Sergio-Jesús Rodríguez

Un cangrejo en la madeja

 

 

Esta plaquette es la primera publicación bibliográfica de Sergio-Jesús Rodríguez, en la cual aparece una breve selección de textos que en el 2003 aparecieron con el conjunto de su obra cuentística de aproximadamente una década, producida entre los 17 y los 27 años de edad, bajo el título Las piernas de Lhákesis.

 

Secretaría de Cultura Jalisco, 1997. Guadalajara, Jalisco, México, 38 páginas.

 

 

 

Míticos y proscritos

 

Creo que los gatos poseen ojos de astronauta. Son por cierto, una especie que debió ser creada también un poco antes que el hombre, aunque predestinada a regir la organización de los cuerpos celestes. Sin embargo cometieron una falta terrible: nunca dejaban nada en su sitio y desenredaban continuamente bolas luminosas de estambre; de inmediato se les confinó a la superficie terrestre.

Su pecado, como todos los pecados, los transformó en noctámbulos empedernidos, semidioses nostálgicos y solitarios, capaces de callar ante cualquier necedad y privilegiados actores en las artes del amor. Jamás han podido hacer migas con dos cosas: la miseria y los perros. Más de uno gobernó en contundente silencio a Egipto, ante la hermosa Cleopatra, desnuda en su majestuosa tina de oro inmersa en leche tibia.

Los gatos flotan desde siempre en su gaseoso mundo de sensualidad y pereza. Adivinan esos terribles fantasmas que la gente se empeña en negar y así han venido a convertirse en seres de dos mundos. No hace falta más que caminar por las calles de madrugada, los gatos se escurren visiblemente por los techos o vuelan, sí, vuelan, descendiendo a la tierra o remontándose a la luna marmórea entre las constelaciones. La consigna es volver a casa antes del alba.

 

 

 

 

 

11. Cátedra de geografía

  

Pulsé el interruptor. De la brillantez del foco, vi descender por un hilo invisible una araña negra y gótica. Caía sin remedio y para horror de sus habitantes, entre Grecia y Turquía.

 

 Derechos reservados ©2007 Sergio-Jesús Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El señor de las termitas

 

 

Por encima de la vejez, los recuerdos difíciles y la muerte, lo que puede salvar a la humanidad es el amor.

¿Acaso este sentimiento dará a Ema una vida perpetua, y a Pedro, ese viejo noctámbulo y de hábitos misteriosos, el anhelado reposo a su espíritu?

El señor de las termitas es su historia. Un viaje a la consciencia de dos ancianos que nos recuerdan que el destino no es suficiente para hacernos infelices.

 

Ilustración: Max Švabinský (1873-1962), diseño: Sergio-Jesús Rodríguez. Ediciones Euterpe, 2a. edición, 2007. Guadalajara, Jalisco, México, 80 páginas.

 

 

 

[Fragmento]

I

 

Para compensar el insomnio que lo agobiaba cada noche, el viejo había adquirido el pertinaz hábito de escarbar en los muros. En un principio la operación era rudimentaria, para la cual se auxiliaba de un alambre moldeado y una cucharilla; mas pronto se dio a la tarea de perfeccionar sus técnicas hasta forjar instrumentos en verdad inusitados.

En mitad del silencio nocturno, Pedro ruñía en algún sitio de la casona, y Ema fijaba la mirada angustiada en el cielo raso, sin poder conciliar su propio sueño. Una vez que el anciano calculaba que Ema debía estarse preguntando por su paradero, regresaba quejumbroso al tálamo. Se reacomodaba los largos calzones, mientras iba y venía a la orilla de la cama, y manoteaba irascible en la penumbra:

—Malditos ratones —recriminaba indignado—. ¡Los ratones y las termitas van a acabar con la casa!   
Ema miraba a su cónyuge recostarse entre las sábanas crujientes, luego se daba la vuelta mordisqueando sus uñas:   
—Tú te la vas a acabar, Pedro. Me vuelves loca.

—Pero, Ema... Vieja necia, ¡bah! Asómate y los verás; verás cómo rascan y rascan sin cansancio.

—Ahora estás a mi lado y ya no rascan —observó la anciana.

—¿Es que no los oyes?, porque yo sí. ¡Vieja necia!

Luego Pedro se quitaba la prótesis de la dentadura para ponerla en el vaso de agua que Ema había colocado junto a otro, en el cual su dentadura parecía la antigua arboladura de un barco hundido.

Poco antes de las seis, Ema se incorporaba, se vestía con su larga falda negra, una blusa de botones y un suéter, también negros; a continuación la seguía Pedro.

Tosijoso como de costumbre, él tragó el par de pastillas con agua tibia que Ema acababa de traer. La anciana colgó un pantalón y una camisa planchados sobre el respaldo de la silla.

—Anda, viejo —urgió Ema una vez más desde la sala, encogida en un antiguo sillón imperio—. Apúrate, hombre de Dios, ya dieron la segunda de campanas.

