HITSUZEN







Volumen 17 - Capítulo 87

El sacrificio de la vidente















Otsu se miró en el pequeño espejo que compartía con sus compañeras de cuarto. Se aplicó un poco más de polvo de arroz en la cara ya habitualmente pálida. El labial un poco más oscuro que el tono habitual de sus labios, las cejas bien delineadas. El resultado parecía satisfactorio para la hime. No sólo por el maquillaje, sino también por la imagen que se vio reflejada en el espejo. Era una mujer la que le devolvía la mirada en la superficie reluciente, pues era así como Otsu se sentía. Prácticamente una mujer, en varios de los sentidos que esa palabra asumía. Por las cosas que pasó: por la mayoría de edad mágica y por su Otemise.

Se miró la mano vendada, aún dolorida por el corte que su madre le había hecho. Desde que despertó en el cuarto de su tía, la joven trató de recordar lo que pasó en la tarde de la ceremonia pero sus esfuerzos fueron infructíferos. Todo era un enorme borrón blanco en su mente. Lo último que recordaba era a su madre entrando en sus aposentos, anunciando que iba a sustituir a su hermana en la aplicación de la prueba.

Le incomodaba saber que Setsuna había estado en su mente. Había cosas demasiado preciosas para ella que no deseaba compartir con su madre. Sabía que ella no iba a comprender sus sentimientos ni tampoco aprobarlos. No obstante algo en su interior le decía a Otsu que sus secretos estaban a salvo... que lo que fuere a lo que Setsuna hubiese accedido, no era algo que pudiera ser interpretado como comprometedor o inadecuado, o de otro modo la ira de la Oráculo ya habría caído sobre ella.

—¿Quieres que te arregle el pelo? —dijo Rika detrás de ella.

—Me encantaría, Carrot-chan —sonrió en dirección a su amiga, quien se acercó rápidamente y ya se dispuso a arreglar los largos rizos de Otsu en una media cola con sus dedos usualmente ágile.

—¿Tu mano está mejorando? —preguntó la pelirrojita con ligera preocupación.

—Sí, Rika. Gracias —respondió agradecida, pues eran los cuidados que su amiga le prodigó a su herida los que hicieron que la herida comenzase a cicatrizar tan rápido.

—Tch... tch... No sé qué tramaron en ese Otemise. La herida de Sayo tardó una eternidad en sanar. ¡Por lo menos usó todas esas curitas llenas de animalitos adorables que compré para ella! —dijo con los ojos brillando de satisfacción—. Lo que hace que me pregunte por qué no estás usando las vendas que te traje.

Otsu miró a su amiga por el reflejo del espejo y dejó escapar otra sonrisa. A veces Rika no tenía mucha noción de las cosas, pero era ese carácter medio inocente y medio soñador lo que conquistó el cariño de la hime.

—No sería muy adecuado ir a una reunión con Setsuna usando una venda con las caritas de Doraemon* o de Totoro** estampadas —replicó.

Rika se llevó el dedo índice a los labios, como considerando las palabras de la heredera.

—Es verdad. A veces me olvido de lo seria que es tu madre.

Otsu meneó la cabeza, pensando que “seria” era una palabra demasiado suave para definir a Myrai-no-kami.

—Y en lo seria que eres tú también... —completó Carrot-chan en tono casi de reprimenda.

La hime no respondió, tan sólo se levantó de la silla y le dio a Rika un beso en la mejilla.

—Setsuna me está esperando, Carrot-chan. Deséame un poco de suerte y coraje.

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—Adelante —respondió la imponente voz de la Oráculo cuando tocaron la puerta del despacho. Su hija había llegado puntualmente a la hora acordada.

Cerró las carpetas con los documentos que estaba revisando y las ordenó metódicamente sobre el escritorio mientras esperaba a que Otsu entrara a su oficina. Ésta entró e inclinó la cabeza como saludo.

—Myrai-no-kami —dijo formalmente—. Ohayō gozaimasu.

Ohayō gozaimasu, Otsu-hime —respondió Setsuna en el mismo tono—. Puedes sentarte.

La vidente evaluó la apariencia de su hija. Impecable, como se esperaba de una reunión oficial de las dos. El kimono bien presentable y discreto, el maquillaje ligero y nada exagerado, el cabello peinado. Eso no le impresionaba; era lo mínimo que la hime debía hacer.

