El despertar de Alicia
Y, finalmente, Alicia despertó de su último sueño. Había soñado con conejos, con cartas, con reyes y con espejos;
pero, finalmente, despertó. No se lamentaba haber soñado todo aquello, no se lamentaba haber despertado, pero, si hubiera
tenido que elegir, hubiera seguido soñando. ¿Qué tiene de divertido eso si allá me divertía más?
Pero no podía elegir, y ahora se encontraba irremediablemente atrapada en un mundo que, no sólo era familiar, sino
completamente conocido. Era aún peor que ser una extranjera (como había sido en sus sueños), aquí no pasaría nada nuevo,
nada fuera de lo común.
Se levantó del sillón donde había soñado por última vez (pero, ¿era acaso su sueño o el del rey rojo?). No importaba
realmente de quien fuera. Si era del rey, el rey ya se despertó y, de lo contrario, era ella la que se había despertado
(aunque quizás, era un sueño que ambos habían creado juntos y ahora, ambos habían decidido despertarse). Lo único que sabía
ahora es que era la hora del té y quería las galletitas de chocolate con leche que siempre le daba su hermana. Fue hasta la
cocina y, como de antaño, allí estaba.
- ¿Galletitas?
- ¡Sí! Por favor, y también un vaso de leche – la sonrisa de Alicia dejó entrever los más blancos dientes, como los
de todos los niños.
La hermana le sirvió el vaso de leche y le dio sus galletitas, agregando algo así como: “no comas mucho porque
después no vas a cenar” a lo que Alicia respondió casi automáticamente. ¿Quién querría cenar si puede soñar? Pero Alicia
sabía que muy posiblemente no volvería a encontrarse con el rey y que ahora, quien dormía era su madre (en la habitación de
arriba). Se preguntó una vez más, de quién sería el sueño y, a pesar de saber que la respuesta a la pregunta era sólo otra
pregunta, se sonrió al ver que ahora era más inteligente que antes (pero la sonrisa de borró al recordar que lo mismo le
había ocurrido en su primer sueño y que, al tratar de mostrar sus nuevas habilidades, el conejo le propuso u nuevo acertijo
que no pudo resolver). Bueno, pero aquí no hay conejos que me hagan acertijos, y recordó que tenía que contarle sus
aventuras a sus amigos. ¿Le creerían? ¿La entenderían?
Se apresuró a comer las galletitas, ya no eran tan ricas como antes, ya no tenía tanta hambre. Quería ir al
colegio, ver a sus amigos, contarles todo. Invitarlos a sus sueños.
Subió a su cuarto, se sentó frente al escritorio y sacó lo necesario para escribir a carta que tanto quería
escribir, la cual empezó con una simple pregunta:
¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?