Atravesaron con dificultad la calle empedrada hasta el templo. Pedro se apoyaba en su bastón y respiraba con dificultad. En el ingreso del portal le dieron alcance a José, el viejo y orgulloso sastre de la colonia, que avanzaba con muchos trabajos asido a una andadera. Intercambiaron algunas palabras y lo dejaron atrás, mientras aquél se desplazaba con la absorta lentitud de un galápago, bajo el arco de medio punto con las rejas abiertas, entre robustos tabachines y paraísos diseminados en el atrio.

Devotamente y según sus hábitos, unos cuantos viejos y el sacerdote celebraban la liturgia. Mientras avanzaba la ceremonia, y a la reveladora visión del incienso humeante, Pedro elucubraba el modo en que podría perfeccionar sus herramientas, a fin de concluir su compleja labor. Con lentitud repasaba de memoria cada zona de la casa, cada tramo de las paredes por perforar y redefinía con escrupuloso celo el plan de trabajo. De vez en vez escudriñaba impaciente al sacerdote, ansioso de la bendición final y santiguándose con frecuencia, afligido por no poder evitar las repentinas maldiciones que invadían sus pensamientos contra el siervo de la Iglesia y su interminable perorata.

Apenas llegaban a casa, el viejo se encerraba en su taller. Era un cuarto espacioso, provisto de herramientas de precisión dispuestas en varias repisas. Una vitrina aparte alojaba instrumentos minúsculos, propios para labores finas de joyería. Con cierto desorden, descansaban sobre la mesa de trabajo un calibrador vernier, un taladro, un martillo y un rollo de alambre, junto a un torno pequeño. Pedro sacó la gaveta de la mesa y luego un envoltorio de franela que contenía una serie de dispositivos hechos de alambre. Diligentemente y uno por uno, acarició sus formas. Sus dedos trémulos recorrieron hilos ondulados y rectos; había labrado un par semejante a ganzúas, otros terminaban en dos o tres puntas afiladas; limpió el polvo a los que eran retorcidos en espiras de sacacorchos; pero merecieron mayor cuidado los dispositivos articulados como huesos mediante un par de alambres todavía más finos, que hacían las veces de músculos y tendones para accionar a voluntad la agudísima punta.

 

Derechos reservados ©2009 Sergio-Jesús Rodríguez

 

 

 

Las mínimas invasiones

 

 

 

Dos fortalezas sostienen al amor, una busca sobrevivir al tiempo, la otra abismar a los amantes en la muerte. Entre tanto, las pasiones son protagonistas y objeto de la cotidianidad y sus símbolos: las sillas, el teléfono, los libros, dos tenedores, entre los que la pareja cumple la máxima de Karl Popper: la vida.

En los relatos de Las mínimas invasiones, el autor visita tres experiencias de pareja, en la que predomina la tentativa de salvar al amor en un mundo pleno de contrastes: el riesgo, la rutina, el asombro son sus geografías imprevistas. Un anciano noctámbulo que practica una red de orificios por la casa como las termitas; el recuerdo de B, infantil e impreciso, de una sirena cautiva o la pertinaz acechanza de un mosquito activan un ritual de dimensiones universales, la fe en el otro.

Relatos que son también tres «licencias» para invadir la intimidad del otro, en un siglo XXI demasiado hecho para el individuo y por el individuo.

En este libro el autor guiña al lector ante un hecho contundente: ante la estupidez y la violencia, quizá la respuesta sea la ternura.

 

*Esta publicación incluyó la segunda edición de El señor de las termitas, cuya primera edición apareció con Acento Editores, de Guadalajara, Jalisco, en 2001; posteriormente se han editado dos ediciones subsecuentes bajo el sello de Ediciones Euterpe, en 2005 y 2007.

 

Diseño: Luis G. Abbadié, ilustración: François Boucher, Jeune fille se reposant. Ediciones Euterpe, 2003. Guadalajara, Jalisco, México, 120 páginas.

 

 

 

Telaraña para peces gordos

[fragmento]

 

1

El pezón de Fabiola, firme y terso como un gajo de mandarina desollado, se estremeció tras el velo, bajo nuestras miradas, la mía y la del mosquito, que danzaba con evoluciones temerosas. Afuera reinaba el otoño con su perfume de lloviznas que arrastraban sórdidos huracanes. El mar no está tan lejos como uno pudiera imaginar, pensé; nunca lo está. En las calles caían hojas de los árboles casi simbólicas, amarillas y cubiertas de trazos que habrían de desintegrarse sin que nadie llegara a descifrar sus jeroglíficos.

El mosquito se posó en la punta del pezón y hundió su afilada probóscide en el velo. Pensé con tristeza que yo habría debido ayudar al insecto, pues el tejido le impedía penetrar hasta la carne de Fabiola. El bicho revoloteó y ahora se detuvo en el dorso de mi mano. Clavó con habilidad su lanceta y su barriga se puso hinchada y tinta. Cuando batió alas para darse a la fuga, las manos de Fabiola estallaron con un estrépito que me sacó del sopor.

—Lo maté —sentenció ella, triunfal, y mostró sus palmas.

Vi la silueta de algo como una mariposa en dos mitades sanguíneas.

