidad y el asombro, cada día debe enfrentar paradojas que desafían el sentido común.

Bartolo mezcla biografía, filosofía y poesía en sus relatos de superviviente, para dejar a Bruno y al lector con una pregunta desoladora: ¿adónde desembocará nuestro mundo, tan adicto al vértigo y la desesperanza?

 

Ilustración: Mara Melissa Marcelli, diseño: Paulina Benítez. 1a. edición en Ediciones Euterpe, 2004. Guadalajara, Jalisco, México, 392 páginas.

 

 

La ceguera de Ifigenia

Cuarta parte

 

Ifigenia fue la única madre que conocí, aunque toda la vida me repitió que ella era sólo mi madrastra: «Tú no eres hijo de este vientre, Bartolito; te lo digo porque es mejor así.» La llegué a querer de veras, lo mismo que a Vinicius, su hombre y el único padre que tuve.

La historia del modo en que llegué a formar parte de la familia Vinicius Ifigenia Sigüenza Joya, que Ifigenia solía contarme durante las noches, atosigada por mis ruegos, le ganaron por siempre mi devoción; aunque para mi disgusto solía modificar las palabras, el orden de los acontecimientos y los hechos mismos. Mucho después pude comprender que gracias a esas ligeras variaciones no sólo surgía la sorpresa, también la verdad.

La rudeza de Ifigenia contrastaba con la simplicidad e indiferencia de Vinicius, que se tallaba incesantemente el bigote espeso, sentado sobre el tapanco, mientras fumaba un cigarrito, preparaba un trago de tequila con limón y escuchaba la emisión de radio sucia por una raspadera de estática que me parecía de lo más natural y hasta necesaria para considerar que estábamos oyendo la radio como se debe.

Me gustaba contemplar ese cuadro: Ifigenia limpiaba los granos del frijol flor de mayo, Vinicius en su tapanco, pegado a la ventana, con su sombrero deshilachado y la mirada extraviada, recordando una juventud que se remontaba a las lejanas tierras de Sudamérica, y yo, con los ojos abiertísimos, siguiendo con ansiedad, bebiendo casi de los labios mismos de Ifigenia, cada palabra que me decía, cada gesto, cada suspiro, porque los memorizaba minuciosamente, con la esperanza de que se repitieran al día siguiente, o porque tenía la impresión de que en todos y cada uno se encontraba mi pasado, la herencia inasible que me habían legado el fantasma de mis padres, fueran quienes hayan sido.

—Pobre chico —decía en un momento Vinicius, con su español mocho—, un día ya no sabrá qué creer.

—Entonces ven y cuéntasela tú, Vini —replicaba Ifigenia, sin inmutarse.

Por toda respuesta, Vinicius se aclaraba la garganta y escupía por la ventana a la calle, sumida en la negrura de la madrugada.

Pero esa noche yo ocupaba el lugar de Vinicius, tal vez también me aclaré la garganta y escupí por la ventana, sólo que yo pulía con una lija el palo de un caballito de madera, que era a lo que ahora se dedicaba Ifigenia; las escobas y los trapeadores requerían fuerza y no siempre estaba en casa para cargar de un extremo a otro el material y las herramientas para el trabajo, además ya le salía defectuosa la costura de las escobas a Ifigenia y terminaban por reclamarle que los pedidos habían quedado horribles, hasta que un día se convenció de que no valía la pena seguir con el negocio:

—Se las llevaron porque saben que necesitamos el dinero —me dijo—, pero la verdad es que las escobas no se sentían resistentes, m'hijo.

—Entonces qué.

—La ceguera no me deja, Bartolito. Pero mira, ya Dios dirá, ¿conseguiste dinero, no? Bueno, escúchame bien: Él aprieta pero no ahorca.

Entonces comenzó a hacer las artesanías de cartón y madera para venderlas en las plazas y mercados. Yo me encargaba de pintar las piezas y se ahorraba una parte de las ganancias, porque en caso de que tuviera trabajo, Ifigenia acudía a las chiquillas del barrio y sacrificaba hasta el quince por ciento de los ingresos; pero entonces no importaba puesto que podíamos complementarlos con lo de mi gasto.

Esa noche encendí mi cigarrito, dejé abierta la ventana y sentí las ráfagas de viento que amenazaban con lluvia. Ifigenia estaba en cama, últimamente se sentía enferma y todas las noches la atacaba una fiebre que tenía que bajársela con antibióticos y trapos húmedos. La oí toser, coloqué el cigarrillo en el poyo de la ventana, que entorné para evitar el viento, y me asomé tras la cortina que dividía la habitación y hacía las veces de dormitorio, sala y taller de trabajo.

