HITSUZEN







Volumen 16 - Capítulo 83

Un camino de lágrimas















Se escucharon unos golpes en la puerta.

—Entre.

Myrai Tomoe penetró en la oficina privada de su hermana con pasos ligeros, casi inaudibles debido a la gruesa moquette. Cerró con cuidado la puerta tras ella y dirigió entonces la mirada hacia donde estaba la otra.

Setsuna no se movió con la llegada de Tomoe. Estaba de pie frente a los ventanales que había detrás de su escritorio. Descubiertas por la cortina, mostraban una espléndida vista de los terrenos de la escuela.

Aneue... —dijo Tomoe bajito, tratando de llamar la atención de la otra mujer.

—¿Lo sabías, Tomoe? —preguntó Setsuna sin moverse, su tono de voz claro e imperioso, pero absolutamente carente de emoción.

—No... no estoy segura de lo que hablas, hermana —respondió, aunque sí tenía una idea muy cercana de por qué la Oráculo había solicitado su presencia allí.

Por fin Myrai-no-kami se volteó y examinó a su hermana con sus profundos ojos carmín. Entonces avanzó dos pasos y alcanzó un manojo de papeles que había sobre su escritorio: la última edición del Tsuru.

—La hime... y el joven Yamamoto. ¿Es verdad? —preguntó, observando por unos segundos el periódico antes de mirar nuevamente a su hermana.

Tomoe respiró hondo antes de asentir.

—Lo descubrí recientemente... Pero no hay nada de malo en ellos, aneue. Yamamoto Touya es un buen chico y... creo que está suficientemente cualificado hasta para ser propuesto como Consorte de...

—No creo que esté en tus manos decidir eso, Tomoe —respondió Setsuna.

Por un momento la menor de las Myrai pensó en protestar. Había visto en los ojos de su sobrina lo que ésta sentía por Touya. Deseaba proteger eso con todas sus fuerzas; deseaba que su chibi tuviera una oportunidad de ser feliz.

Pero no era lo suficientemente fuerte para oponerse a Setsuna... y estaba plenamente consciente de ello.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó bajando los ojos.

—Trae a Otsu aquí. Su Otemise está cerca. Tiene que empezar a concentrarse en lo que realmente importa.

Tomoe sintió que recobraba un hilo de esperanza con las palabras de su hermana. Setsuna no dijo nada de separar a su hija de Yamamoto. Tenía algo de razón para estar preocupada por las repercusiones de esos acontecimientos, especialmente considerando lo cerca que estaba la ceremonia que determinaría el grado de videncia de Otsu.

Otemise. Shishōgen. Sacrificio.

—Voy a buscarla ahora, aneue —respondió finalmente e hizo una última reverencia antes de salir del despacho.

Setsuna observó irse a su hermana en silencio antes de dirigir la mirada al periódico sobre su escritorio.

Ni siquiera ella había podido prever esto... El destino se estaba encaminando de forma inexorable rumbo a la tragedia. Ni por primera... ni por última vez.

Por un momento los muebles de la oficina desaparecieron de su campo visual. Ahora se encontraba en el muelle de Suzuko, observando desaparecer el barco que llevaba a Amaterasu.

A su lado, con la cara empapada en lágrimas silenciosas... estaba Otsu.

El vértigo provocado por la visión la hizo caer sentada sobre su silla. Respiró hondo y se limpió el sudor frío de la frente. Setsuna alzó la cabeza y observó el paisaje a través del vidrio, la noche que ya había caído.

—Un camino de lágrimas... —murmuró Myrai-no-kami para sus adentros con una voz ronca y casi irreconocible.

Una vez más alguien llamó a la puerta.

*****

Murasaki Shikibu estaba empezando a anotar en la pizarra la lección de Historia de la Magia del día cuando escuchó unos pequeños golpes en la puerta del aula.

—Puede entrar —dijo, interrumpiendo su escritura.

La puerta se deslizó suavemente y apareció la profesora de Oráculos.

—¿Qué deseas, Tomoe-san? —preguntó Shikibu simpática.

—Tengo un mensaje de la directora. Desea ver a Otsu en su despacho ahora —respondió Tomoe en voz baja y seria.

La joven Myrai alzó la cabeza en dirección a la puerta apenas oyó su nombre siendo pronunciado por su tía. Sintió la sangre esfumársele del rostro, ya que Setsuna nunca la había llamado en mitad de una clase. Generalmente marcaban las raras reuniones con anticipación y siempre había una formalidad envuelta en ellas... Siempre eran las reuniones de Myrai-no-kami y Myrai-hime.

—Otsu-hime, puedes juntar tus cosas y ver lo que la directora desea de ti —dijo Shikibu, dirigiéndose a la heredera de las Myrai.

La joven de ojos escarlatas asintió en silencio. Fue con enorme reticencia que Otsu se colgó la mochila al hombro y atravesó la puerta del aula. Sólo había una cosa que podría haber hecho a Setsuna abolir los protocolos usualmente existentes entre ellas.

—¿Cuál es el problema, obasan? —preguntó a media voz.

Tomoe tan sólo meneó la cabeza.

—Setsuna-nee quiere hablar contigo sobre la última edición del Tsuru.