—Detesto a los zancudos —añadió con fastidio, en tanto ajustaba el velo en sus pechos y se volvía a recostar—. No saben de advertencias. Con ellos siempre la cosa es de vida o muerte.

La miré a los ojos. Ella sonrió y se llevó la palma derecha a la boca; su lengua se afiló para probar la mancha de sangre. Tenía una expresión adolescente que me inquieta, y es que ante ese fugaz gesto uno sólo puede concluir que el amor y la pasión no necesariamente son una misma fruta; por el contrario. Ahora sé que el cuerpo de Fabiola es una vianda de frutas de trópico, incluso huele a frutas. Beso su boca y me sabe a melocotón, fresa, guanábana; en sus hombros hallo un gusto a manzana, durazno en almíbar, naranja con piloncillo; su vientre es un torrente de kiwis y miel; en sus pezones se siente la porosa consistencia de la sandía; al sur, como el ombligo de un durazno, aunque éste sea el de Fabiola, se percibe el humor acuoso de los melones; en sus piernas la lengua se desvanece en una mantequilla de mangos; por sus rodillas ruedan higos y ciruelas; de los tobillos se derraman uvas, granos de trigo y de cebada hasta sus pies. Su cuerpo entero es una revelación de frutas y semillas. Por doquier hay trigo, nueces, almendras.

—Me apena, pero es cierto —dije.

—¿De qué hablas?

—De eso —insistí—: de la muerte, y de la vida.

Sentí inapetencia para continuar con el tema. Sin embargo, el humor de Fabiola es ligerito como un jilguero y nunca sé de bien a bien cómo va a tomar los comentarios.

—¿La muerte de quién? —arremetió.

—La tuya, y la vida del mosquito. —Fabiola me observó sin hacer un solo gesto. Agregué—: La verdad, esperaba que te picara.

—Pero te picó a ti y yo lo maté demasiado tarde —suspiró ella mientras se le dibujaba una sonrisa afligida—. O sea que te quiero más de lo que tú me puedas querer.

—O sea que sí, aunque con dos segundos de retraso —admití con fastidio y sepulté la cabeza bajo la almohada.

 

 

2

Y es que dos segundos hacen toda la diferencia del mundo, aunque es preciso aclarar que nada fue inocente esa tarde, excepto el mosquito, letal instrumento de mi venganza. O mejor dicho, mosquita, las hembras de esta especie cazan; los machos son pusilánimes herbívoros aficionados a la savia de helechos o salvias. Cuando dos viven juntos, en el curso de los días surge de alguna manera un deseo de pequeña muerte, un deseo irrefrenable de ver sucumbir apenas unos milímetros a tu compañera. No me vean con ojos sentenciosos, pasa lo mismo en las señoras. He sorprendido a mi mujer mirándome con cierta indiferencia, muy sospechosa, cuando me llevo la cuchara a la boca, atento a un libro o al periódico en la mesa; ella sabe que de pronto saltaré, gritaré una maldición, imploraré por un vaso de agua, y sonreirá maternalmente mientras apacigua mi adolorida furia con un beso. La venganza está consumada. Sé que ella, silenciosamente, se venga con esa pequeña clase de muertes, luego se siente obligada a amarme más, pues me ha hecho víctima, otra vez, de sus emboscadas minúsculas y domésticas. Hoy, cuando la besaba, sentí a la mosquita y me invadió la idea de un ardid más o menos inocuo, más o menos mórbido, pero sólo un poco mórbido. Surgió en mi mente como las plegaduras en una almohada, cuando la cabeza de Fabiola se hunde y su expresión es idéntica al momento en que se sumerge en la bañera caliente con agua perfumada con sales: labios fruncidos, ojos entrecerrados, mejillas rubicundas. La mosquita sería el artefacto de mi sutil y perverso desquite. En la naturaleza pocas criaturas son más simples, o eso parece. Dueñas de una eficacia digna de su ínfimo aspecto, lo único que pueden provocar en mí es pavor.

        Amo a Fabiola, lo repito. Si añadí a nuestras vidas esta celada, lo admito para mí mismo con turbación y ansiedad, es porque enseguida se elevarían mis niveles de ocitocina y procuraría besarla no sólo en el pezón cogiendo su pecho a la manera de un cáliz venturoso, sino aún de pies a cabeza como si se tratara de una resurrección. Porque de eso se trata el amor. Es el deseo de resucitarnos de la muerte, que nos ronda y exfolia, como el otoño a los árboles, estas delgadas epidermis de sueños y mugre que se esfuman bajo la regadera. Uno se limpia el tizne de la muerte con agua. Cuando dos se bañan en pareja, efectúan un ritual en el que el apareamiento es el premio, el perdón a la mortalidad. La celebración de las hostias de nuestros cuerpos es retornar al vientre marino. Es volver al agua y al barro. Incluso están presentes todos sus elementos mágicos: incienso, el vapor en el espejo; vino celebratorio, la saliva de besos ansiosos; rezos interminables, los juramentos de amor, y hasta el palpitar testigo del agua, sangre violenta y caliente que se derrama de la bañera o escurre por los cuerpos. Son actos de expiación, porque el amor es un acto expiatorio.

