HITSUZEN







Volumen 16 - Capítulo 85

Otemise















Desde que Kaede-okaasan falleció y le fue cedida la cátedra de Oráculos en Amaterasu, Myrai Tomoe realizó varios Otemise... tantos que ya había perdido la cuenta. Era verdad que su disciplina no atraía a tantos alumnos, pues era necesaria una selección previa para descubrir, entre los muchos niños que entraban anualmente a la escuela, a los que manifestaban el don. Ya hacía casi diez años que era titular de esa asignatura.

No obstante, incluso con esa vasta experiencia, por primera vez desde que comenzó con esto, aun auxiliando a su madre, se sentía nerviosa, sumamente nerviosa... Tal vez más que en su propio Otemise.

La puerta del pequeño aposento donde era realizada la prueba se abrió. Estaban en uno de los edificios adjuntos de la Casa Sede, tan sólo un poco más apartado de las dependencias principales para que el vidente a ser examinado pudiese tener el máximo silencio, privacidad y concentración que el Otemise requería. Entró una joven pequeña y de apariencia frágil. Vestía un kimono blanco de seda, adornado con discretos detalles plateados en las mangas. Tenía el pelo recogido en un moño alto. El discreto maquillaje y los pendientes de plata con pequeños zafiros incrustados completaban el conjunto. Sus ojos rojos se cruzaron momentáneamente con los de Tomoe. Ésta notó el nerviosismo que dominaba a su sobrina.

Tomó las manos de Otsu y la condujo delicadamente hasta un pequeño cojín cerca de una mesita baja, en donde se podía ver una vasija, una jarra de plata con agua hasta el borde, un puñal del mismo material, un conjunto de pintura, una tetera y un cuenco para ingerir el té.

La hime permaneció en silencio, esperando que Tomoe le dijera lo que hacer. La profesora tocó apenas la mejilla de su sobrina con el dorso de la mano. Estaba tan orgullosa de Otsu. Su niña, su chibi, se estaba convirtiendo en una mujer. Todavía se acordaba de cuando la tomaba en brazos, tan pequeña, tan indefensa. Ahora esa pequeñita estaba allí, frente a ella, a punto de entrar en la madurez, tanto como bruja como vidente.

—No tienes por qué tener miedo, Otsu —dijo su tía con serenidad—. A pesar de todo el refinamiento que envuelve el Otemise, la prueba en sí es muy sencilla. Todo lo que necesitamos es dejar caer algunas gotas de tu sangre en el agua que depositaré en la vasija de plata. Así tendrás más facilidad para acceder a tus visiones. La infusión de hierbas es para bajar tu resistencia, de modo que yo pueda liberar las trabas que impiden a tu videncia manifestarse en su verdadera intensidad. Después de eso vamos a caminar juntas en el espejo creado por la vasija a través de una predicción en común para que yo pueda comparar mis impresiones con las tuyas y determinar, por la riqueza de detalles similares, o la ausencia de ellos, cuánto se desarrolló tu don.

La joven tan sólo asintió, tratando de sonreírle a su tía. Tomoe preparó la infusión humeante y se la entregó a la hime, que la tomó de un solo trago. Era amarga y áspera. Poco después la joven empezó a sentir el cuerpo dormido y la mente nublada. Había un zumbido en el fondo de su cabeza, lento y constante, que no alteraba nunca su ritmo.

Tomoe abrió con cuidado el kimono de Otsu y dejó el cuello y los hombros al descubierto. Se puso a pintar delicadamente un ramo de cerezo en la piel desnuda de la joven. Aquella era una parte meramente decorativa de la ceremonia, no obstante tenía su razón de ser. La marca, a pesar de ser temporal, era un símbolo de pasaje. El tiempo que tomaba en crear el dibujo era necesario para que el efecto de la infusión se completara.

Los ojos de Otsu parecían perdidos y distantes, pero todavía le quedaba un hilo tenue de consciencia para percibir lo que pasaba a su alrededor. Tomoe terminó la pintura, el dibujo del ramo de cerezo casi abrazando la espalda y el pecho de la muchacha. Con gestos precisos la mujer echó agua cristalina en la vasija e hizo con el puñal un pequeño corte en la palma de la mano de Otsu, dejando que unas pocas gotas cayeran sobre el líquido transparente, tiñéndolo de rojo. Se ubicó entonces enfrente de la hime, preparada para adentrarse en su mente e inducir la visión. Sin embargo no completó su objetivo, pues la puerta se abrió nuevamente y se deslizó suavemente para revelar a Myrai Setsuna.

Sorprendida, Tomoe entornó los ojos mientras se levantaba.

—¿Qué estás haciendo aquí, onee-san? Estaba a punto de iniciar el Otemise de Otsu.