—¿Quieres algo, má Ifigenia? —le pregunté—. ¿Qué te duele?

—Aquí, Bartolito —dijo con voz lastimada—, en el corazón, m’hijo.

Fui por el té de manzanilla, que ya hervía en la estufa de petróleo y serví una taza.

—Anda —insistí, mientras destapaba un par de aspirinas—, tómate las pastillas, te vas a sentir mejorcito con el té.

Obedeció con una docilidad perruna que me oprimió en el pecho. Esperé a que se untara el Vapo Rub en el cuello y el pecho, y la cubrí hasta el mentón con el cobertor.

—Duérmete, Ifigenia, mañana te vas a sentir mucho mejor.

  Le di un beso y volví a correr la cortina; afuera el murmullo uniforme de la lluvia parecía interminable, habían cesado las ráfagas y el ambiente se sentía templado. Los mosquitos empeoraban, pero me limité a matarlos en cuanto los sentía en mis tobillos o en los brazos; aplasté uno más que se me había pegado al cuello.

Las toses de Ifigenia me inquietaban, recordé a Vinicius y su afilada barba de usurero, o creí verlo junto a la ventana, que ahora estaba abierta del modo en que le gustaba a Vinicius para ponerse a mirar la lluvia; la estela de humo del cigarrillo en el ambiente me confirmaba esa impresión. ¡Cómo se sentía ese profundo aroma de la tierra mojada del empedrado de la calle! El agua chapaleaba, escurría por el tejabán, casi sin meditarlo encendí mi radio de audífonos, aunque también tuve el cuidado de conectar las minúsculas bocinas. Má Ifigenia ya estaba delirando de nuevo, Vinicius parecía preocupado con su cigarrito que iba y venía; tuve deseos de decirle: «Ea, Vinicius, cierra ahí; má Ifigenia está enferma». Pero como hace mucho que no nos visitaba, temí que Ifigenia protestara: «No, Bartolito, déjalo así, la noche se siente templada y a Vini le gusta mirar la lluvia. Una lluviecita chipi chipi no va a matarme».

—Bartolito —me llamó Ifigenia—, muchachito.

—Dime, Ifigenia —me asomé por las cortinas.

—Hace un calor infernal, m'hijo, ¿por qué no abres también la puerta?

Me apresuré a cubrirla de nuevo, porque se había sacado las cobijas y el cobertor hasta la cintura.

—Estás prendida en calentura, má Ifigenia, tápate bien.

No dejaba de quejarse, refunfuñó y sus pupilas dilatadas me anunciaron que estaba dormida. Después de que limpié el sudor que le bañaba la frente y el cuello, corrí la cortina asegurándome de que no podía entrar una corriente de aire. Vinicius se aclaró la garganta y volvió a exhalar una tenue, delgadísma bocanada de humo que inundó la sala.

—Sí, Bartolito, te hallé en una canasta de pez —dijo Ifigenia en sus delirios.

—¿Como a Moisés? —inquirí en un susurro.

—Sí, como a Moisés —repuso Ifigenia con voz ahogada—. Por aquel entonces corría un lindo arroyo de aguas bien claritas en el fondo de la calle, alrededor había higuerillas, juncos y flores, y Vinicius tendía sus redes al lado del tejabán sobre unas horquillas; entonces la casa de Pera no existía.

—¿Las demás casas sí? —pregunté, me acerqué a la mesa donde estaba el radio de audífonos para cambiarle a una estación que le gustara a Vinicius.

—No todas —dijo Ifigenia—, sólo unas cuantas.

—¿Y qué pasó?

—Nada, que yo estaba lavando la canadiense de Vini con jabón de lejía mientras le decía a María que eso de entubar el arroyo no estaba nada bien, luego iban a echar abajo los árboles y tampoco podría pescar Vini. Te lo juro por ésta María, luego lo vamos a lamentar. Estaba enjuagando la canadiense cuando miré que entre la espuma que saltaba al arroyo, una canasta de pez daba vueltas, y un llanto de crío me dejó helada. Corrí a ver qué era aquéllo, saqué la canasta y entre las cobijitas mojadas estaba un bebé morenito que berreaba a grito en garganta.

—¿Qué es una canasta de pez? —pregunté.

