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1º Congreso Internacional CELEHIS de Literatura
José Martí y Oscar Wilde:
la función de los poetas y de la poesía
María Guadalupe Silva - Univ. Nacional del Sur - CONICET


1. La puesta en escena
2. "Oscar Wilde"
3. Conclusiones
Notas
Bibliografía



El 9 de enero de 1882, en el Chikering Hall de Nueva York, se reunía un público expectante para escuchar la conferencia de Oscar Wilde sobre el tópico "El Renacimiento inglés del arte". Wilde había llegado a la ciudad una semana antes, para iniciar una gira que durante casi un año lo llevaría de un extremo a otro de Estados Unidos con el fin de promover las ideas del esteticismo inglés.[1] Anunciado como el nuevo "apóstol" del arte, Wilde encarnó desde su arribo el papel para el que había sido contratado. Irónicamente, su labor "apostólica" en tierra americana se debía al éxito de una opereta que satirizaba la misma figura que él preconizaba: la del esteta lánguido y sensible, enemigo del filisteísmo burgués, en la que todos reconocían al propio Wilde. Este personaje satírico había nacido en las páginas de la revista Punch, y de allí había pasado al teatro como protagonista de la comedia Patience, de Gillbert y Sullivan, estrenada en Londres en 1881. El suceso de la obra fue tan rotundo que apenas cinco meses después fue llevada a Nueva York. Sin embargo allí faltaba algo indispensable para el efecto cómico: el público no estaba familiarizado con el perfil del esteta encarnado en Patience. Era preciso llevar a los Estados Unidos a un verdadero representante de la corriente, alguien que divulgara el esteticismo inglés. El empresario de la obra contrató por este motivo al mismo Wilde, que aceptó el reto a pesar de -y contra- la sátira que auspiciaba su visita. De hecho su éxito superó las expectativas. Aclamado por los amantes de lo nuevo y denostado por los más reaccionarios, Wilde generó toda clase de respuesta menos la indiferencia. El interés por su visita se había suscitado a través de un despliegue publicitario dispuesto con antelación, montaje que Wilde se ocupó de alimentar con histrionismo, con provocaciones y con su conocida estampa de dandy rebelde. El personaje "Wilde" era la primera obra de Wilde: al momento de su viaje a los Estados Unidos no había publicado más que un libro de poemas, de modo que gran parte de su fama se apoyaba en la construcción de una imagen personal.[2]

José Martí asistió a la conferencia del 9 de enero, la primera en tierra americana. El periodista cubano estaba al tanto de la corta carrera de Wilde. Meses antes había enviado a La Opinión Nacional de Caracas una nota sobre la publicación de Poems[3], y tras el arribo del esteta a Nueva York dirigió al mismo diario una relación de los preparativos y repercusiones de su visita. La sátira del esteticismo -informaba allí el cubano- ya circulaba "de un lado y otro del Atlántico" gracias a la difusión periodística y gracias, en especial, al montaje de Patience.[4] Martí no avalaba la pose afectada de lo que llamaba "la secta" estética, pero tampoco iba a suscribir la ridiculización del poeta británico. Al menos dos razones tenían que decidir su apoyo de Wilde: por una parte, la lectura de Poems y de ciertas noticias sobre las ideas del irlandés habían causado una impresión positiva en Martí[5]; por otra, Wilde venía a predicar contra el mismo "espíritu comercial" que el cubano atacaba tenazmente en sus Escenas norteamericanas. Ambas razones están implícitas en la carta a La Opinión Nacional y muestran la disposición favorable con que Martí recibió la conferencia de Wilde:

Hay en estos Estados Unidos, a la par que un ansia ávida de mejoramiento artístico, un espíritu de mofa que se place en escarnecer, como en venganza de su actual inferioridad, a toda persona o acontecimiento que demande su juicio, y de en sus manos, […] En esta dependencia de Europa viven los Estados Unidos en letras y artes: y como rico nuevo a quien nada parece bien para aderezar su mesa, y alhajar su casa, hacen profesión de desdeñosos y descontentadizos, y censuran con aires magistrales aquello mismo que envidian y se dan prisa a copiar. (OC, 9, p. 223)