—Vine a sustituirte, Tomoe —informó la Gran Oráculo con frialdad.

La heredera de las Myrai no se movió pero escuchó perfectamente lo que su madre dijo. Una oleada de terror pareció envolverla: la idea de Setsuna penetrando en su mente no le agradaba para nada.

Las mujeres se callaron pero la hime podía ver que Tomoe aún estaba en el aposento. La expresión en el rostro de su tía denotaba desagrado, mientras que su madre parecía impasible.

«Con todo respeto, onee-san, pero el que lleves a cabo la prueba no me parece una buena idea. Puede no ser bueno para Otsu. Tú misma dijiste que ella parece presentar defensas naturales en tu presencia en su mente», la voz de Tomoe rozó pálidamente los pensamientos de Setsuna.

Ésta casi sonrió con sorpresa. Era la primera vez que su hermana cuestionaba una decisión suya. Tal vez Tomoe fuera menos pasiva de lo que demostraba. Aún así, como siempre, la voluntad de Setsuna era la que iba a prevalecer, principalmente porque la razón estaba de su parte.

«Sabes que mi capacidad como legeremante y como vidente son muy superiores a las tuyas, Tomoe. Si existe alguien capaz de evaluar con poquísimo margen de error el grado de videncia de la heredera, soy yo, Myrai-no-kami», sus pensamientos sonaron fuerte dentro de la profesora.

Tomoe bajó la cabeza. Sabía que su hermana tenía razón. Cuanto más exacto el resultado, mejor para Otsu en el futuro. Al fin y al cabo no se trataba sólo del Otemise de su sobrina, sino también de la prueba de la hime.

Contrariada, Tomoe asintió y abandonó el recinto. Setsuna ocupó enseguida el lugar donde otrora estuviera su hermana. La primera reacción de Otsu, sin darse cuenta, fue cerrar su mente a su madre, pero la gran vidente percibió que, como las inhibiciones de su hija estaban mermadas, su acceso iba a estar por primera vez garantizado... Lo que no significaba que sería una tarea fácil. Tal vez para fortuna de Otsu, mucho de lo que iba a ocurrir esta tarde se perdería en su memoria. Era uno de los efectos colaterales del Otemise.

Setsuna extendió las manos para sostener las palmas pálidas de su hija entre las suyas y frunció el ceño al percibir la leve hinchazón de la herida ya completamente cicatrizada. Los ojos rubíes se dirigieron hacia la mesa y se demoraron en el puñal.

—La magia está en la sangre —recitó mientras depositaba las manos de Otsu sobre el borde de la vasija—. Es por la sangre que estamos unidas, es por la sangre que se hará el sacrificio.

Dicho esto Myrai-no-kami cerró la mano derecha sobre la lámina de la daga y abrió una antigua cicatriz, el único recuerdo que permaneció de su propio Otemise. La sangre inmediatamente empezó a gotear abundantemente.

Sin importarle el dolor ni el líquido que corría por su brazo, empezando a empaparle el kimono oscuro, acercó la mano derecha de su hija y la forzó a cerrar los dedos con fuerza alrededor del puñal, de la misma forma como ella lo hizo. Ni un solo gemido de dolor escapó de los labios de Otsu, cuyos ojos continuaban perdidos, aparentemente muy distantes, pero la hime todavía podía ver lo que estaba pasando.

Luego de devolver el arma ritual a la mesa, Setsuna apoyó su propia mano sobre la vasija y observó su sangre correr junto al agua ya turbia como un río rojo, para enseguida apoyar la mano de Otsu sobre la suya, duplicando la corriente del pequeño río que creó.

Cerró los ojos, buscando, tanteando con su propia mente la entrada al espíritu de la otra. En su mente, una línea dorada envolvía ahora las manos unidas, cerrándose en un lazo sobre sus muñecas, de manera cada vez más apretada y dolorosa, hasta que por fin sólo quedó una mano traslúcida, aún roja y adolorida.

Aquella sería su entrada. Era hora de retirar la primera traba. El primero de los encantamientos que mantenían a salvo la cordura de la vidente, el primer canto que el bebé oía cuando venía al mundo... La primera voz, el primer sacrificio. En lugar de afecto, lágrimas y felicidad, una canción de dolor y una lengua de fuego.

Podía sentir el calor de esa primera llama a la que la niña fue sometida. Las brasas alrededor de la cuna y el suave aroma del incienso siendo quemado... Y muy al fondo, una voz que repetía olvido... La voz de la antigua Myrai-no-kami, Myrai Kaede...