 

Derechos reservados ©2009 Sergio-Jesús Rodríguez

 

 

 

 

 

Las piernas de Lhákesis

 

 

 

El azar es un soplo ineludible y aprender a convivir con su influjo es fundamental en la vida. Lhákesis, la diosa griega «que echa suertes», representa al destino y su signo quizá sea clave para eludirlo.

Con Las piernas de Lhákesis, Sergio-Jesús Rodríguez juega un poco a ser el audaz Admeto, que salvó la vida embriagando a las temibles Moiras, y nos ofrece ahora prosas, minicuentos y cuentos  de amplio registro, que abarcan diez años de su obra. Su tentativa: conjurar la fatalidad.

Aunque en estas páginas la euforia de la juventud toma plaza, nuestro autor no olvida que «el Destino dio al hombre un corazón paciente». Así pues, hay aquí una voluntad de afirmación, de generosa complicidad con quien sabe que estamos condenados a ser el juego de la incertidumbre.

 

Diseño e ilustración: Sergio Araht Ortiz Rosales. Ediciones Euterpe, 1a. edición, 2003. Guadalajara, Jalisco, México, 264 páginas.

 

 

 

 

Lector anónimo

  

Cierto vago solía pernoctar en el interior de un gran tonel industrial con residuos de hollín, en la arena de la bahía: una de las prerrogativas que otorga vivir en un puerto petrolero. A un paso de distancia ardía una hoguera vigorosa dentro de un barril cortado por la mitad, mientras el hombre acondicionaba su refugio con pliegos de periódico, para luego echarse indolente a gastar las horas.

Para conciliar el sueño estudiaba un libro con inusitado interés, del que, con el pulgar y su índice mojados, desprendía paulatinamente las hojas leídas antes de arrojarlas al fuego.

Un buen día, un famoso escritor de erudición irreprochable se percató de las manías del indigente y se decidió a interpelarlo:

—Por qué lo hace —dijo el erudito, intrigado—. Respóndame, se lo suplico, ¿es tan malo eso que lee?

—De ninguna manera. Por el contrario, creo que es magnífico —respondió en tono impertinente el vago, y mostró el volumen—. Lo quemo porque hace frío.   
—Ya veo —concedió el erudito—. ¿Y qué lee, buen hombre?     
—¿Es que usted ambiciona mi libro? —replicó suspicaz, casi furioso, el otro.

—No, en absoluto. Es mera curiosidad.

El indigente escudriñó a su interlocutor por algunos segundos, se metió al fondo del tonel y sacó dos pilas de libros.

—Me dedico a leer. Es mi oficio —repuso enfático—. Para serle franco, leo cualquier cosa que cae en mis manos, pero esto carece de provecho. Lo importante es comprender que no se lee porque sí, sino que se lee por el placer de hacerlo, por el genuino placer de admirar cómo una página inolvidable también sirve para algo, aunque sea para avivar un buen fuego y evitarle a uno morirse de frío.

Y dio por terminada la charla. Se abstrajo en la lectura, mojó una vez más sus dedos, arrancó la hoja concluida y despreocupadamente la echó a las voraces llamas.

 

Derechos reservados ©2009 Sergio-Jesús Rodríguez

 

 

 

 

Blue-jeans

 

 

Un músico y un simpático saxofón animado han surgido en un naranjal una noche de luna redonda y brillante. Han sabido deslumbrar con su música a los sorprendidos testigos, quienes apenas recobran el sentido de la realidad advierten que la enigmática pareja se ha esfumado.

  Los héroes de esta historia infantil, con sus aventuras andariegas darán a los lectores de esta divertida historia, Blue-jeans, un motivo para pensar, discutir e inventarse respuestas sobre cómo mejorar su planeta, un planeta que aunque es único, todos los días lo estamos condenando a su extinción, pero también a comprender que los grandes ideales —justicia, libertad, respeto, amor, amistad, etcétera— no sólo nos dan nobleza, en ellos también se funda la esperanza de inventarnos un mundo mejor, de que son la llave para abrir puertas a las nuevas generaciones.

 

 

Ilustraciones e idea original: Sergio-Jesús Rodríguez, diseño y digitalización de ilustraciones: Paulina Benítez. Ediciones Euterpe, 2004, Guadalajara, Jalisco, México, 120 páginas.

 

 

 

 

Bosque Los mil pensamientos

Primera parte

[fragmento]

 

 

E

n una remota región al sur del trópico, donde las estrellas brillan tan intensamente que es posible cortar rosas sin pincharse con sus espinas y el perfume de la noche tiene un dulce gusto a florecillas de naranjo, lo vieron por primera vez. Algunos juran que bajó del cielo como un cosmonauta. Otros se mofan de aquéllos, se encogen de hombros y aseguran que nomás apareció.