Esta crítica al provincianismo norteamericano encierra una apelación al propio público de La Opinión Nacional: los nuevos tiempos exigían una apertura de las fronteras intelectuales más allá de todo nacionalismo, lo que no sólo incumbía a los norteamericanos, sino a toda América. De hecho, con su labor periodística Martí llevaba adelante este proyecto de actualización, divulgación e integración cultural.[6] Su reseña de la conferencia de Wilde abona la tarea y se inicia con un llamado a la renovación en materia literaria: "Conocer diversas literaturas es el medio mejor de libertarse de la tiranía de algunas de ellas" (OC, 15, p. 361). Una idea similar estaba ya expresada en el discurso de Wilde en referencia a los norteamericanos: "Toda obra noble no es simplemente nacional, sino universal. La independencia política de una nación no debe confundirse con un aislacionismo intelectual".[7] A continuación procuraremos analizar de qué modo Martí, en su reseña del evento, no sólo presenta, sino que se sirve de Wilde para apuntalar y legitimar concepciones propias acerca de la función de la poesía y de los poetas en el proceso de la modernización.


La crónica de Martí sobre este evento fue publicada en el mismo mes de enero en El almenares de La Habana, el 8 de noviembre en La América de Madrid y en La Nación de Buenos Aires, el 10 de diciembre del mismo año.[8] Con este artículo -y con las noticias arriba citadas- Martí daba a conocer la figura de Wilde por primera vez en medios hispanos.

Quizás en principio llame la atención el tono enfáticamente elogioso hacia esta figura tan ajena a la austeridad martiana. El artículo evita poner el acento en la apariencia excéntrica del "apóstol" -tema dilecto de la prensa satírica y adversa al movimiento estético-, aunque no perdona del todo la extravagancia del traje. Pero lo que interesa al cubano, más que la parafernalia montada en torno de Wilde, es el contenido de su prédica. En este sentido, es posible observar en su crónica una alternancia fluida de adhesiones y distanciamientos.

Martí construye, en líneas generales, una imagen muy positiva de Wilde, separada de la sátira a la moda en el periodismo "de un lado y otro del Atlántico". Pero su interés va más allá de la sola presentación del escritor inglés. El artículo se inicia con un llamado a la renovación poética y a la apertura intelectual: "Vivimos, los que hablamos lengua castellana, llenos todos de Horacio y de Virgilio, y parece que las fronteras de nuestro espíritu son las de nuestro lenguaje. ¿Por qué nos han de ser fruta casi vedada las literaturas extranjeras, tan sobradas de ese ambiente natural, fuerza sincera y espíritu actual que falta en la moderna literatura española?" Es inevitable, al leer esto, pensar en textos seminales como "El carácter de la Revista Venezolana" (1881) o el Prólogo a El poema del Niágara (1882), en los que Martí reclama la necesidad de una actualización de las letras hispanoamericanas y del franqueo de sus fronteras, tanto intra como intercontinentales: "Otros fueron los tiempos de las vallas alzadas; éste es el tiempo de las vallas rotas. Ahora los hombres empiezan a andar sin tropiezos por toda la tierra", dirá en el famoso Prólogo (OC, 7, p. 226). El mayor alcance del artículo sobre Wilde se ilumina en el marco de estas incitaciones a la modernización literaria.

Martí "muestra" a Wilde como quien descorre un telón: "He ahí a Oscar Wilde", "Ved a Oscar Wilde", "Oid ahora a Wilde", son expresiones con que dirige la atención hacia el personaje. Pero esta "exhibición" está lejos de ser objetiva. El artículo alterna fluidamente la descripción del evento, la reseña del discurso, el comentario crítico y las ideas personales de Martí, de modo que seguir el derrotero de su trama requiere una atención detenida. Martí despliega un texto con múltiples propósitos, a saber: presentar/adherir/tomar distancia de Wilde, y en última instancia, emplear su conferencia como una suerte de pre-texto para apuntalar ideas propias. Cabe entonces comenzar planteando dos preguntas simples: ¿Qué rescata Martí de Wilde? ¿En relación a qué toma distancia?