Concentrándose, Setsuna forzó la entrada por ese primer obstáculo. Las llamas se desvanecieron, un suspiro bajo de dolor escapó de los labios pálidos de Otsu. Sin embargo no había nadie allí que pudiera escucharla, nadie que impidiera a su propia madre violar su mente, echando abajo todas las resistencias que construyó durante tantos años de amargura y soledad.

Las llamas se sobrepusieron al frío glacial, las lágrimas de hielo... El primer invierno de la hime, su presentación a los espíritus del aire y las montañas, la bendición del silencio...

El propio fuego que derrotó al principio sirvió de combustible para salvar el segundo obstáculo. Poco a poco la nieve sempiterna se derritió, corriendo en cascada entre los senderos de la memoria de la joven. Mientras tanto una lágrima silenciosa corría por el rostro impasible de Otsu... Pero todavía no había terminado.

La primera traba, la del olvido, permitía que la mente de la joven olvidase siempre los sueños, los presagios, las tenues sensaciones sobre el futuro. La segunda, la del silencio, impedía que las visiones pudieran llegar por otra vía, pues no sólo por sueños se puede preveer el futuro —no para la verdadera vidente—, pero esa de nada serviría sin la última traba. Sin ella, la vidente podía ser acometida por alucinaciones sin sonidos, aromas ni impresiones... Sólo imágenes sucediéndose de manera enloquecedora.

Muchos la temían pero sólo ella podía proteger a las niñas, como la que tenía frente a sí, contra la demencia. Sólo ella... la última traba, la que la propia madre tenía la responsabilidad de poner sobre su hija... Oscuridad...

Setsuna apretó los dientes, sintiendo la resistencia obstinada de la mente de Otsu tratando desesperadamente de frenarla, de echarla de lo que era su último reducto de seguridad.

Un gemido de dolor escapó de la garganta de la joven, por unos segundos sus ojos volvieron a brillar conscientes y movió los dedos como si fuera a retirar la mano. Pero antes de poder hacerlo sintió las uñas de su madre enterrarse en su piel, irritando la herida de la palma, que volvió a sangrar con redoblada fuerza.

La cabeza de la hime se inclinó ligeramente hacia atrás, los ojos oscuros llenándosele de lágrimas antes de nublarse completamente, al mismo tiempo que un murmullo ronco moría en sus labios.

Estaba hecho. Las trabas habían sido retiradas. Como un dique que ruge frente a la fuerza de las aguas, todas las defensas de Otsu ahora cedían frente a la avalancha de visiones que durante todos estos años había sido retenida.

Incluso Setsuna, acostumbrada a esas sensaciones, sintió ligeros vértigos al ver descargadas en su mente millones de imágenes, sonidos e impresiones dentro de su hija. Debía controlar el flujo o ambas serían engullidas en un sueño eterno guiado sólo por las visiones.

A estas alturas el agua de la vasija ya había adquirido una consistencia diferente y la sangre que goteaba sobre la mesa formó un pequeño charco, que ahora se escurría lentamente hasta la esquina, donde gota a gota teñía la alfombra del suelo de un rojo profundo.

Ninguna de las dos parecía moverse e inclusive un observador muy atento tendría dificultades en confirmar si ambas respiraban. Estaban ahora completamente conectadas, la mente de una era el reflejo de la otra y Setsuna casi podía sentir los relieves de los pensamientos de Otsu, como si tanteara un cuarto en la oscuridad.

Forzó nuevamente la entrada, como alguien que empuja una puerta del lado de afuera. Obviamente comparar la mente de alguien con un cuarto sin ventanas y lleno de puertas y corredores era una explicación demasiado pobre, pero era la única manera posible de describir lo que era penetrar los pensamientos. La Oráculo probó esa entrada muchas veces a través de esa misma “puerta”, pero ésta nunca cedió a sus embestidas.

Un tanto para su sorpresa, hoy no tuvo dificultades. Por primera vez tenía a su hija completamente dócil y subyugada.

Ahora era el momento de encontrar en los recuerdos de Otsu una visión que pudiera compartir. Tuvo vislumbres de imágenes que reconoció en sus propias previsiones, pero eran demasiado tenues para poder usarlas. Necesitaba algo que pudiera haber dejado alguna fuerte impresión en el subconsciente de la joven, al punto de, a pesar de las trabas, haberse arraigado cristalinamente a sus recuerdos.


Del lado de afuera, Tomoe caminaba de un lado a otro, preguntándose cómo estarían las cosas y cuánto tiempo más iba a tardar esto. No le agradaba haber entregado la responsabilidad del Otemise de Otsu a su hermana. Sabía que era lo más lógico, sabía que Myrai-no-kami era la más apropiada para esta situación... Pero aún así le incomodaba.

Su único consuelo era que ningún rastro de memoria de lo que Setsuna hiciese quedaría en su sobrina. Por más sufrida y dolorosa que esa experiencia pudiera ser —y lo iba a ser—, no lo iba a recordar...


