De pibe, uno es arquero por vocación o por descarte:
"Atajo yo" o "Vos, gordo, anda al arco".
Pero predomina el descarte o el negociado ir y venir
de incesantes arqueros siempre renovados:
"Viejo, un gol cada uno... Ahora te toca a vos".
Es decir que la vocación “pateadora” es primeriza, natural, instintiva.
La atajadora, no.
La primera tiene que ver con la ardorosa actividad infantil,
la participación directa sólo limitada por el grado de iniciativa
para correr como un desaforado detrás de la pelota.
El atajar, en cambio, se vincula a un cierto grado de madurez.
El que ataja es porque ha vivido.Aunque sea un poquito.
Y vivir es tener conciencia de la malaria —entre otras cosas—;
trascender el juego y asumir que se puede perder:
el arquero apuesta siempre y no tiene empate.
Tanto el gordito que se banca las puteadas
porque no le salió al habilidoso que venía con pelota dominada,
como el vocacional que la perdió en un lujo y también es masacrado sin piedad,
ambos aprenden de salida eso de "el puesto más ingrato". Como el referí,
el arquero suele ser bueno cuando pasa inadvertido, cuando hace fácil lo difícil, cuando simplifica.
Se repara en él cuando se equivoca y su error no es suyo solamente:
todos los demás lo pagan por él y él paga por todos.
Bajate las Reflexiones del Gran Amadeo Carrizo sobre el puesto!!!

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