El primer párrafo en que Martí "muestra" a su personaje deja ya en claro su visión positiva del esteta:

He ahí a Oscar Wilde: es un joven sajón que hace excelentes versos. Es un cismático en el arte, que acusa al arte inglés de haber sido cismático en la iglesia del arte hermoso universal. Es un elegante apóstol, lleno de fe en su propaganda y de desdén por los que se la censuran, que recorre en estos instantes los Estados Unidos, diciendo en blandas y discretas voces cómo le parecen abominables los pueblos que, por el culto de su bienestar material, olvidan el bienestar del alma, que aligera tanto los hombros humanos de la pesadumbre de la vida, y predispone gratamente al esfuerzo y al trabajo. Embellecer la vida es darle objeto. Salir de sí es indomable anhelo humano, y hace bien a los hombres quien procura hermosear su existencia, de modo que vengan a vivir contentos con estar en sí. Es como mellar el pico del buitre que devora a Prometeo. Tales cosas dice [Wilde] […] (pp. 361-362)

Wilde no sólo es un poeta que merece ser leído; Wilde es un "cismático del arte", un "apóstol" que predica la salvación por la belleza; Wilde viene a combatir con "blandas y discretas voces" la proliferación deshumanizante del "culto al bienestar material", y a proponer como remedio el amor a lo bello, que dota de sentido la vida; Wilde es un filántropo, puesto que "hace bien a los hombres quien procura hermosear la existencia". En las últimas oraciones puede verse cómo desaparece el sujeto "Wilde" y el discurso se torna sentencioso; Martí parece el autor de las aserciones, pero finalmente devuelve la responsabilidad a Wilde. En todo caso la ambivalencia no es gratuita.

La reseña del texto pronunciado en Chickering Hall es muy personal; aun cuando cita entre comillas, Martí parafrasea y selecciona aquello que le importa difundir, sin traicionar el sentido original de la conferencia. El artículo no se interesa tanto en la historia del llamado "Renacimiento inglés" como en los planteos acerca de la función del arte en el seno de la cultura moderna.

Uno de los puntos que Martí recupera de la conferencia de Wilde es el tópico de la especialización del poeta:

Oídle recomendar la práctica de Teófilo Gautier, que creía que no había libro más digno de ser leído por un poeta que el diccionario. "Aquellos reformadores –decía Wilde- venían cantando cuanto hallaban de hermoso, ya en su tiempo, ya en cualquiera de los tiempos de la tierra." Querían decirlo todo, pero decirlo bellamente. La hermosura era el único freno de la libertad. Les guiaba el profundo amor a lo perfecto. (p. 364)

En efecto, sabemos que Wilde enfatiza la importancia de la formación crítica y erudita del artista. Pero al leer esto en palabras de Martí, no podemos dejar de pensar, además, en su propia actividad como impulsor de la renovación modernista y, en particular, en su labor en el terreno de la crónica. "Decirlo todo, pero decirlo bellamente" era una de las metas poéticas del escritor. Susana Rotker, en un libro enteramente dedicado a este tema, analiza de qué modo la actividad periodística puso en movimiento la renovación poética del modernismo, un proceso en el que Martí operó como factor insoslayable.[9] El cubano es un "cismático" tanto como Wilde, y este énfasis en la especialización como signo de modernidad es un punto de convergencia notable.[10]

Siguiendo el orden de la conferencia, Martí cita a continuación la apelación de Wilde a los norteamericanos:

Vosotros, tal vez, hijos de pueblo nuevo, podréis lograr aquí lo que a nosotros nos cuesta tanta labor lograr allá en Bretaña. Vuestra carencia de viejas instituciones sea bendita, porque es una carencia de trabas: no tenéis tradiciones que os aten ni convenciones seculares e hipócritas con que os den los críticos en rostro. No os han pisoteado generaciones hambrientas. No estáis obligados a imitar perpetuamente un tipo de belleza cuyos elementos ya han muerto. De vosotros puede surgir el esplendor de una nueva imaginación y la maravilla de alguna nueva libertad. Os falta en vuestras ciudades, como en vuestra literatura, esa flexibilidad y gracia que da la sensibilidad a la belleza. Amad todo lo bello por el placer de amarlo. Todo reposo y toda ventura vienen de eso. La devoción a la belleza y a la creación de cosas bellas es la mejor de todas las civilizaciones: ella hace de la vida de cada hombre un sacramento, no un número en los libros de comercio. La belleza es la única cosa que el tiempo no acaba. (p. 366)

