Cuando el rock nació, en la década del cincuenta, nadie -ni aquellos que integraban la mezcla de confluencias que le dio origen- se dio cuenta de lo que representaba como fenómeno cultural. Así fue como aquellos viejos adolescentes de aquella época, se apropiaron instintivamente de él, convirtiéndolo en una propuesta de cambio contra todo un sistema cultural, atacando la hipocresía de la sociedad, y contra la represión, la alienación y la masificación. Se cuestionaba la existencia misma de la cultura. Hoy en día, nuevas generaciones de jóvenes encontramos en el rock un territorio libre donde incorporar nuestras propuestas de creatividad, nuestras filosofías, nuestras políticas o nuestros viajes personales. Las más diversas formas de folklore mundial se sumaron sin que nadie les achacara falta de ortodoxia; gracias a esa apertura no se anquilosó ni envejeció, y a través de la música muchos jugamos a esa temida experiencia llamada libertad, buscando una verdadera revolución total, una mutación en la misma psiquis del hombre, pensando que las instituciones eran estructuras artificiosas e impuestas que no nos daban respuestas valederas. Fue en aquel momento que la mayor o menor fortuna de los músicos que, habiendo desechado los sacos plateados de los favoritos del sistema, subían a los escenarios con la misma ropa que su público, se basaba no en sus incipientes calidades o sonidos magnificados sino en su grado de representatividad. Perseguido o relativamente tolerado por el sistema, el rock aglutinó a grandes multitudes y -en consecuencia- las miradas de los mercaderes que habiendo quedado afuera le apuntaron sus miras y por desgracia le acertaron, atravesándolo con un proyectil de vanidad. Los músicos volvieron a los trajes de luces, limitándose a cuidar la sofisticación de sus sonidos y -como si nada hubiera pasado- descubrieron que en lo profundo de sus almitas quizá siempre quisieron ser estrellas rutilantes y frívolas. (...)
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