Otsu apretó inconscientemente los labios al descubrir que estaba acertada en sus suposiciones y temió por la reacción de su madre con respecto al noviazgo de ella con Touya. Eso no le pasó desapercibido a Tomoe, quien se volvió hacia su sobrina tratando de tranquilizarla.

—Todo va a salir bien, chibi. Aneue parecía estar preocupada porque se acerca tu Otemise...

La joven asintió pero no pudo sentirse completamente tranquila con las palabras de su tía. Las dos caminaron juntas y en silencio por los corredores del edificio principal hasta una bifurcación cerca del gabinete de Setsuna, en donde tuvieron que separarse, pues Tomoe era requerida en otro lugar para resolver unos asuntos referentes al colegio. Antes de irse la profesora depositó un suave beso en la frente de su sobrina, como una manera de brindarle aliento y desearle buena suerte.

A medida que se acercaba a la oficina de su madre, la ansiedad empezaba a crecer dentro de la hime y le parecía que su pecho iba a reventar. Llamó a la puerta y segundos después recibió como respuesta la invitación a entrar.

Setsuna estaba cabizbaja, leyendo algunos documentos. Otsu quedó parada en la entrada, esperando a que la directora dijese algo. Pasaron unos breves segundos que parecieron durar una eternidad hasta que por fin la Oráculo invitó a su hija a sentarse delante de ella.

—Creo que tendrás alguna noción de por qué estás aquí —empezó, alzando la cabeza y lanzando toda la fuerza de su mirada sobre su hija.

La hime bajó los ojos. Se sentía como si de repente su madre se hubiese vuelto enorme —al punto de llenar todos los espacios del despacho— y que en cualquier momento pudiera devorarla y destruirla completamente. Apretando el borde de la falda con las manos, hizo un esfuerzo sobrehumano para poder hablar.

—Tomoe-obasan dijo que... era sobre el periódico... y Touya.

—Sí. Creo que será innecesario decir lo inconsciente e inconsecuentemente que has actuado.

La joven agrandó los ojos y perdió por unos instantes el control que siempre se le era exigido.

—¡Pero si no estoy haciendo nada malo!

—No eres tú quien decide si estás o no haciendo algo malo —replicó Setsuna imperiosa—. Tus responsabilidades deben ir por encima de cualquier cosa, inclusive de cualquier sentimiento que puedas tener por ese muchacho. Es una tontería, una pérdida de tiempo.

Otsu sintió los ojos llenársele de lágrimas y se mordió los labios para contenerse. No sólo fueron las palabras ásperas de su madre, sino también el tono severo que empleó. Eso fue más que suficiente para desarmar a la hime y a veces le parecía que Setsuna estaba plenamente consciente de ello... Es más, muy probablemente lo estuviera. No obstante esta vez Otsu no iba a quedar completamente atontada y a merced del juicio de su madre. Se iba a defender aun intuyendo que de poco serviría.

—No estoy haciendo nada malo —repitió una vez más, casi atragantándose en el empeño—. Lo quiero, sólo eso.

—Entonces deja de quererlo —respondió Setsuna, con voz esta vez desprovista de emoción—. Estás haciendo perder mi tiempo con tus tonterías. Tú eres Myrai-hime, Otsu. Actúa de acuerdo a tus responsabilidades.

La hime continuó con los ojos bajos, sintiendo la voz atascada en la garganta. Quería gritarle a Myrai-no-kami, decirle que era ella quien estaba equivocada, pero sabía que no tenía fuerzas para ello. Sentía que su madre era mucho más fuerte y poderosa.

La verdad era que Otsu llegó a sorprenderse por decir lo que dijo. Nunca antes había intentado contradecir a Setsuna. De ser otros los tiempos sólo asentiría completamente muda. A pesar de los pesares, decir eso fue una victoria para la joven. Aún así no se sentía victoriosa.

—Es todo. Ya puedes irte.

Otsu asintió y se fue, apenas sintiendo sus piernas. Sin embargo, a medida que se alejaba del despacho de la dirección, el sentimiento de miedo fue sustituido por una rabia sorda, que poco a poco empezó a transformarse en odio. Sabía que Setsuna era su madre, sabía que era Myrai-no-kami y que por eso le correspondía a ella velar por el clan.

Sin embargo, con cada día que pasaba, Otsu sentía que las decisiones de la mujer eran injustas y egoístas; que al fin y al cabo el Oráculo pensaba sólo en sí misma y en lo que era correcto sólo para sí misma y no para los demás. La hime estaba empezando a cansarse de someterse a la voluntad de Setsuna, cansada de decir siempre que sí y recibir desprecio y desaprobación a cambio. Tal vez fuera hora de tomar sus propias decisiones, de elegir lo que era correcto para ella... sin preocuparse por su madre, ni por el clan, ni por las tradiciones.

Apretó el asa de la mochila con fuerza y caminó hasta el dormitorio pisando fuerte. No iba a conseguir asistir a ninguna clase más por el resto del día, ni tampoco cenar. Quería intentar enfriar la cabeza y reflexionar sobre cuáles iban a ser sus próximas acciones. Tal vez fuera alguna que Setsuna no aprobaría, pero Otsu sentía que no se iba a arrepentir.