HITSUZEN







Volumen 16 - Capítulo 86

Cuidados















Tomoe limpió lo mejor que pudo el charco de sangre que se formó en la mesa y en la alfombra del lugar donde se llevó a cabo el Otemise de Otsu. Un sollozo se le formó en la garganta pero contuvo el llanto. Ya había derramado suficientes lágrimas cuando descubrió a su sobrina inconsciente en el suelo del aposento después de que Setsuna se hubiera ido. Toda esa sangre desparramada la hizo ponerse todavía más nerviosa. Se maldijo a sí misma por haberle permitido a su hermana realizar la prueba. Por más que racionalmente supiera que aquello fue necesario, su corazón le decía que debería haber protegido a su chibi de todo ese sufrimiento.

Otsu dormía pesadamente en el futon justo detrás de Tomoe. Eso no era completamente inesperado, pues muchos videntes perdían la consciencia después de la ceremonia como resultado del esfuerzo de lidiar por primera vez con la totalidad de su don. Pero el día había cedido a la noche hacía algunas horas y la hime todavía se encontraba sumergida en su sueño. Tomoe se preguntaba hasta qué punto su hermana habría forzado la mente de su hija para dejarla liquidada de esa manera.

Unos ligeros golpes en la puerta la hicieron relegar sus preocupaciones al fondo de su mente y volver a ocuparse de temas más actuales. Se levantó secándose las manos en el kimono. Dejaría el resto del trabajo a los responsables de la limpieza. Lo peor ya lo había hecho ella misma, pues no quería comentarios innecesarios sobre lo que podría haber ocurrido allí. Por más que los responsables de la sala del Otemise eran discretos, como convenía al cargo, Tomoe prefería no dar ningún margen de acceso a la privacidad de su sobrina.

Cuando abrió la puerta Shigure la recibió con una expresión no muy común en su semblante usualmente alegre y relajado. Su rostro denotaba seriedad, tal vez porque Tomoe lo hubo llamado con tanta urgencia. La carta que ella le envió dentro del origami alado, a pesar de ser corta, denotaba ansiedad y angustia.

Él la miró con preocupación. No podía dejar de notar las manchas rojas en el kimono celeste que Tomoe usaba, tampoco el aire cansado que exhalaba cada línea de su rostro.

—¿Cuál es el problema, Tomoe-chan? —preguntó, llamándola por el apodo cariñoso que le puso desde la época en que estudiaban juntos en Amaterasu.

Tomoe casi dejó escapar un suspiro al escuchar a Minamoto dirigirse a ella de forma tan afectuosa y preocupada. Desde la noche en que durmieron juntos cerca de un año atrás —de la cual parecía que él no tenía ningún recuerdo—, Tomoe se esforzaba por mantener con él la relación que siempre tuvieron desde más jóvenes.

Sabía que el corazón de ese hombre le pertenecía a Shikibu-san y temía que él la rechazase por completo si sabía la verdad. Prefería tenerlo a medias que no tenerlo para nada. En momentos como éste, no obstante, cuando se sentía desfallecer, casi sentía el deseo de arrojarse a sus brazos y dejar que todo el sufrimiento reprimido se liberase por completo. Respiró hondo para tratar de recuperar el autocontrol.

—Otsu todavía está durmiendo debido al Otemise y quería llevarla a un lugar más cómodo, pero con discreción —respondió, tratando de demostrar una firmeza que no sentía—. Por eso te pedí ayuda; no había otra persona en quien pudiera... confiar.

Minamoto entró al aposento y se acercó a la muchacha dormida, notando que, al igual que Tomoe, tenía la vestimenta salpicada de oscuras manchas rojas. Él nunca supo los detalles del Otemise, ni cuando su sobrina Sayo pasó por el suyo. La prueba estaba envuelta en misterios y secretos, como convenía a la mayoría de las cosas relacionadas con los videntes, pero no esperaba un escenario que le pareciera tan drástico.

Como si hubiera leído los pensamientos de Shigure, aunque no lo estaba haciendo, Tomoe se acercó a él.

—En general las cosas son más suaves. Tu sobrina no pasó por lo mismo que la mía, ya que ella no era la hime, ni era una Myrai —dijo con una punzada de tristeza en su voz—. Y aunque creo que yo soy un poco más delicada que mi hermana en lidiar con esto, estoy segura de que Setsuna sólo hizo lo que tenía que ser hecho.

Shigure tomó a la joven en brazos. Juntos, los tres atravesaron los terrenos de la escuela protegidos por la sombra de la noche hasta que llegaron a los aposentos que Tomoe utilizaba en el período escolar. Con cuidado Shigure depositó a Otsu en la cama de su tía.

—¿Quieres que me quede aquí con ustedes? Te ves cansada, Tomoe-chan.

La vidente meneó la cabeza en negativa.

—Ya hiciste mucho, Shigure. Gracias. No necesito pedirte que no le comentes nada a nadie, especialmente a Rika. Sé lo preocupada que se quedaría por Otsu.

—Te doy mi palabra —dijo él antes de retirarse, no sin antes lanzarles una mirada a las ocupantes del cuarto.

Apenas se quedó sola con su sobrina, Tomoe la cubrió con una manta y se tumbó a su lado, exactamente como lo hacía cuando la hime era una niñita. Sentía rabia por su hermana como nunca antes la había sentido en su vida, ni siquiera cuando la Gran Oráculo se burló del afecto que ella sentía por Minamoto. Pero no había nada que Tomoe pudiera hacer a no ser rumiar esos sentimientos. Como siempre, era muy poco frente a Setsuna.

—Tía... —la voz de Otsu se escuchó bajita—. ¿Cómo me fue? —preguntó aún semidormida, sin tener plena consciencia de dónde estaba.

Su tía respondió en el mismo tono bajo:

—Muy bien. Eres una vidente completa, chibi...

—Qué bueno... —murmuró la joven nuevamente, sonriendo débilmente antes de sumergirse nuevamente en las profundidades de su mente dormida.

La vidente abrazó a su sobrina con un poco más de fuerza y cerró los ojos. Tal vez Otsu estuviere en lo cierto. A pesar de todo esa noticia era un aliento. La hime no tendría que renunciar a uno de los sentidos cuando llegase el momento de asumir el puesto de Myrai-no-kami. Eso debería bastar para apaciguar los sentimientos contradictorios que llenaban el interior de Myrai Tomoe, pero no lo hacía por completo.