Setsuna trató de acordarse de la última vez que Otsu la llamó de okaasan, pero la ocasión era muy lejana; tal vez Kaede aún estuviera viva, tal vez fuese poco después de eso. A la Oráculo no le importaba el tratamiento formal que la muchacha le dispensaba. Ellas eran, antes que nada, Myrai-no-kami y la hime. Era más fácil lidiar con la joven de ese modo, era más fácil controlarla actuando así, manteniendo la distancia y tironeando hábilmente de los hilos invisibles que la conducían sin que ella lo notase. Involucrarse demasiado siempre traía consecuencias desagradables que prefería evitar.

Aún así algo incomodaba a Setsuna desde el Otemise. De hecho Otsu la había sorprendido. No sólo por resultar ser una vidente completa como ella, sino también por la forma como las visiones de ambas desentonaron durante la ceremonia de Otsu. Había algo que ella desconocía ocurriéndole a la hime, transformando a su hija, y si había algo que no le agradaba a la Oráculo era saber que había cosas sucediendo fuera de su visión y su control. Tal vez... después del Otemise... después de haber atravesado esas barreras, fuera capaz de hacerlo una vez más...

Otsu esperaba a que su madre le dirigiese la palabra, pues era costumbre en las pocas audiencias que tenían que Setsuna se quedase en silencio, examinándola antes de pronunciarse. Fue cuando sintió la presencia, algo tratando sutilmente de colarse entre sus pensamientos. No era la primera vez que sentía eso pero siempre creyó que era reflejo de su inseguridad, una broma que le jugaba su mente utilizando sus miedos y sentimientos. Levantó los ojos para mirar a su madre, consciente por primera vez en años de que esa sensación era Setsuna tratando de invadirla sin su consentimiento. La barrera natural expulsó a la vidente de la misma forma que hizo muchas veces sin que la hime se diera cuenta.

Myrai-no-kami casi sonrió por dentro al darse cuenta de que su hija descubrió lo que pretendía. Era la segunda vez en pocos días que Otsu la sorprendía como nunca sospechó que fuera capaz. Si se la dirigía bien, tal vez la hime podría volverse una importante aliada en el futuro. Tal vez la debilidad de carácter que veía en la joven pudiera convertirse en una ventaja y los hechos que ella previó para su hija, aunque de forma nebulosa, estuvieran relacionados a estos recientes hallazgos. Setsuna necesitaba ver cómo guiarla cuando llegase el momento. Sin embargo ahora tenían que tratar asuntos que no podían esperar.

—Debes de imaginar por qué te hice venir aquí hoy, Otsu —comenzó con su habitual voz carente de sentimientos—. Con tu Otemise y tu llegada a la madurez, como heredera de las Myrai hay cosas que van a empezar a serte exigidas, ¿comprendes?

—Sí, señora —asintió ella, como siempre lo hacía.

Otsu conocía a su madre lo suficiente para saber que era mejor dejarla llevar toda la conversación hasta donde creyera necesario darle una oportunidad a su hija de pronunciarse. Pero esta vez no era el sentimiento de sumisión lo que dominaba a la muchacha; había un triunfo secreto creciendo en su interior, un orgullo casi inconsciente por el resultado del Otemise y por haber sido capaz de percibir la presencia de la mujer.

—Con el resultado de tu test en manos, serás formalmente presentada al Consejo de los Ocho como la futura Myrai-no-kami. Apenas definamos el día, te informaré.

Otsu asintió una vez más, sintiendo el orgullo crecer todavía más, junto con la ilusión de que tal vez ahora su madre pudiera respetarla un poco. Podría no ser tan poderosa como Setsuna, pero era una vidente completa como ella.

La Gran Oráculo sintió los sentimientos de su hija casi herirle los pensamientos. La joven parecía feliz consigo misma, mucho más feliz de lo que usualmente debería estar. Todavía se acordaba cómo se sintió porque Kaede no fuera capaz de penetrar su mente, cómo se sintió grandiosa por ser la primera vidente completa entre las Myrai después de siglos de espera... Hasta que su madre trató de advertirle lo peligroso que era dejarse encantar por el poder que poseía.

Por un momento sintió pena por Otsu, no por las habituales debilidades que veía en ella, sino por percatarse de que había en ella debilidades que la propia Setsuna llegó a poseer un día. Debilidades que enterró profundamente en su interior, que dejó morir con la única persona que realmente hizo la diferencia en su vida.

Bajó los ojos y se miró las manos, sintiendo los recuerdos invadirle con una fuerza nunca antes manifestada. Le llevó mucho tiempo reprimir aquello. Tal vez fueran los esfuerzos del test... no lo sabía. Una ligera fisura apareció en su máscara de piedra y dejó que las palabras salieran espontáneas de sus labios... Un aviso como el que su madre le dio años atrás...