Esta exhortación comporta dos series de conceptos afines al pensamiento de Martí. Por un lado evoca su crítica insistente contra los efectos perniciosos del desarrollo tecnológico y comercial en los Estados Unidos: masificación, deshumanización y utilitarismo. En este sentido, el dicurso de Wilde abona una línea de pensamiento que Martí ya venía desarrollando en sus trabajos periodísticos y que se construye en base a la oposición antitética de "cultura" y "vida material". Por otro lado, la apelación de Wilde a los norteamericanos bien puede leerse, bajo el prisma de Martí, como un llamado implícito a "nuestra América". La libertad del "pueblo nuevo" del norte es la misma de todo el continente, y la necesidad de construir una literatura propia es apremiante también en América Latina. Recordemos una vez más el llamado a deshacerse de la "tiranía de algunas literaturas" con que el cubano inicia su artículo. La propuesta de Martí es la de superar el colonialismo intelectual para lograr una literatura a la vez americana y universal, a un tiempo autóctona e integrada al concierto de la cultura mundial.

En las líneas siguientes Martí reproduce las afirmaciones de Wilde acerca de la función pacificadora del arte: "Las guerras vendrían a ser menores cuando los hombres amen con igual intensidad las mismas cosas, cuando los una común atmósfera intelectual" (p. 366). Este ideal ecuménico -la propuesta más ambiciosa de Wilde- procura, por un lado, disolver la oposición conflictiva entre literatura nacional y literatura extranjera, una tensión que se tornaría cada vez más álgida durante los años ulteriores del modernismo hispanoamericano. Por otro lado, está indicando el lugar central de la cultura en el orden internacional: esa "común atmósfera" de la que habla Wilde es el espacio -utópico- del concierto universal, la "città divina" en que se anulan las desinteligencias políticas, religiosas y filosóficas. Esta función trascendente del arte es también una aspiración martiana. Al cabo de la reseña, Martí se encarga de poner en claro su concordancia con Wilde:

Esas nobles y juiciosas cosas dijo en Chickering Hall el joven bardo inglés, de luenga cabellera y calzón corto. Mas, ¿qué evangelio es éste, que ha alzado en torno de los evangelistas tanta grita? Esos son nuestros pensamientos comunes: con esa piedad vemos nosotros las maravillas de las artes: no la sobra, sino la penuria del espíritu comercial en nosotros. (p. 366. El subrayado es nuestro)

Con este "nosotros" Martí se incorpora a la escena. Más aun: no solamente reseña y suscribe las ideas de Wilde, sino que invierte la relación y hace que las propuestas del "joven bardo inglés" coadyuven a las propias. Este movimiento de adhesión/distanciamiento/inversión puede observarse en las líneas que siguen inmediatamente:

¿Qué peculiar grandeza hay en esas verdades, bellas, pero vulgares y notorias, que, vestido con ese extraño traje, pasea Oscar Wilde por Inglaterra y los Estados Unidos? ¿Será maravilla para los demás lo que ya para nosotros es código olvidado?¿Será respetable ese atrevido mancebo, o será ridículo? ¡Es respetable! Es cierto que, por temor de parecer presuntuoso, o por pagarse más del placer de la contemplación de las cosas bellas, que del poder moral y fin trascendental de la belleza, no tuvo esa lectura que extractamos aquella profunda mira y dilatado alcance que placerían a un pensador. Es cierto que tiene algo de infantil predicar reforma tan vasta, aderezado con un traje extravagante que no añade nobleza ni esbeltez a la forma humana, ni es más que una tímida muestra de odio a los vulgares hábitos corrientes. […] Es cierto que en nuestras tierras luminosas y fragantes tenemos como verdades trascendentales esas que ahora se predican a los sajones como reformas sorprendentes y atrevidas. Mas, ¡con qué amargura no se ve ese hombre joven: cómo parece aletargado en los hijos de su pueblo ese culto ferviente de lo hermoso, que consuela de las más grandes angustias y es causa de placeres inefables! […] ¡Qué vigor y qué pujanza no son precisos para arrostrar la cólera temible y el desdén rencoroso de un pueblo frío, hipócrita y calculador! ¡Qué alabanza no merece, a pesar de su cabello luengo y sus calzones cortos, ese gallardo joven que intenta trocar en sol de rayos vívidos, que hiendan y doren la atmósfera, aquel opaco globo carmesí que alumbra a los melancólicos ingleses! (p. 367)