—Una canasta que la untan de brea para que no se mine de agua. Tú estabas mojado porque te cayó el chorro de agua de la canadiense. Vino María y dijo qué llanto de escuincle. Está hambriento, mujer, le dije, vamos arriba. Te sequé y limpié tus piernitas, porque te habías hecho y aquello olía fuerte. Vini en la ventana miraba las redes que temblaban con el aire, fumaba su cigarrito y dijo ¿qué madre tan descuidada pudo perder a su crío? Una, le respondí. ¿Y qué?, dijo Vini. Pos, quien quita y viene a buscarlo, le dije, no es costumbre que las mamás echen a las crías en una canasta de pez y los manden a pasear arroyo abajo, tú. No va a venir, dijo Vini. Se alzó el sombrero para rascarse. ¿Quieres que lo ponga en la canasta? Se lo come un perro, dije. Que se lo coman, dijo Vini, tú no eres la madre. Es mejor que le dé de comer primero, ve cómo llora. Por eso mejor lárgalo, me pican el hígado sus berridos. Qué malo eres, dije, nomás hay pescado para comer. Vinicius Sigüenza bostezó y dijo: dale pecho. No me pareció mala idea, y Vini estiró el cuello para ver. ¿Qué, encontró algo la cría en esos melocotones? Se ve que sí, dije, tengo leche. Vini se asomó, estuvo así, acarició tu cabecita y dijo: Ahorita vengo.

—¿Vinicius no me quería?

—De primero no, pero luego se encariñó. A la noche regresó con un lienzo para hacerte tus pañales y un seguro grande para abrocharlos. A Vini se le ocurrió tu nombre y desde entonces te llamas Bartolito Sigüenza Joya.

Me quedé pensativo, Vinicius se removió en la silla, pensé que quizá deseaba que le cambiara al radio y lo hice, alcé la mirada:

La tremenda corte —dije—. ¿Te gusta ahí o mejor no?

  Subí un poco más al volumen y avancé a la cortina, detrás Ifigenia no dejaba de toser, cuando se tranquilizó le pregunté:

—¿Y el ángel?

—¡Ah, sí! El ángel —dijo luego de darse un respiro—. Después de que Vini me dijo que te diera de mi pecho, vi a su espalda un ángel hermoso, de ropas y plumas brillantes, llevaba en una mano un anillo con una piedra roja como la sangre. Aunque Vini se niega a aceptarlo, yo creo que el ángel le aconsejó que me dijera: Dale pecho, y fue él quien hizo que me saliera leche para que pudieras comer hasta que te dio hipo y luego repetiste como un sapito una y otra vez antes de quedarte dormido.

Vinicius se aclaró la garganta y el cigarrillo cayó en tierra, la lluvia arreció un poco y la tos convulsa que había atacado a Ifigenia hacía un segundo se detuvo, me asomé para mirarla y sólo pude distinguir su mano en el aire, un último suspiro en el que distinguí el nombre de Vinicius y luego se derrumbó el brazo; su boca le quedó tan abierta como los ojos. Acaricié su rostro y le cerré los párpados, la cobijé muy bien y volví a correr la cortina.

Saqué mi paquetín de Faros, encendí un cigarrillo más y fui a colocarme en el tapanco, que aún estaba tibio. Pensé en Vinicius, en la lluvia monótona y en Ifigenia con sus reúmas, su ceguera y su voz cansina, pensé en eso, en que no había sucedido nada excepcional y esto me dejaba azorado, porque yo descansaba en el lugar de Vinicius, Ifigenia dormía para siempre detrás de las cortinas y los zancudos insistían en fastidiarme la noche. Me di una palmada en el antebrazo para aplastar otro zancudo, exhalé una bocanada espesa de humo y por primera vez en toda mi vida desde que oigo "La tremenda corte", estuve de acuerdo con la inocencia de Tres Patines, porque en efecto, él no había robado la leche de Nana Nina y todo habría sido un ardid del gallego. Unas lágrimas calientes me enternecieron de felicidad y sentí en el alma que ahora quería a ese cubanito desvergonzado como nunca.

 

Derechos reservados ©2007 Sergio-Jesús Rodríguez

 

 

 

Si por tu jardín la brisa

El mes de marzo de 2009 y luego en noviembre de 2011, apareció Si por tu jardín la brisa  (en sus ediciones primera y segunda), novela sobre los orígenes, aspectos biológicos y gran literatura a propósito de la sexualidad, el amor y el erotismo-afroditismo, dirigida fundamentalmente a jóvenes.