—No te ilusiones, Otsu. El que seas una vidente completa no quiere decir que estés exenta de sacrificio. Tarde o temprano te lo será exigido... Siempre hay un precio y, para nosotras, es mucho más grande que la entrega de uno de los sentidos.

La hime parpadeó sus ojos carmín, sorprendida con las palabras de su madre. No las palabras en sí, sino el tono en que fueron dichas. La voz de Setsuna era más suave de lo que jamás recordaba haber oído. Mirándola con un poco más de atención, había en los ojos de Myrai-no-kami un brillo que Otsu nunca había notado. Era como si estuviera viendo a su madre por primera vez, era como si ella fuese... humana.

Sintió miedo... Para hacer a Setsuna bajar de su pedestal, esas palabras no eran parte del habitual juego que ella utilizaba para mantener a todos bajo su dominio. Había sinceridad allí.

Touya... —Setsuna cerró los ojos, casi sintiendo el aroma a flores de durazno que su recuerdo evocaba—. Tu padre fue mi sacrificio...

—¿Mi padre? —preguntó la joven sobresaltada y confusa. Nunca antes nadie había mencionado a su padre. No imaginó que la persona que le confiaría alguna información sobre él sería su propia madre.

La mujer levantó la cabeza repentinamente, como si la voz de la hime la hubiera despertado de un sueño lejano, rescatándola de un trance profundo. Dándose cuenta de lo que había dejado entrever de sí misma, recuperó inmediatamente su máscara impecable.

—Es mejor que te marches, Otsu. Ya discutimos lo que necesitábamos.

—Pero... —la hime intentó replicar, movida más por la curiosidad que por el sentido común.

—Es todo, Otsu —reafirmó Setsuna a fin de no dejarle ningún espacio de contradecirla.

Comprendiendo que no iba a conseguir ninguna información más, la joven se levantó y se despidió de su madre con una nueva reverencia. Apenas Otsu cerró la puerta tras ella, la directora se levantó y caminó hasta la ventana. Su rostro continuaba inexpresivo pero sus manos, que abrazaban sus propios brazos, clavaban con fuerza las uñas su propia piel, lacerándola. Ese dolor era mejor que el recuerdo. No iba a dejar que el fantasma de él la hiciera volver a ser la tonta de años atrás, no se iba a dejar dominar por la debilidad de los sentimientos.

Ella era Myrai-no-kami e iba a continuar siéndolo hasta el fin de sus días.

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Otsu salió temblorosa y confusa del despacho de Setsuna. «Tu padre fue mi sacrificio», fue lo que su madre le dijo. No entendía lo que eso significaba. Durante años siempre imaginó a su padre como “el Consorte”. Al parecer se había equivocado respecto a quien le dio la vida. Setsuna debía de haber sentido algo por él... Otsu pudo notar una punzada de dolor en las palabras de su madre.

Llegó a preguntarse algunas veces quién había sido su padre pero nunca tuvo el coraje de preguntarle a su tía sobre su identidad. Su madre ocupó siempre de tal manera sus pensamientos que realmente nunca tuvo oportunidad de dirigir verdaderamente su atención hacia ese hombre. A pesar de que un pálido recuerdo de una figura masculina bailaba trémula en las memorias de su primera infancia, Otsu siempre mantuvo la curiosidad encerrada dentro de sí. Pero ahora...

¿Setsuna lo habría amado? ¿Por qué fue él el sacrificio?

Necesitaba saberlo, necesitaba saber la verdad con una urgencia nunca antes adquirida. Porque eso formaba parte no sólo de su pasado, tal vez —si su madre estaba en lo cierto— también de su futuro. Un sacrificio le iba a ser exigido también... y la hime necesitaba saber qué podría ser... saber el significado de las palabras de su madre. No deseaba que el destino la transformase en alguien como Setsuna: fría y carente de sentimientos.

Sin preocuparle lo que podrían pensar de ella, pues hacía un tiempo que el fardo de ser “la hime” le parecía innecesario en algunos aspectos, salió corriendo por los corredores de la escuela con los zuecos en las manos. Sólo había una persona en toda Amaterasu que podía responderle y Tomoe debía de estar en su aula preparando las clases para la próxima semana, aun siendo una mañana bien temprana de sábado.

Casi sin aliento, Otsu llamó a la puerta del aula de Oráculos. La profesora abrió una rendija de la puerta y miró el rostro jadeante de su sobrina con expresión preocupada. No pasó muy bien la mañana, ansiosa como estaba por la conversación que Setsuna iba a tener con su hija.

—¿Todo en orden, chibi? —preguntó.