La extensa cita merece destacarse porque condensa la alternancia oscilante de adhesiones y distanciamientos con que Martí se ubica frente a Wilde, al tiempo que toma posición de cara a "su" público: nosotros, "los que hablamos lengua castellana". Si por un lado el cubano coincide con "esas verdades bellas" y proclama la respetabilidad del esteta, por otra parte señala sus principales objeciones al "apostolado" wildeano: la postura "infantil" y algo ridícula que desdora el contenido del discurso, el alcance limitado de sus reflexiones[11], y la "vulgaridad" y "notoriedad" de afirmaciones que "en nuestras tierras luminosas y fragantes" ya son moneda corriente.[12] En este último punto observamos el posicionamiento de Martí frente a "los sajones". El mundo anglo-americano aparece como "un pueblo frío, hipócrita y calculador", contaminado por el "espíritu comercial" y por un pragmatismo que desatiende los bienes del espíritu. Como contrapartida postula un "nosotros" latinoamericano, sustancialmente espiritual, cálido, sincero y desinteresado. El medio natural aparece como determinante de estos tipos culturales opuestos: al "opaco globo carmesí" del Norte se opone "el sol de rayos vívidos" del Sur. Por esta disposición "natural" es comprensible que para "nosotros" sean evidentes las razones que para "ellos" resultan novedosas y chocantes. Desde esta óptica, Wilde es un verdadero profeta del sol, que viene a vivificar el alma de una sociedad que agoniza bajo el peso del desarrollo industrial. Con este argumento Martí vuelve a solidarizarse con el bardo inglés, tenaz Prometeo en un medio hostil, pero a la vez traza la diferencia: Wilde pertenece a "ellos" y predica a un pueblo anglosajón con las limitaciones que esto implica; Martí pertenece a los de más acá, habla desde otra tradición y otra naturaleza, más proclive a la sensibilidad y al humanismo. De este modo, no sólo presenta y encarece las ideas de Wilde, sino que termina poniéndose a sí mismo en el lugar de la avanzada intelectual, al tiempo que reafirma los valores esenciales de la identidad latinoamericana. Las ideas del "joven sajón" -Martí tenía tan sólo un año más que Wilde- vendrían así a alimentar concepciones ya presentes en el pensamiento martiano.


El artículo de Martí sobre Wilde se integra a un texto mayor: el dicurso en ciernes de la modernización literaria. El Prólogo a El poema del Niágara de Pérez Bonalde es para algunos el "punto liminar de la renovación modernista", y 1882 "el año culminante" de la evolución artística martiana.[13] Como ha indicado Fina García Marruz, la vida de Martí en Nueva York aportó un influjo decisivo a su desarrollo literario: "Pues si Martí atacó duramente siempre lo que llamó ‘la política de acometimiento norteamericano’, si a combatir su posible intromisión en Cuba dedicó en gran parte su vida, podemos decir que literariamente les fue deudor, que quizás, después de España, fue ésta su segunda gran influencia".[14] Esta influencia estaría dada, en gran parte, por una nueva percepción de la realidad, por el abigarrado cosmopolitismo de esa ciudad-símbolo de la modernización, por el contacto con un acontecer diario dinámico y ceñido al instante, por una nueva experiencia de la temporalidad y de los mecanismos facilitadores de la comunicación. En Nueva York Martí fue un testigo privilegiado de este proceso que tarde o temprano involucraría a toda América, y desde allí lanzó su manifiesto hacia el sur del continente.

