Un suspiro
Un suspiro
Cuando ella entró a la habitación esta estaba vacía. No había nada. Caminó, miró por la ventana mientras pensaba lo
extraño y ajeno que el mundo. No lo entendía. Suspiró.
Venía de hablar con Miguel, una charla típica, sobre amigos, fiestas, parientes, películas. ¿Qué más podía pedir?
Pero después… después habían discutido. A él no le gustaba una remera o algo así que ella se había comprado (¿qué le importa
ban a él las remeras que yo usaba?). Sí, habían discutido. Gritos. Peleas. Algún insulto que ambos hubieran desaseado que
jamás hubiera existido. Una vez más todo lo que conocía le daba la espalda. ¿Por qué?
Caminó hasta la ventana. ¡Qué lindo día! Había luz por todos lados y la gran estrella brillaba como nunca a través
de una cortina de nubes que parecía indigna de tanta belleza.
- Perdón, yo – una voz se escuchó a sus espaldas, una voz que nunca terminó de decir lo que había comenzado.
- No tenés por que pedir perdón, podés hacer lo que quieras.
- Pero…
- Ya está. Ahora quiero estar sola. Por favor.
- Sí…
La puerta volvió a cerrarse al mismo tiempo que una lágrima se desprendía de su mirada. ¿Por qué es todo tan
injusto? Él no se merece que lo trate así. Ojala pudiera mostrarle que todo esto no era su culpa. Ella no quería lastimarlo,
pero no sabía como hacer para decirle que todo esto era un error. Sí. Un pequeño error que fue convirtiéndose en errores
mayores, que terminaron en una única y predecible consecuencia: ella viviendo una vida que no le pertenecía. Una vida que
no quería con un hombre que apenas si creía conocer y que la amaba por lo que no era.
Sí, podía irse, podía huir, pero sería demasiado cobarde. Podría enfrentarlo, pero sería demasiado cruel.
Definitivamente esta vida no era suya. Robada, sí, quizás la había robado y no se había dado cuenta, pero, ¿a quién? ¿Quién
podría realmente querer una vida como esta? Insulsa, rutinaria, gris. Quizás no la había robado. Quizás la encontró tirada,
como perdida, por alguien que tampoco la había querido antes y la tomó sin saber que era, realmente, una trampa.
Pasó su mano sobre los muebles. Todavía había polvo de hace cien años sobre ellos. Seguramente a nadie le importara,
nadie lo iba a limpiar si, después de todo, esta habitación sólo se usaba para ocasiones importantes y, ¿hace cuánto no
pasaba nada importante en esa casa? Bueno, seguramente ahora algo pasaría. Algo tenía que pasar. Tenía que tomar una
decisión sobre que hacer con esta vida robada, tomada, y, ante todas las cosas, tenía que devolverla a su verdadera dueña
(posiblemente una mujer de campo que quiera tener una familia, un futuro asegurado y que sueñe con tener tres hijos y dos
hijas, todos castaños con ojos color miel).
Suspiró. Una vez más, como la anterior y, aún así, un suspiro completamente diferente al anterior. Era un suspiro
para tomar valor y no para relajarse ni para olvidarse de su entorno. Un suspiro de comienzo, no de final. O, quizás,
simplemente, otro suspiro. No importaba. Ya estaba decidida.
Dio un paso alejándose de la ventana. Fue hacia la puerta. La abrió, pasó por el umbral y la cerró.
Cuando ella salió, la habitación estaba completa.