La hime trató de recuperar el aliento antes de responder:

—Tengo que hablar contigo... Necesito que me respondas una pregunta con sinceridad.

Tomoe entornó los ojos al notar la seriedad en la petición de su sobrina.

—Entra. Es mejor que te recuperes antes de platicar.

Otsu se sentó en uno de los pupitres del salón de clases mientras su tía le ofrecía un vaso de agua de una jarra que había sobre el escritorio. Después de beber el líquido a largos sorbos, la joven continuó, mirando a su tía a los ojos:

—Tía, necesito saber de mi padre...

La otra vidente cruzó los brazos y se mordió ligeramente el labio inferior, sin saber qué responder y temiendo revelar más de lo que Setsuna podría aprobar.

—No tienes padre, Otsu. Sabes que eres hija de la ceremonia y que eres hija sólo de Myrai-no-kami.

La hime apretó los puños; estaba cansada de esos secretos que se escondían detrás de las malditas tradiciones. Necesitaba saberlo, más que nunca necesitaba entender qué era. Un miedo comenzó a crecer en su interior cuando recordó las palabras de Setsuna... «Tu padre fue mi sacrificio»... No podía, no debía significar lo que temía haber entendido.

Obasan, necesito saberlo —insistió—. Tú sabes quién fue él... Tal vez Kaede-obaasan te lo haya dicho; tal vez hayas estado con Setsuna antes de la ceremonia.

—¿Por qué esa necesidad de descubrir quién era tu padre ahora, Otsu? —preguntó Tomoe, dándose cuenta de lo importante que eso parecía ser para su sobrina en ese momento.

Otsu suspiró y trató de poner en palabras el torbellino emocional que tenía dentro.

—Setsuna me dijo que aun siendo yo una vidente completa, un día me iba a ser exigido un sacrificio... y que mi padre fue su sacrificio.

—¿Sólo eso te dijo?

La hime asintió en silencio. Tomoe pudo notar la inquietud que parecía crecer dentro de la muchacha. Algo en las palabras de Setsuna parecía haberle causado a Otsu un intenso temor. Reprimió sus propios miedos. Falló en proteger a su chibi durante el Otemise; contarle la verdad de su padre era lo mínimo que podía hacer. Después cargaría con las consecuencias si su hermana lo descubría. Por el momento su niña era más importante que cualquier cosa que la Oráculo pudiera hacer contra ella.

Tomó una silla y se sentó cerca de Otsu. Desvió la mirada del rostro de la joven, sintiéndose un poco culpable por traicionar los secretos de su hermana. No era siempre que Setsuna le confiaba a ella algo tan significativo... y el padre de la hime fue importante para la Oráculo, por más que ésta insistiera en negarlo.

—El destino de las Myrai siempre fue marcado por tragedias personales, Otsu, no puedo mentirte... Especialmente para aquellas en cuyos hombros reposa la responsabilidad de ser Myrai-no-kami. Tal vez mi hermana tenga razón en decir que siempre hay un precio que pagar, o tal vez...

Tomoe hizo una pausa y recordó a su madre. Kaede era la única persona que logró no dejarse intimidar por Setsuna, tampoco se dejó llevar por las ataduras que su sangre exigía. Era como si la antigua Myrai-no-kami, a pesar de estar ciega, pudiera ver mucho más lejos, algo que Tomoe nunca pudo hacer.

—Tu abuela, por otro lado, decía que la manera de manejar ese sacrificio es lo determina si llevamos una vida de tragedias o una vida de fortunas. Espero que logres comprender mejor que yo sus palabras —continuó—. Ya oíste hablar de los Himura, ¿no?

Otsu frunció el ceño. Su tía ya sabía que había oído hablar de ese clan; eran parte importante de la fundación de Suzuko, tan importante como cada una de las ocho familias que constituían el Consejo.

—Los “Guardianes de las Fieras”, responsables del cuidado y control de los animales mágicos desde antes de la consolidación de la alianza entre nosotros y los representantes de los gobiernos nashi atae —empezó a recitar tal como lo leyó muchas veces antes en los libros de Historia de la Magia—. Actualmente una rama adjunta de la familia desempeña el cargo, ya que el último representante del linaje principal... —su voz se apagó en ese punto al comprender lo que su tía intentaba decirle, entendiendo por qué su madre se refirió a su padre como un sacrificio—. ¿Era él? —murmuró casi en un hilo de voz...

—Sí, era él. Himura Soujiro, el antiguo profesor de Fisiología de Amaterasu que murió durante la captura de la pareja de Bolas de Fuego Chinos que tenemos aquí... —confirmó Tomoe, la tristeza impresa en sus palabras—. Era un buen hombre. Fue una gran pérdida para todos, pero lo fue principalmente para Setsuna...

