6. Definiendo lo impensable
Lovecraft sostiene que no hay nada más aterrador que las violaciones de las leyes naturales por una fuerza o fenómeno totalmente desconocido; mientras más extraño, incomprensible y ajeno a nuestro ámbito de experiencias sea ese horror, más intenso será su efecto. Esto es cierto, pero, por desgracia, muy limitado, porque se necesitan una sensibilidad e imaginación particularmente intensas para apreciar este tipo de horror. Una mente menos imaginativa piensa lo contrario, que mientras mas extraño sea el horror, menos efectivo será.
Ilustremos esto: si alguien escribe una historia acerca de un hombre lobo, o una araña gigante, el lector con la perspectiva de Lovecraft despreciará el texto, diciendo que se trata sólo de cosas físicamente horribles, que dan el mismo miedo que cualquier animal salvaje. En cambio, si un lector que considera terrorífico al hombre lobo o a la araña gigante lee una historia de corte lovecraftiano, donde el horror consiste en una entidad multidimensional que es imposible mirar directamente y el cerebro se niega a asimilar, dirá que es ridículo, porque hace falta algo mas cercano a su campo de experiencias para poder comprenderlo y asustarse por ello.
Por otra parte, tenemos una corriente de pensamiento totalmente independiente, que se basa en la teoría de Sigmund Freud sobre lo siniestro, o Unheimlich, palabra alemana de traducción incierta (algo así como «lo no-familiar»). Freud sostiene que la cúspide de lo siniestro consiste en algo que nos es profundamente familiar y, simultáneamente, nos es completamente extraño. Como dice Alfonso Sastre para ilustrar esta teoría: «En el sueño, es la tía Julia y es un ser extraño». Como El exorcista, de Blatty, donde la madre sabe que Regan MacNeil es su hija, y sin embargo no lo es.
Así, pues, Lovecraft sostiene por una parte que el horror absoluto es lo desconocido absoluto, mientras Freud nos dice que el horror definitivo es aquel que nos conduce hasta lo más familiar e íntimo. El verdadero camino del horror quizá se halle en un punto intermedio. Lo desconocido e incognoscible también es indefinible e indescriptible, como muchas veces se quejó Lovecraft; por lo tanto, él mismo recurría a analogías con lo conocido para describir lo desconocido, lo que es también, dicho sea de paso, un proceso natural de nuestro cerebro. Como dice Andrew Wheeler,
«lo relativamente desconocido, que incorpora aspectos de lo insólito familiar, es la regla general de la ficción de horror».
El punto de Lovecraft era que la diferencia entre estas criaturas horrendas y nuestra realidad cotidiana es lo que nos hace temerles. Sus descripciones de ellas obviamente se derivaban de la biología terrestre, pero si lo totalmente desconocido pudiera ser definido, dejaria de ser desconocido. Sin embargo, lo familiar jamás puede ser tan aterrador y avasallador como lo totalmente nuevo, o incluso lo en su mayor parte nuevo.
En cuanto a la otra postura mencionada, la defensa de lo gráficamente horrible, como un hombre lobo, una araña, un cadáver putrefacto, añade Wheeler:
«Uno es impactado por lo insólito, pero lo horrible produce una reacción más fuerte, más emocional. Considerar algo insólito es una reacción intelectual; considerarlo horrible es una reacción visceral. Es obvio cuál está más arraigada en la psique humana».
La clave de la literatura de horror es la incertidumbre. La obra debe confundir los límites entre lo real y lo fantástico, al grado de que el lector sea incapaz de distinguir con certeza lo uno de lo otro. El horror pretende nada menos que derribar la estructura conceptual del universo que es tomada por verdadera por el lector, arrancar de raíz todas las leyes naturales, y reemplazarlo todo por un universo vasto, oscuro y desconocido. Destrozar la realidad y volverla a armar como rompecabezas, como ha dicho Clive Barker.
Para lograr esto hay varios métodos, y por eso el horror ha sido clasificado de maneras muy diversas. Examinemos algunas.
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