2. En el principio fue el miedo
El horror como género lo podemos rastrear directamente hasta una novela de Horace Walpole, escrita en 1764 en Inglaterra: El Castillo de Otranto. Por supuesto que antes de Walpole diversos autores habían producido obras macabras, que no eran sino el reflejo en la literatura de las creencias sobrenaturales tan extendidas en esos tiempos; pero fue la novela de Walpole, pequeña para los estándares de sus días, la que fundó lo que conocemos como literatura gótica.
Todos los elementos básicos de lo gótico estaban en Walpole: el castillo medieval, los pasajes secretos, las catacumbas y calabozos, los fantasmas
El Castillo de Otranto es, para qué negarlo, una obra terriblemente mal escrita, pero el potencial de sus conceptos sería explotado al máximo por autores de talento quizá muy superior, pero sin duda endeudados al cien por cien con Walpole.
Toda la parafernalia gótica ya era obsoleta antes de comenzar el siglo XX, y sin embargo el cine de horror la rescató y se aferró a ella desde sus primeros días hasta los cincuenta y sesenta, cuando Roger Corman realizó sus magistrales adaptaciones fílmicas de Poe y la Hammer produjo su serie de cintas del género. Esto se debe a que los escenarios y elementos de la literatura macabra más reciente carecen de potencia visual de los dramas góticos, pero ha causado muchas preconcepciones erróneas entre el vulgo, al dar pie a la creencia popular de que todos estos elementos son realmente característicos de la ficción de horror contemporánea. Nada más falso.
A la mitad de siglo XIX, Poe, además de extraer la última vitalidad que conservaba la parafernalia gótica, concibió no sólo la estructura definitiva del cuento corto, sino también los métodos más eficaces para la ficción macabra. Y con la llegada del siglo XX, el género evolucionó por completo.
Arthur Machen desechó las noches de tormenta y demostró que el más soleado mediodía podía servir de escenario para lo macabro; él y varios otros Robert W. Chambers, Wm. Hope Hodgson, Algernon Blackwood, M.P. Shiel dejaron abandonados los castillos y cementerios que ya sólo serían útiles para el cine y los reemplazaron por bosques y praderas, pueblos apacibles en apariencia, plácidas zonas rurales
incluso modernas ciudades como Londres o París abrieron sus puertas al miedo. Este puñado de autores también comprendió cada uno por cuenta propia, pues no conformaban grupo alguno- que el uso de mitos, supersticiones y leyendas conocidas reducía el impacto de los relatos. Estábamos en pleno surgimiento de la civilización tecnológica, y los hombres lobo, ánimas en pena y fantasmas con cadenas ruidosas ya no daban más miedo de manera automática, como antes. Por eso crearon sus propios mitos, conceptos, entes. Supervivencias de eras prehumanas, seres venidos de las estrellas, escenarios contranaturales e imposibles, nombres exóticos nunca oídos que parecían remontarse a mitos milenarios
Éstos fueron los nuevos temas del horror. Los cuales Howard Phillips Lovecraft y los autores de su Círculo retomaron, combinaron y perfeccionaron.
Claro, esto no significa que cualquier otro tema haya quedado invalidado u obsoleto.
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