En "Oscar Wilde" se encuentran aludidas -expresa o implícitamente- algunas de estas percepciones. El comienzo del artículo exhortando a la apertura y a la actualización literarias es todo un indicio. También lo es su elección del personaje. Oscar Wilde era en esos días la figura de moda en Nueva York y convocaba una concurrencia selecta. "Los carruajes -apunta Martí- se agolpan a las puertas anchas de la solemne casa de las lecturas. Tal dama lleva un lirio, que es símbolo de los reformistas. Todas han hecho gala de elegancia y riqueza en el vestir" (p. 362). Ya en su anterior carta a La Opinión Nacional había señalado, algo exageradamente, que "toda Inglaterra y todos los Estados Unidos aplauden hoy una ópera bufa de un poeta inglés en que se cuentan los melodiosos y alados amores del tenue bardo mustio"[15]; se refería evidentemente a Patience. Oscar Wilde era un personaje insoslayable en el espacio de la cultura anglo-americana del momento, aunque su peculiar apostura lo pusiera al límite entre la literatura "seria" y el mundo del espectáculo. Quizás por esta condición sospechosa faltasen en Chickering Hall "los poetas magnos", que parecían, según observa Martí, "como temerosos de ser tenidos por cómplices del innovador" (p. 362). Esta "puesta en escena" wildeana no agradaba del todo a Martí. Sin embargo el cubano encontró en su discurso otros aspectos que sí merecían destacarse, y que suplían cualquier irritación. Casualmente, éstos coincidían con ideas que Martí venía cultivando. Las reflexiones de Wilde que reconoce como "nuestros pensamientos comunes" parecen ser, básicamente, las siguientes:

  1. El llamado a la apertura y a la modernización cultural, en particular en el terreno literario. Wilde dirige esta exhortación a los norteamericanos y Martí "a los que hablamos lengua castellana". En ambos casos la idea fundante es que los tiempos actuales requieren una integración de los pueblos al concierto de la cultura universal, y que América se encuentra en la retaguardia respecto de la avanzada europea. Lejos de borrar identidades, esta apertura implicaría un fortalecimiento de los pueblos. La dialéctica integración/diferencia organiza el discurso de Martí, que comienza apelando a la apertura, para terminar señalando los rasgos esenciales de "nuestra América" frente al Norte anglosajón.
  2. La exigencia de especialización profesional en el escritor. Esta es la "lección" que Wilde exporta a los Estados Unidos y es a su vez uno de los puntos que Martí retransmite a su América. Este manejo crítico del material discursivo fue uno de los fundamentos de la renovación poética modernista, así como un requisito para la legitimación de su labor literaria como actividad profesional y autónoma.
  3. La idea de que el desarrollo del "espíritu artístico" podría contrarrestar el avance pernicioso del "espíritu comercial". Este es un planteo medular en la conferencia de Wilde y uno de los problemas que Martí venía –y seguiría- trabajando en su actividad periodística. En la óptica del cubano, esta oposición se enlaza con otra de carácter étnico e idiosincrásico: la de "lo sajón" frente al "nosotros" latinoamericano.
  4. Finalmente y ante todo, la noción de que el amor a lo bello es la vía por excelencia hacia el concierto y la armonía universal. Este concepto supone una función eminente del arte y del artista en el orden social. "¿[H]acia dónde debemos [dice Wilde], en este siglo turbulento y desgarrado, dirigir nuestos pasos sino hacia esa segura morada de la belleza […]?". Por su parte Martí, en el célebre Prólogo, describirá con lucidez esos "ruines tiempos" de cambio y confusión, de ruptura y descentramiento. Ante la crisis de la conciencia religiosa tradicional el artista se convierte en el responsable secular de una nuevo modo de religar a los hombres con verdades eternas. La salvación por la belleza es la propuesta de ambos a un mundo disgregado, y supone al poeta una función eminente en el medio social. Este punto de convergencia es pleno, y Martí debió apreciar hondamente el alcance de las reflexiones wildeanas.