Los más fantasiosos se empecinan en una explicación tan absurda como espectacular, porque con orejas enrojecidas y ojos arrasados por las lágrimas, relatan con voz temblorosa que de la nada surgió una nube de gas resplandeciente en el claro del naranjal. Una vez disuelta la nube, un hombrecito de ojos enormes y nariz preciosa los saludó quitándose el sombrero de copa: «¡Buenas noches!», dijo. Pero ellos se quedaron perplejos y mudos.
El Músico (lo llamaré así pues jamás supe su nombre) sonrió y sacó del estuche un saxofón. Declaran que tocó como los ángeles. Personalmente sólo he oído a uno: Jimmy Hendrix, supongo que así de virtuoso. Agregan que la música era un torrente cristalino que iba encendiendo los lirios de San Francisco, los cuales habitan en las ramas de los árboles. Cuando los paisanos se repusieron, el Músico no aparecía por ningún sitio.

El guardagujas también lo vio, incluso le pareció divertido el sombrero de copa del Músico con su inmensa pluma. El guardagujas encendió y apagó su linterna mientras charlaban, otra vez.

—¿Te gusta? —dijo el guardagujas.

—Sí, me gusta. Es bonita su linterna —repuso el Músico. Luego quiso saber—: ¿A qué hora llegará el tren?

—¡Oh! —el guardagujas se rascó la coronilla de su calva y se caló de nuevo la gorra antes de asomarse a la pizarra. Dijo—: Mmm, déjame ver... en media hora.

Orgulloso, el guardagujas todavía consultó su flamante reloj de ferrocarrilero. Empañó el cristal con aliento y lo frotó contra la manga para limpiarlo, después se volvió sonriente.

Para matar el tiempo, el Músico entró a la fuente de sodas. Posó su estuche en una silla y le acomodó el sombrero. Un sonido feliz y melódico sopló del interior. Vino la mesera:
—Muy chistoso, señor —dijo ella—. ¿Gusta ordenar?
—No, no me gusta —negó el Músico, sorprendido.

—Qué.

—Ordenar, señorita. Ni a usted ni a nadie.

—Muy chistoso —repitió la mesera, torciendo un poco la boca—. Ahora dígame, ¿qué desea?

El Músico contempló aquellos ojos y de inmediato supo que la mujer era buena onda, pero ya estaba harta de tomar pedidos, sobre todo a mal educados. Porque viéndola bien, tenía el gesto decidido de las que llegado el momento y sin vacilar, cogen el vaso y se lo vacían encima a uno si se porta fresco.

—Limonada —solicitó el Músico en tanto jugaba con los dedos.

—¿Y para comer?

—Un pay de fresa, si tiene.

—¿De fresa? Lo siento, no hay. Se acabó.

—Bueno, sólo limonada. Con hielos.  
La chica advirtió el sombrero de copa metido en el estuche y se dio la vuelta. Regresó con una jarra con limonada y cubos de hielo girando dentro, y dos vasos. Los llenó. Puso uno frente al Músico; el segundo para el instrumento. Un sonido amable y grueso, como de foca macho, agradeció el servicio. Volteó rápidamente la mesera:

—Muy chistoso —la chica hizo viejitos con la nariz al instrumento, y se alejó.       

        El Músico botó el broche y abrió la tapa: Saxofón se desperezó, estirándose y entonando una escala muy semejante a la de las primeras lecciones de piano.    

        —¡Muy chistoso! —insistió la mesera por allá, en la cocina, de donde provenía un delicioso olor a guisos.

De la manera en que beben los elefantes, Saxofón zambulló su trompita en el vaso, luego eructó, seguido de una risilla picante que provocó las carcajadas de los demás viajeros, quienes igual aguardaban por el tren.

El Músico hizo tropel de caballos con los dedos, porque ya le aburría la espera. ¡Uy!, el tren estaba retrasado por lo menos con veinte minutos: «¡Tap tap tap tap!», daba golpecitos y de pronto Saxofón: «Ta-tata-ta-tá», tocó una marcha de caballería, estalló su picante risilla y en consecuencia resonaron las risas de los demás.

—¡Muy chistoso! —resopló la mesera, que ahora se esforzaba por echar la basura al cesto, antes de sacarlo a un patiecito cubierto de malvas y margaritas.

Marfufo, el gato del establecimiento, se acercó cauteloso. Ni siquiera acababa de dar un paso clavando sus enormes pupilas en la silla y ya daba otro, mientras acechaba como cuando ven un pajarito en el pasto, o a una mariposa que ha penetrado en la sala. Saltó a la mesa.

—!Rrr, rrr, rrr! —ronroneó Marfufo, con bigotes nerviosos.

El gato se asomaba de a poquito, oculto tras el sombrero de copa. Las enormes canicas de sus ojillos abrían y cerraban sus pupilas violáceas. Saxofón estiró el cuello para acariciarlo, pero Marfufo se paró de manos y maulló temeroso.

—¡Miau! —insistió el felino.

