4. Paranoia y ambigüedad
H.P. Lovecraft clasifica las historias de horror en dos variedades:
Aquellas en las que lo insólito y terrible está relacionado con algún tipo de condición o fenómeno (como La Casa de la Colina, de Shirley Jackson, donde dicha casa, dotada al parecer de una especie de consciencia perversa, da motivo a la novela; o La Invasión de los Ursupadores de Cuerpos, de Jack Finney, donde un pueblo es invadido progresivamente por alienígenas que adoptan las identidades y aspectos de los habitantes originales).
Aquellas en las que esto concierne a la acción del personaje en conexión con un suceso o fenómeno grotesco. (Como en Drácula, donde los protagonistas se dan a la tarea de combatir al vampiro; o Frankenstein, donde el doctor crea a su criatura y luego enfrenta las consecuencias).
Otra opción es la conciencia o falta de la misma del protagonista en lo que se refiere a los fenómenos extraños desarrollándose a su alrededor. Si el protagonista es consciente de que algo sucede, su angustia impregnará el relato.
En cambio, el protagonista puede ignorar por completo las cosas que ocurren
, y el lector no ignora. Así sucede en algunos relatos de M.R. James, en la primera mitad de Semeterio de Mascotas de Stephen King, y sobre todo, en El Bebé de Rosemary, de Ira Levin, donde el lector sabe que los vecinos amistosos de Rosemary son en realidad miembros de un culto satánico y se desespera ante la confiada ingenuidad de ésta.
Antes de dejar a un lado a Rosemary Reilly, observemos que, si el horror consiste en localizar y torturar los puntos hipersensibles de nuestra psique, uno de los más vulnerables es la paranoia, y Levin lo sabía cuando escribió esta novela.
Como dice al respecto Stephen King:
«Antes que hayamos alcanzado la mitad de la narración de Levin, sospechamos de todos y en nueve de cada diez casos hemos tenido razón en hacerlo. Se nos permite entregarnos a nuestra paranoia de parte de Rosemary al máximo, y todas nuestras pesadillas se vuelven realidad. [
]
«El Bebé de Rosemary parece reflejar y usar con efectividad los sentimientos muy reales de la paranoia urbana del citadino. En este libro de veras no hay gente agradable en la casa vecina, y las peores cosas que hayas imaginado sobre esa anciana pecosa del 9-B resultan ciertas. La auténtica victoria del libro es que nos permite estar locos por un rato».
Así es como funciona el horror: una exploración de lo que pasaría si nuestros peores temores pudieran ser ciertos. Una catarsis de nuestros miedos reprimidos, pero también una confrontación con ellos, lo único que nos puede permitir superarlos.
Si alguien tiene miedo a salir de noche porque podría toparse con asaltantes, comprenderá muy bien La Hora del Vampiro, de King, donde no hay que salir al anochecer, pues es el momento de cazar de la criatura; los padres temen que sus hijos se rebelen contra lo establecido, temblarán con El Exorcista , donde Regan MacNeil encarna la hija rebelde por excelencia: es blasfema, obscena, tiene lenguaje sucio, carece de respeto
Las adolescentes asustadas de los cambios que sufren sus propios cuerpos, y los muchachos que aún no acaban de entender cómo funciona la sexualidad femenina, quedarán igualmente provistos de una confirmación de sus peores temores con Carrie.
Jack Finney nunca tuvo en mente ningún mensaje político cuando escribió La Invasión de los Ursupadores de Cuerpos, y sin embargo su novela ha sido vista como una advertencia anticomunista y como una advertencia anticapitalista, dependiendo de quien la lea; en ese sentido, resulta una obra política universal, donde el lector proyecta sus temores sociopolíticos personales en ella, cosa que no puede pasar con historias de intención política concreta como, digamos, La Cacería al Octubre Rojo o Topaz.
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