Otsu meneó la cabeza, tratando de absorber las palabras de su tía. No podía imaginar a su madre amando a alguien. Era algo que no encajaba con la mujer fría y hasta cruel con quien convivió desde que nació.

—Es verdad que Soujiro tuvo que insistir mucho hasta que mi hermana aceptó que todos supieran de su romance. Creo que Setsuna temía que no la respetasen más como Myrai-no-kami si la veían como una mujer pasional y enamorada. No lo sé...

Tomoe agitó la cabeza, ella misma nunca llegó a entender completamente la historia de los dos, la reticencia de Setsuna, la insistencia de Himura. El haberlos encubierto por tanto tiempo no significaba que su hermana hubiera compartido plenamente sus sentimientos con ella. Si Tomoe los ayudó fue porque, por primera vez en su vida, Setsuna necesitó de ella. Era una oportunidad de no ser tan inútil como Setsuna siempre la hizo sentir... y también porque, cuando estaba con Soujiro, algo cambiaba en la Oráculo al punto de que Tomoe casi no le tenía miedo. Era como si Setsuna se volviera más accesible tal vez... y parecía feliz. Tomoe no recordaba ninguna otra época en la vida de Setsuna en que la hubiera visto de ese modo.

—Tal vez la persona más indicada para contarte toda la historia no sea yo. Quien posiblemente conoce todos los detalles, aparte de tu madre, es Yamamoto Arashi. Los tres estudiaron aquí en la misma época y por lo que me consta todo comenzó en ese período, pero dudo que Yamamoto-san te diga nada —continuó Tomoe.

La hime se mordió ligeramente los labios cuando escuchó el nombre de Arashi, la madre de Touya. Sólo entonces se dio cuenta de que su madre pronunció el nombre de éste antes de mencionar a Himura.

—Tía... ¿qué significa “touya” en la historia de mis padres?

—No estoy segura... Pero había un duraznero plantado en la puerta de la casa donde tus padres se encontraban... Tal vez ella lo haya mencionado por las flores... Lo que te puedo decir, Otsu, es que después de la muerte de Soujiro, Setsuna se encerró todavía más. No sé si se culpa por su muerte, en verdad no lo sé, pero, interpretándolo desde su perspectiva, tal vez él realmente haya sido su sacrificio por el don que recibió.

Otsu cerró los ojos. El escenario que su tía le montó no hizo que el miedo que se formó dentro de ella se apaciguase; por el contrario, el sentimiento de una pérdida posiblemente inminente se mezclaba con la pérdida de algo que no llegó siquiera a conocer. Era extraño pensar que sus padres llegaron a amarse... y que tal vez su vida y la de su madre podría haber sido diferente si Himura no hubiese muerto. ¿Será por eso que su madre la odiaba tanto? ¿Por recordarle constantemente algo que un día perdió? ¿La persona que un día ella fue? ¿Eso es lo que ella era? ¿Un error? ¿Una mancha?

Y había un sacrificio, lo que realmente temía... Aquello que podría perder... a quien podría perder. Había personas a las que ella amaba y que no podría renunciar a ninguna, no podría aceptar que cualquiera de ellas fuese el precio a pagar por el don que recibió.

—¿Crees que un día el precio me va a ser cobrado, tía? —preguntó aunque ya se temía la respuesta.

Tomoe suspiró. ¿Qué podía responderle a su sobrina? ¿Lo que creía realmente? ¿Que por más que el don les hubiese sido concedido a ellas en mayor o menor grado, las ruedas del destino no eran giradas por ellas, sino por fuerzas invisibles que estaban fuera del control de cualquier persona? ¿O lo que Otsu necesitaba oír en este momento, una palabra de consuelo y aliento?

—Depende de lo que tú creas...

La hime hurgó en su interior en busca de una respuesta. Ella era una vidente; tal vez debería creer en la infalibilidad del destino, en la certeza casi ciega de que, por más que hubiese variaciones, había una línea principal que iba recta hasta un destino sin retorno. Muchos creían en ello, incluso los que no poseían el don, pero Otsu no quería verse atrapada más en esa telaraña... No quería ser el hilo atado pasivamente en la punta de la aguja, sino la hilandera que la guiaba.

Había cosas que no podía ni pretendía atreverse a controlar, pero las que estaban a su alcance... ésas las iba a manejar lo mejor posible. No iba a repetir los errores de su madre, aun sin saber exactamente cuáles fueron. Cuando llegase el momento renunciaría a lo que eligiese...

Ella y nadie más...