El Músico contempló tras el ventanal la mañana que se despejaba de la bruma, porque afuera había una neblina densa y tibia, del color del rocío en los pétalos de las flores. Clareaba sobre las montañas azules, hacia donde se perdían de vista los rieles del tren. Marfufo hacía fintas de boxeador, sin sacar las uñas, cuando Saxofón intentaba acariciarlo. El Músico le hizo una seña a la mesera, quien se enjugó las manos en el mandil antes de acercarse.

—Leche para el gato —dijo el Músico—. No, no lo baje. Sólo traiga un vaso con leche.      

Por fin Marfufo se dejó acariciar, ocupadísimo como estaba en beber su leche. Saxofón le daba golpecitos en la cabeza, descargaba su risilla picante y enseguida hundía la trompa para beber agua del vaso.

La luz mortecina del farol a la intemperie contrastaba con los colores del alba. El viento arrastraba a capricho hojas y papeles sin voluntad, y las nubes en lo alto comenzaron a deshilacharse. Un agudo silbido se oyó, lejano y triste. Era el tren, al fin.

Entró el guardagujas:

—Gordita —llamó a la mesera—, aprevente. Ya llegó.

—Ya le dije que no estoy gorda —replicó la mesera—. Y apague el foco de la calle, al cabo que está clareando.      
La potente locomotora ensordeció con sus roncos resuellos el diálogo, así que la chica del mandil y el guardagujas se veían a los labios para entenderse, en tanto los movían como peces. Aunque parecía imposible oír nada, reían y se comunicaban con gestos de cejas así y así, y las manos arriba abajo, y otra vez risas.

El gato, acostumbrado al ruido de las locomotoras, simplemente se adormecía con las caricias y palmaditas de Saxofón, arriscado a la orilla de la mesa. Saxofón volvió a reírse con sus picantes carcajadas y saltó al estuche, cerrándolo tras de sí. El Músico dejó unas monedas sobre la mesa, se puso el sombrero y abandonaron la fuente.

Tras los barrotes de la taquilla, una anciana selló un billete, pero el Músico le pidió otro lugar para Saxofón.

—Diez pesos más —se encogió de hombros la mujer y selló un billete adicional en el block, luego lo desprendió.

Cuando el Músico divisó hasta dónde terminaba, le pareció que se trataba de un tren bastante largo. El guardagujas le explicó que también cargaba mercancías y el correo para Ciudad de Cien Puentes. Encendió y apagó su linterna y se despidieron. Los vagones lucían destartalados, porque desde los tiempos del porfiriato eran los mismos. El Músico y Saxofón abordaron el que ofrecía mejor aspecto.

La tierra se estremeció, la locomotora rugió de nuevo soplando un largo silbido de vapor, las láminas y los asientos temblaron. Comenzó a andar. A los pocos minutos el poblado se reducía en la distancia: sobre una colonia de techos rojos y follaje de árboles, se elevaba una torre con su cruz dorada. Al arribar las primeras faldas rocosas de los cerros, desapareció el poblado por completo.

  

Derechos reservados ©2009 Sergio-Jesús Rodríguez

 

 

 

 

 

Cola de salamandra

 

 

En los años 20 del siglo pasado, los físicos formularon su desquiciado «principio de incertidumbre», con el que daban legalidad científica a la sospechosa conducta de partículas portentosas y fantasmales. Para sus delirantes hallazgos, el tenaz Erwin Schrödinger involucró a un triste gato; en sus experimentos, el simple deseo podía determinar la vida o la muerte del minino encerrado en una caja expuesto a una partícula en desintegración. Albert Einstein se negaba a escuchar al respecto con su famosa frase: «Dios no juega a los dados», y el gran sabio Stephen W. Hawking, cuando le hablan sobre el gato de Schrödinger, dice sentir el irrefrenable impulso de sacar su revólver.

En Cola de salamandra, Sergio-Jesús Rodríguez hace un simpático divertimento, mediante doce cuentos, en el que busca compartir con el lector su perplejidad ante la madre naturaleza, que no cesa de reírse de nosotros con sus cartas bajo la manga y parece decirnos: «Sí: Dios sí juega a los dados.»

El misterioso Vigía, quien firma un correo electrónico en esta obra, escribe: «En su corazón chispea una indefinida corriente eléctrica, que mana y está en todas partes. Es el deseo. El deseo que habita en la totalidad de las criaturas y determina la incertidumbre, la cual nos hace sus víctimas o sus cómplices.»

 

Diseño: Sergio-Jesús Rodríguez. Ediciones Euterpe, 2007, Guadalajara, Jalisco, México, 136 páginas.

 

 

 

El nido en la rama

 

 «En mi sueño, al final de mi brazo entre mis dedos, reposaba el nido en el que Diana era un tierno polluelo que me pedía de comer. Yo era un árbol de follaje generoso, mis hojas tremolaban y con ellas entonaba una dulce canción. Luego comprendí que le cantaba su destino. Y ahora mi hija llora, llora porque su suerte no es como la de todas. ¡Oh!, los sueños deberían ser tomados en cuenta en su justa medida. No basta con ser un árbol de espeso follaje; con una hija como Diana, una debe ser también el gavilán y la ratesa. Todo junto, para salvarla de sus pesadillas. Ahora mi Diana llora, y yo estoy triste por ella.»