[1] La gira incluyó también puntos en Canadá.
[2] En parte debido al éxito social de Wilde, Poems (1881) encontró en Londres –a pesar de la frialdad de la crítica- una excelente acogida; en pocas semanas agotó cuatro ediciones. Según Julio Gómez de la Serna "Un libro así tenía que gustar a la gente del gran mundo que Wilde frecuentaba, y, sobre todo, a las mujeres, ya que en él se compendiaban todas las novedades poéticas del día e incluso las tendencias eternas de la poesía inglesa, expresadas de una manera fácil y brillante". "Coloquio imaginario en el umbral", en O. Wilde, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1958, p. 22. Quizás aprovechando el suceso de la visita a los Estados Unidos, circularon por ese país ediciones clandestinas del libro, como cuenta el propio Wilde en sus "Impresiones de Yanquilandia" acerca de ciertos vendedores ambulantes del Oeste: "…vendían asimismo una edición de mis poemas, vilmente impresa en una especie de papel secante gris y al reducido precio de cincuenta céntimos. Los llamé y les dije que aun cuando a los poetas les gusta ser populares, quieren también ser retribuidos, y que vender ediciones de mis poemas sin provecho alguno para mí era asestar a la literatura un golpe que podía causar un efecto desastroso entre los aspirantes a poetas. Todos ellos me respondieron invariablemente que sacaban provecho para ellos de la venta y que esto era lo único que les interesaba". Ibidem, pp. 1087-1088.
[3] La nota es del 17 de noviembre de 1881.
[4] "¿Quién no ha visto ese cuaderno de caricaturas que se publica cada semana en Londres, y en cuya carátula ríe maliciosamente, cercado de trasgos, bichos y duendes, un viejecillo vestido de polichinela? Ese es el Punch, y Du Maurier es el dibujante poderoso que le da ahora vida […] Londres ríe hace meses por el poeta Postlehwaite, que es el nombre, ya famoso de un lado y otro del Atlántico, que el Punch ha dado a Oscar Wilde. […] No bien pisó muelles de Nueva York el bardo inglés […] ya los periodistas sacaron a la luz al lánguido Postlehwaite, y ya echan a nadar por plazas y calles, más ganosos de cebarse en lo alto que capaces de acatarlo, a esa criatura del sangriento Punch, a ese poeta famélico de cielo y agostado, a ese trovador que tañe en los aires enfermos una lira doliente e invisible." (OC, 9, pp. 221-223).
[5] Antes de la conferencia en Chickering Hall, Martí ya conocía muchas de las ideas de Wilde, como puede verse en esta misma carta a La Opinión Nacional. La prensa norteamericana había preparado ya el terreno de la visita wildeana publicando, junto con su biografía, extractos de sus poemas, de modo que pudo ser esa la fuente de información de Martí al momento de escribir sus noticias al diario sudamericano.
[6] Sobre la importancia de este proyecto integrador del modernismo, véase S. Zanetti, "Modernidad y religación: una perspectiva continental (1880-1916)", A. Pizarro (comp.), Literatura, palabra e cultura, San Pablo, 1994, pp. 489-534.
[7] O. Wilde, Obras completas, op. cit., p. 1045.
[8] Al pie de la edición de este artículo en OC, 15, pp. 361-368, se indica su publicación en La Habana y en Buenos Aires. El dato acerca de su aparición en La América de Madrid consta en I. Hidalgo Paz, José Martí, cronología 1853-1895, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, p. 53.
[9] "[E]n verdad, la crónica es el laboratorio de ensayo del "estilo" -como diría Darío- modernista, el lugar del nacimiento y transformación de la escritura, el espacio de difusión y contagio de una sensibilidad y de una forma de entender lo literario que tiene que ver con la belleza, con la selección consciente del lenguaje, con el trabajo por medio de imágenes sensoriales y símbolos, con la mixtura de lo extranjero y lo propio, de los estilos, de los géneros, de las artes. Lamentos aparte: el cambio poético comenzó en los periódicos y fue allí donde algunos modernistas consolidaron lo mejor de su obra". S. Rotker, La invención de la crónica, Buenos Aires, Letra Buena, 1992, p. 96. En una carta a Paul Groussac (La Nación, 4/1/1887), el mismo Sarmiento, que en muchos aspectos disentía con Martí, había valorado la originalidad de su prosa, que juzgó sobresaliente.
[10] Es preciso advertir, no obstante, una divergencia importante entre ambos escritores. Mientras que Wilde, en esta conferencia y en otros textos, propugna un esteticismo que aísle el arte de la realidad prosaica -véase por ejemplo "La decadencia de la mentira", Intenciones, Madrid, Taurus, 2000-, Martí, por el contrario, aspira a una conciliación de ambas esferas. El género de la crónica es el mejor ejemplo de esta clase de hibridación.
[11] Quizás Martí esperase una toma de posición más explícita respecto del papel social del arte en las naciones modernas, especialmente frente al industrialismo y al mercantilismo inglés y norteamericano. Su crónica, de hecho, termina con un largo párrafo de repudio al "pueblo rudo", "necio" y "desdeñoso" de los ingleses, insensible ante la prédica de Wilde y del esteticismo.
[12] Desde mediados del siglo XIX ya circulaba en Cuba cierta prevención contra el expansionismo norteamericano, en especial luego de la invasión a México en 1846. La propuesta anexionista despertó la alarma de ideólogos como José A. Saco, que rechazó la idea de unir el pueblo cubano, de tradición hispana, al de los Estados Unidos. Lo interesante, según señala Julio Ramos, es que "incluso en Saco es significativo el argumento ‘culturalista’ que unas décadas después, a partir de Martí y del arielismo, sería el núcleo productor de un emergente concepto de América Latina, precisamente en oposición a los Estados Unidos" (J. Ramos, Desencuentros de la modernidad en América Latina, México, FCE, 1989, p. 149). Otro texto de importancia en la construcción de este discurso latinoamericanista, es el del chileno Francisco Bilbao. Allí encontramos la misma oposición indicada en Martí: la América anglosajona enfrentada a la "raza latina": [nosotros] "preferimos lo social a lo individual, la belleza a la riqueza, la justicia al poder, el arte al comercio, la poesía a la industria, la filosofía a los textos, el espíritu puro al cálculo, el deber al interés" (El evangelio americano y otras páginas selectas, 1856, citado por Ramos, p. 150).
[13] Las expresiones pertenecen a Iván Schulman (I. Schulman y M. Pedro González, Martí, Darío y el Modernismo, Madrid, Gredos, 1969, p. 91).
[14] F. García Marruz, en C. Vitier y F. García Marruz, Temas Martianos, Biblioteca José Martí, La Habana, 1969, p. 197.
[15] OC, 9, p. 222. El subrayado es nuestro.