El aposento estaba iluminado parcamente por algunas velas, apenas lo suficiente para poder divisar los frisos en la pared y las siluetas paradas en el centro de la habitación, una enfrente de la otra. No podía divisar la cara del muchacho en la visión de Otsu, así como tampoco pudo verlo en la suya propia, pero allí estaba Otsu, el mismo rostro delicado, aunque sus rasgos presentaban un mínimo de madurez.

Podía oír el sonido del viento soplando afuera, golpeando las tejas, chocando contra las paredes mientras, muy lejos, se escuchaban los ecos dulces de una campana de aire.

Setsuna estrechó los ojos, percibiendo una suave titilación en la figura de su hija. De repente el kimono rojo que Setsuna vio en su visión años atrás adquirió la tonalidad del blanco suave y pálido, con delicados detalles en dorado. Al mismo tiempo varios brazos parecían haber brotado del cuerpo diminuto de la muchacha.

Sin embargo esa era sólo la primera impresión. En realidad lo que había allí eran dos figuras de Otsu, una más firme y corpórea y otra trémula y fantasmagórica. La primera era el reflejo de la visión de la hime. La segunda era sólo una superposición de la propia Myrai-no-kami. Con sus mentes conectadas, las dos visiones se habían superpuesto. Setsuna no notó la diferencia al principio porque, en ambas visiones, las figuras habían actuado igual, interconectadas.

Aquella dualidad era esperada. El futuro no era algo completamente seguro. Había, era verdad, acontecimientos dentro de un destino de los cuales no se podría huir... pero los detalles y las circunstancias con que estos acontecimientos serían preanunciados podían divergir. Mucho había cambiado desde que Setsuna tuvo la primera visión de la ceremonia de su hija. Había ahora nuevos resultados y nuevos encuentros que ella no pudo prever en aquella época.

El acontecimiento aún estaba allí pero la época era diferente. En vez de la Otsu temblorosa y ruborizada que había visto primero, ahora había trazos de tristeza y decisión en los ojos carmín.

Algo... algo importante en ese espacio de tiempo había ocurrido... algo suficientemente fuerte para que el futuro se hubiera modificado... Pero ¿qué sería?

No sería prudente tratar de conseguir más de esa información. Ya había abusado demasiado de la mente de la hime e incluso la Gran Oráculo debía reconocer que había límites necesarios. Si continuaba invadiendo los pensamientos de su hija, podría dejarla demente o incluso completamente catatónica.

Se preparó para finalizar el vínculo. Pero antes de que pudiera hacerlo, la imagen en la que estaba se desvaneció y cedió espacio a otro lugar: un jardín... el patio de las Myrai, los grandes terrenos detrás de la casa principal.

Otsu estaba sentada junto a otras dos jóvenes que Setsuna conocía de la escuela. Una era la menor de los Minamoto y la otra era la sobrina de Arashi. La primera parecía charlar animadamente mientras la otra, de pie, sostenía un paquete de tela, al parecer acunando a un bebé. Fue cuando la hime se levantó y extendió los brazos a la otra joven, que la Gran Oráculo comprendió.

Aquel era un futuro todavía más lejano —un futuro que ni siquiera ella había previsto— y el bebé que Otsu ahora recibía en sus brazos...

Aspiró bocanadas profundas de aire, como si acabara de emerger de un zambullido, al mismo tiempo que abría los ojos y parpadeaba varias veces para que volvieran a acostumbrarse a la realidad. Enseguida miró a su hija, que continuaba en trance. Aunque jamás lo fuera a saber, la joven la había sorprendido.

Soltó la mano de la hime. Por unos segundos el cuerpo de Otsu logró equilibrarse precariamente antes de desplomarse en el suelo, el peinado deshaciéndose con la caída, los largos bucles sueltos cubriendo el dibujo sobre su pecho. Pero la mujer no hizo ademán de acercarse. En vez de eso se levantó y se quitó del pelo la cinta azul que lo recogía para envolverse la mano herida y apretársela con fuerza para cortar la hemorragia.

Tomoe sintió la puerta abrirse y se volvió inmediatamente hacia su hermana para mirarla con ojos ansiosos. Setsuna apenas le devolvió la mirada y pasó delante de ella en silencio. La profesora se mordió los labios, preguntándose si eso sería una mala señal.

—Es una vidente completa —dijo la directora poco antes de alcanzar el final del corredor—. Al igual que la actual Myrai-no-kami, la hime es una vidente completa. Anúnciaselo apropiadamente cuando despierte, Tomoe —dicho esto Setsuna desapareció entre las sombras, dejando atrás a su hermana atónita y un cuerpo inerte.