Suspiró hondamente Karen Tejedora, mientras contemplaba desde su ventanal abierto la misteriosa fronda del ficus, en la que siluetas de pajarillos se movilizaban entre las ramas. El olor profundo a humedad llenaba su nariz. Todavía podía oír los sollozos de la chica en su recámara. La madre se angustiaba pero ya se le habían agotado todos los recursos y se sentía quebrantada, ¿cómo puede una madre liberar del dolor a una hija ante una tragedia que si para los demás no tenía gran importancia, en cambio para Diana significaba la derrota de sus esperanzas? ¿Cómo podía caber en una ilusión rota la palabra «esperanza»? Esa era la situación para Diana, y más valía comprenderlo, de otra forma ¿de qué nos sirvió haber vivido nuestra primera gran derrota cuando fuimos pequeños? La primera gran desilusión es también la primera gran victoria sobre nuestra biología, porque en ella se cristaliza el deseo de libertad, pensó Karen.

La chica había dejado de llorar, deambulaba por la cocina y luego llegó hasta el ventanal con un bote de helado, del que comía sin muchos ánimos.

—¿Quieres? —dijo Diana.

—Si quiero —repuso Karen y cogió la segunda cuchara clavada en la nieve dentro del bote.

Miraron la urdimbre de hojas tupidas por un largo minuto, en silencio, hasta que Diana dijo:

—¿No es extraño?

—Qué.

—Me da la idea de que el ficus parece una ciudadela.

—Yo imagino que es un gran edificio de apartamentos con vecinos de veras escandalosos. Porque entre ellos sus trinos han de resultar muy escandalosos.

—Cierto.

Diana y Karen se quedaron otra vez absortas en el movimiento de las aves. Pronto comprendieron que reñía una pareja. Por lo visto pajarito estaba muy tirado a la flojera y los polluelos tenían hambre; pajarita quería darse un respiro, pero el otro tomaba cualquier pretexto para distraerse. Lo que pasaba, pajarito replicó, era que quería cuidar a consciencia el territorio, pues el altanero vecino le provocaba enorme desconfianza con sus trinos arrogantes. La verdad es que podría estar celoso, pues la pajarita no estaba de mal ver y de cuando en cuando se echaban ojitos el otro pajarito y ella y ya se sabe que el pajarito es fuego y la pajarita paja, sopla el diablo y se van al carajo nido, polluelos y parejas. Pajarita, muy fastidiada, dijo que para el invierno habría que emigrar y era muy probable que se olvidaran uno de otro o muriera alguno de ellos en el camino, así que resultaban inútiles sus preocupaciones; sería de mayor provecho trabajar más duro y vivir en paz y contentos con lo que había. Pajarito se sobresaltó, dio tres picotazos en el tronco y lanzó un trino determinado: «El amor es para siempre.» Pajarita meditó por unos segundos y preguntó a su vez: «¿Qué es eso de para siempre?» Pajarito señaló a los polluelos y añadió: «Ellos, y los otros que empollaremos, y los que ellos a su vez empollarán. Eso es para siempre.» Pajarita caviló un poco más y mediante un trino no muy convencido quiso saber: «Qué te hace pensar que deseo permanecer el resto de mi vida a tu lado en mi nido y luego en mis descendientes.» Pajarito dudó por unos segundos, luego añadió con astucia: «Ah, es que nos une algo que no se ve. Nos une un sentimiento. He oído decir a los humanos la palabra amor. El amor nos une.» Pero la pajarita era muy quisquillosa. Tras otra pausa, luego de limpiarse el pico, dijo: «¿Y si yo no te amara?» Pajarito concedió: «Entonces no estaríamos unidos.» Pajarita agregó: «Pero sí juntos.» «Muy cierto», replicó pajarito. «Lo cual es una tontería porque debe unirnos un sentimiento, ¿no es verdad?» «Sin duda», replicó pajarito, confuso. «Con todo, eres del parecer que debe unirnos el amor», insistió pajarita. «Así es», dijo con gran convicción y aleteó pajarito. «Pues perdemos el tiempo», dijo pajarita, «porque yo no te amo. Tuvimos un par de huevos, nacieron nuestros polluelos, pero estoy harta de ti y de tus trinos. No te amo y apenas acabemos de criar a los chicos emigraré por mi cuenta.» Pajarito tartamudeó: «Pe-pero ¿por qué?» Pajarita agitó su cola, aleteó desesperada y antes de ir a buscar más alimento, gritó en un trino: «Porque el amor es compromiso, respeto y trabajo de dos, pero tú estás más ocupado con tus nuevas conquistas y en conseguir cómo picar pleito con el vecino. Sábelo, apenas termine la temporada, me largo.»

—¿Se irá? —quiso saber Diana.

—Tú qué harías.

—Lo mandaba con los gatos. Es un loquito sin escrúpulos por lo que se ve.

        —Y si se queda con pajarito sería muy tonta, ¿no es cierto?

—Tontísima, ni siquiera vale la pena llorar por un pajarito tan bobo.