Bell, Daniel, Las contradicciones culturales del capitalismo, Madrid, Alianza, 1987.
Hidalgo Paz, I., José Martí. Cronología 1853-1895, La Habana, Centro de Estudios Martianos, 1992.
Martí, José, Obras completas, La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1975.
Rama, Ángel, Las máscaras democráticas del modernismo, Montevideo, Fundación Ángel Rama, 1986.
Ramos, Julio, Desencuentros de la modernidad en América Latina, México, FCE, 1989.
Rotker, Susana, La invención de la crónica, Buenos Aires, Letra Buena, 1992.
Schulman, Iván y Manuel Pedro González, Martí, Darío y el Modernismo, Madrid, Gredos, 1969.
Toledo Sande, Luis, Cesto de llamas. Biografía de José Martí, Pueblo y Educación, La Habana, 1996.
Vitier, Cintio y Fina García Marruz, Temas Martianos, Biblioteca José Martí, La Habana, 1969.
Wilde, Oscar, Correspondencia, Madrid, Siruela, 1992.
_____________ Obras completas, Madrid, Aguilar, 1958.
_____________ Intenciones, Madrid, Taurus, 2000.
Zanetti, Susana, "Modernidad y religación: una perspectiva continental (1880-1916), Ana Pizarro (comp.), Literatura, palavra e cultura, San Pablo, 1994, pp. 489-534.



Actas 1º Congreso Internacional CELEHIS de Literatura
Mar del Plata, 6 al 8 de diciembre del año 2001 / ISBN 987-544-053-1
Centro de Letras Hispanoamericanas - Facultad de Humanidades - UNMDP
 
  

       


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