Esta historia me la contó una chica de unos 16 años, y no le sucedió a
ella, sino a su madre, una española que emigró a Alemania para buscarse la
vida, teniendo que alquilarse una casa con su joven esposo que apenas tenía
comodidades.
Eso sí, tenía visitantes misteriosos.
Al principio sólo eran sonidos, rasguños en la almohada que mantenía
abrazada mientras trataba de descansar después de tantas horas de
trabajo.
Le asustó, cierto, pero mantuvo la calma y pensó que era su propio
agotamiento el que la hacía tener alucinaciones auditivas. Los rasguños
en la cama no son tan inhabituales ¿no?. Muchos los hemos oído. Son
visitantes que quieren comunicarnos que "están ahí también, que no estamos solos".
La joven vivió con esa extraña experiencia unos días y terminó por
acostumbrarse, pero una noche ocurrió algo terrible. Estaba tumbada en
la cama, descansando, su marido estaba afeitándose en el cuarto de baño, y
de pronto unas lucecitas de un tamaño algo mayor que el de las canicas,
blancas azuladas y brillantes, comenzaron a salir de debajo de la cama.
Subieron, ascendieron hasta ponerse encima de ella, y bailaron.
La chica las miró estupefacta, tragó saliva y respiró profundamente.
¿Qué era aquello? ¿De dónde salían? ¿Qué las producía?
Y entonces las luces comenzaron a bailar con movimientos más bruscos, y
una poderosa fuerza salió de ellas. La chica notó esa fuerza en puñetazos y
patadas invisibles que la golpeaban y estampaban contra las paredes...
Gritó, y su marido se cortó con la gillette. Cuando él iba a salir la
puerta del cuarto de baño se cerró de golpe.
La joven española emigrante sufrió una paliza que la dejó destrozada, y
no pudo hacer una denuncia, porque en qué comisaría de policía iban a
escuchar semejante historia sin echarse a reír.
No volvió a ocurrirle porque volvió a España entre lágrimas y terrores.
Durante años jamás contó la historia, y cuando lo hizo, fue para
contárselo a su hija -mi confidente-, quien me confesó que su madre no podía
hablar del tema sin echarse a llorar y a temblar.
No es para menos. Su hija también lloró al contármelo.
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Esta historia me la contó una estudiante de catorce años en un arrebato de intimidad. El suceso lo vivieron sus padres, a los que llamaremos Angela y Martín (recuerdo sus nombres reales pero ya sabéis...) |
Yo me llamo Dolores. Escribo a tu dirección de mail porque quiero relatar esta historia 100% real. Me haría mucha ilusión el que aparezca en tu llamativa y bien hecha web, así que por favor publicala porque para mi sería una liberación.
Yo viví en Australia durante casi toda mi vida. Nací y crecí en España, pero luego me fui para Sydney a los 16 años porque a una prima le fue bien allí, me gustó y me quedé. Es por eso mi nombre y que sepa hablar español.
En la preparatoria, todas las australianas eran arrogantes. Hasta que llegó una española radicada allí igual que yo, Julieta, y supe que sería mi amiga. Al instante me vio y por mis rasgos detectó mi origen. Se me acercó y nació nuestra amistad.
Ya ambas teníamos 24 años y teníamos 8 años de amistad ininterrumpida. Nos teníamos mucho afecto. Resulta que ella se hizo de un novio australiano, Robert, y se enamoró perdidamente de él. Yo me alegré por ella, porque nunca había tenido suerte con los chicos. En cambio yo si, es más, en ese momento me estaba decidiendo entre dos.
A ella le tocó un intercambio con Francia en la universidad. Robert odiaba la idea, pero tuvo que acompañarla para no estar sin ella casi un año. Así fue como la pareja se instaló en París por 10 meses.
Yo me sentía mal sin mi amiga, pero hablaba con ella a diario. Le mandaba chocolates australianos por correo, y ella sentía que estaba conectada con el lugar que la recibió cuando ella era una insegura adolescente.
Ella y su novio decidieron conocer Francia en un fin de semana. Fueron a una zona del norte en una excursión. Él fue al baño de una estación, mientras ella exploraba cuevas del lugar. Allí ella encontró un pequeño africano.
- ¿Cómo te llamas? - le preguntó Julieta.
- Mi nombre es Zort.
- Zort, ¿qué haces aquí?
- Es mi cueva, es mi hogar. Vengo de Costa de Marfil, África. Vine nadando, en busca de una madre.
Los ojos de Julieta se humedecieron.
- Qué tierno eres.
- Tú debes ser mi madre. - le dijo el chiquillo.
Ella rio a carcajadas, y lo dejó, sin más. Subió al autobús nuevamente con Robert, y el niño lloraba, pero la miraba con odio.
Esa misma noche, estaban de regreso en París. Él fue al gimnasio, y ella mientras tanto estaba leyendo un libro en la cama de su habitación. Una caja de anillo de bodas cayó al suelo de su habitación por la ventana, y decía: "Para Julieta". Ella, sin pensarlo dos veces, la abrió, pensando que era de Robert.
Tenía un pedazo de carbón y un papelito que decía: "Lo lamentarás... Robert se irá al infierno. Zort".
Julieta entró en pánico, y comenzó a llorar. Fue camino al gimnasio... y estaba Robert atrapado entre dos máquinas, decenas de fotógrafos tomando imágenes, y la dueña del gimnasio llorando. Julieta se desmayó y sufrió una descompensación. Regresó a Australia a la semana siguiente y me contó todo esto.
Yo no podía creerlo... recordé cuando yo le negué la maternidad a un pequeño africano, que también se llamaba Zort. Y todo me cerraba. Cuando conversaba con la traumada Julieta, una cajita de anillo de bodas cayó en la mesa, por la ventana. "Lo lamentarás... Julieta se irá al infierno. Zort".
Esa noche, Julieta murió. Se suicidó.
Lo que me preocupa, es que si la cadena sigue, yo moriré pronto.
Ayúdenme.
Sinceramente, Dolores.