—Es lo que yo digo —repuso Karen y miró al cielo de manera significativa—. Hay tantos pajaritos...

        —Y por qué lloro por un bruto como Lalo, mamá.

        —Porque el amor a tus catorce años es un misterio rodeado de hojas que no te dejan ver dos cosas: que hay más chicos y que lo que buscas es dar sentido a tu vida. Necesitas darte tiempo.

—¿Siempre será así? ¿Una chica siempre llora por amor a un chico?

—No, otras veces llorarán los chicos por ti. Así es la vida. Lo importante es que habrás vivido, reído y llorado...

Pasaron largos minutos. Pajarito, al ver que la hembra del otro nido se encontraba sola, saltó entre las ramas, hizo la corte a la pajarita solitaria y remontaron entre las hojas, luego ella se puso de modo que pajarito se trepó sobre su lomo.

—Pajarito es un cerdo —dijo con acritud Diana—. Y esa otra pajarita una piruja de lo peor.

—En la naturaleza —dijo Karen—; las cosas no siempre son justas. La vida es elección: uno debe vivir del lado de la justicia por dignidad, o del lado de la injusticia, por conveniencia. Qué deseas que ocurra.

—Quisiera que llegaran pajarita y el otro pajarito.

        —¿Luego?

        —La venganza.

        —¿Segura? Que así sea.

        Y dicho esto, todas las hojas del ficus parecieron girar como si se tratara de engranajes, lo mismo que los destellos del sol entre la fronda, incluso las pupilas del gato que se asomaba en el jardín. Cuando copulaban una vez más los adúlteros pajarillos, sonó el trino feroz del macho ultrajado, que se abalanzó sobre pajarito, el esgrima de picotazos fue vehemente, rodaron violentos y ruidosos por las ramas hacia abajo. Justo entonces el esponjado Cómodo maulló entre grandes zancadas, sus movimientos fueron relampagueantes y certeros. De un zarpazo hirió de muerte a uno de los pajarillos, al otro lo atrapó por la cabeza y en el lapso de tres minutos la carnicería había concluido. Diana se quedó estupefacta, casi no podía comprender los sucesos.

—Ahora viene el verdadero drama —suspiró Karen—. Ambas madres deberán sacar adelante a sus polluelos por sí solas, hayan o no amado a sus belicosos pajaritos. ¿Qué opinas?

—Están muertos —dijo atónita la muchacha.

—Qué esperabas —replicó Karen—. Pediste que los sorprendieran los cónyuges. Así sucedió. Lo demás son las consecuencias obvias en los peligros de una vida de pájaro. Se distrajeron en su lucha, el gato aprovechó y han muerto; ya no hay remedio.

—¡Vaya!, lo que se aprende de los pájaros es interesante.

—Y por qué llorar a un pajarito que ha sido tan miserable, ¿no crees?

—Bueno, a veces una llora por sí misma.

—El amor propio, ¿mh?

—Eso.

Ambas comieron un poco más del helado. El gato se limpiaba las plumas del bigote, maulló con pereza y saltó a la ventana para meterse a la casa.

        —Eres un tragón sin sentimientos —replicó Diana y acarició al gato, al que no sabía si quererlo o detestarlo.

        Cómodo se acurrucó, aunque las rendijas de sus ojos parecían más alertas que nunca cuando los polluelos piaron en el follaje. La pajarita lanzó miradas inquietas hacia la ventana por unos segundos y enseguida emprendió el vuelo.

—¿Qué hará ahora? —dijo Diana.

—Lo de siempre, hija. Ocuparse de sus crías y vivir mientras tenga aliento para ello. Nada más tonto que llorar hasta morir de tristeza, porque quien se alía con la vida, se alía con el amor y con la esperanza. De otro modo, para qué tanto esfuerzo de los padres de la pajarita, ¿no te parece?

—Es muy cierto —repuso Diana.

Al concluir el helado, Diana enfiló hasta el velador del cual cogió el teléfono inalámbrico, marcó un número con precisión, contestaron, dijo su nombre, luego tres veces «sí» y finalmente se despidió.

—¿A quién le llamaste, corazón? —repuso la madre, un poco inquieta.

—A otro Cómodo, mami. Un Cómodo más rechoncho, más fiero y con más hambre que nuestro gato. Me voy a hacer la tarea.

Karen supo que era inútil insistir con su hija, pero sus palabras enigmáticas la ponían más y más nerviosa. Tomó el teléfono y oprimió la tecla de remarcado, sonó tres veces y luego la voz en la contestadora: «Hablas a casa de tu mero padre. Es obvio que o no me da la gana contestarte, o estoy cagando en el trono o de plano fui a chingarme a un pendejo. Deja tu mensaje, luego me reporto.» La mujer soltó el aparato con terror; en el momento en que se estrellaba contra el suelo, vio que la infiel pajarita intentaba vengar a su pajarito muerto, pero a Cómodo le bastó con esquivar el aletazo, luego lanzó la dentellada. Unas gotas de sangre quedaron impresas en el cristal, y fue todo.

 

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