¿Te has preguntado qué leer, qué libros adquirir para formar tu biblioteca personal, por qué somos como somos mujeres, homosexuales y hombres, por qué hay palabras que poseen intensas referencias sexuales y cuál es su origen, incluso de dónde viene nuestra manera de amar y por qué amamos?

Justamente eso pretende esta novela: brindarte un acercamiento desprejuiciado a la sexualidad y la construcción del amor desde las perspectivas biológica, religiosa y cultural. Somos seres pensantes gracias al amor y hemos hecho de la sexualidad una ética, un arte y un proyecto de especie: por amor nos salvamos o en amor nos condenamos. Nuestras mayores conquistas y nuestras peores aberraciones como especie comienzan y terminan en cómo nos relacionamos entre seres humanos: amarnos es crear poder, para estar juntos y comprendernos, o para dividirnos y destruirnos.

Juan Novomondo, joven estudiante de preparatoria sueña con su adorada Cleis, compañera de la escuela, pero no sabe cómo acercarse a ella, a quien desea ardiente y secretamente. Si la conquista, ¿será para amarla, o tan sólo para llevársela a la cama? ¿Se vale conquistar a una chica tan sólo para seducirla, y adiós…? Más aún: ¿cómo podrá conquistarla si ni siquiera consigue dominar su timidez al menos para saludarla cuando la ve en los pasillos de su plantel escolar?

Quirón, un escritor que vive por su callecita privada, parece un hombre informado, así que Clarissa, madre de Novomondo, decide que a falta del padre del chico, el profesor podrá aconsejarlo sobre artes amatorias. Novomondo recurre a Quirón y a partir de ahí comienza la gran aventura del saber en las artes de afrodita: un excitante viaje por el mundo de las ideas, la ciencia, la fe y los libros más cautivantes del amor y la sexualidad. Si por tu jardín la brisa es un libro con el que, estés o no conforme con lo que ahí se ha escrito, durante y al final de su lectura ya no podrás ver nunca más el mundo como hasta ahora, recomendable para jóvenes, y los padres de los jóvenes con dificultades para dialogar sobre este complejo, emocionante e ineludible tema, porque en él se cifran nuestro presente, pero también nuestro futuro. Estás cordialmente invitado a leerlo.

Ficha bibliográficaSi por tu jardín la brisa, Sergio-Jesús Rodríguez, Ediciones Euterpe, Guadalajara, Jalisco, marzo de 2009 (1a. ed.), noviembre de 2012 (2a. ed.), 13 por 21 cms. 400 páginas en papel ahuesado, portada en color.

 

 

 

 

Un asesino serial se ensaña preferentemente con mujeres estudiantes de bachillerato, y no se trata de un delincuente ordinario. Sus huellas son preocupantes: es hematófago, es despiadado y suele marcar extraños sigilos sobre el corazón de sus víctimas. Las autoridades, sometidas a gran presión política, lo niegan y se obstinan en censurar en medios de comunicación estos dolorosos acontecimientos que convulsionan la urbe metropolitana de Guadalajara. Más grave aún, hay infectados que multiplican las hostilidades.

Con esta novela, Expediente Is34:14, Sergio-Jesús Rodríguez nos traza una vívida alegoría de los alcances de la corrupción, aliado sustantivo del mal. Un hematófago suelto en una sociedad como la tapatía, que tan poco atiende a sus jóvenes y sus justas demandas, puede derivar en una pesadilla cuyo remedio se adivina sólo en esos mismos jóvenes y en hombres y mujeres conscientes de las consecuencias de la corrupción, capaces de actuar con valentía para poner freno a la quiebra de un pueblo.

¿Los vampiros son, pues, ese glamoroso terciopelo de semidioses atractivos que se nos ha vendido en estereotipos cinematográficos, o son bestias engendradas para el mal y para destruir la Creación? ¿Sobrevivirá una ciudad de millones de personas, desgraciadamente habituadas a la desunión, la negligencia y las corruptelas? En esta novela se medita crudamente sobre vampiros, con sus héroes y sus demonios. 

Ficha bibliográfica: Expediente Is34:14, Sergio-Jesús Rodríguez, Ediciones Euterpe, Guadalajara, Jalisco, marzo de 2013 (1a. ed.), 13 por 21 cms. 200 páginas en papel blanco, portada en color. ISBN 978-607-8204-12-0.

Derechos reservados ©2015 Sergio-Jesús Rodríguez