Anglicanismo

Iglesia Episcopal Anglicana de Chile

Anglicanismo

Esencia del Catolicismo Reformado

Por Mons Jorge Rodríguez Escobar

 

 

En nuestra Iglesia Latinoamericana y en Estados Unidos para los hispano-parlantes, hay gran escasez de textos de teología a los que se pueda acudir para aclarar ciertas dudas y confusiones respecto a nuestra doctrina. Siempre se puede recurrir a los textos romanistas o evangélicos, pero en ninguno de ellos vamos a encontrar doctrina pura, y no pueden satisfacer sus explicaciones a un anglicano. Por eso, se encuentra ampliamente justificada esta página, que se ha hecho pensando en nuestros clérigos, estudiantes, fieles, y personas interesadas en el tema. A todos les damos una cordial y cariñosa bienvenida, incluso a aquellas personas que no concuerden con nosotros o no estén de acuerdo con nuestras opiniones y afirmaciones. El Autor de estos textos es el Reverendísimo Monseñor Jorge Rodrígez Escobar, Obispo Diocesano de la Diócesis de la Santísima Trinidad de la Iglesia Episcopal Anglicana de Chile a quien merecidamente agradecemos por el trabajo de investigación y la dedicación en la compilación y redacción de los textos y ensayos históricos y teológicos.Los presentes textos pueden ser reproducidos por cualquier medio, citando la fuente y al autor.

LOS PIONEROS DEL ANGLICANISMO EN  AMERICA DEL SUR

 San  Allen  Gardiner y  Compañeros Mártires

 

 

El catolicismo anglicano desde sus inicios, en las Islas Británicas, ha sido misionero y ha llevado el mensaje de la Cruz a muchos lugares, países, y gente de toda raza, cultura e idioma, fiel al mandato de su Señor de ir y predicar el Evangelio a todas las naciones…Así, en el siglo XIX se estableció diversas Capellanías inglesas en varias ciudades de Latinoamérica. En general estos capellanes solamente atendían a la colonia inglesa, ya que en nuestros países en que la Iglesia Católica Romana era Iglesia de Estado, era un delito predicar “otra religión”, como ignorantemente se decía, y solo se “toleraba” en relación a los extranjeros. Sin embargo, muchos de esos capellanes, que tenían gran celo apostólico, llegaban privadamente con su mensaje a hispano parlantes interesados en vivir su fe como anglicanos, los que debían esconderse y practicar su fe cristiana a escondidas de las autoridades.
En aquellos tiempos de dominación romanista absoluta en nuestros países, los hospitales, los cementerios, los colegios y muchos espacios y servicios públicos eran confesionales y la gente tenía que esconder su filiación religiosa para ser atendida. Los difuntos no católicos romanos no eran aceptados en los cementerios parroquiales, y se debía crear cementerios de “Disidentes”, los que tenían que estar situados fuera o alejados de las ciudades, porque esos muertos no podían ser enterrados en “suelo consagrado”, eran herejes y excomulgados.
En Chile se mantuvo esta situación hasta el año 1925 en que una reforma de la Constitución separó a la Iglesia Romana del Estado de Chile, después de ardiente lucha, no exenta de violencia, de grupos de laicos liberales, masones, protestantes, libre pensadores y otros ciudadanos que querían que el país se abriera entregando más libertad a sus habitantes, en especial la libertad de pensamiento, conciencia y de culto.
Sin embargo, a pesar de este desalentador panorama hubo misioneros anglicanos desde el siglo XIX entre los indígenas de la Patagonia y de la Araucanía en Chile, y del Chaco paraguayo y argentino. Ellos fueron los pioneros en la obra anglicana, la cual como se ve, tiene dos siglos en nuestras costas.

SAN ALLEN GARDINER


Uno de los más importantes pioneros anglicanos es el Capitán de la Marina inglesa, el Bienaventurado Allen Gardiner, a quien se le denomina como “El Mártir de Tierra de Fuego”.
Nació el 28 de Junio de 1794 en el pueblo de Basildon, en Inglaterra. Poco sabemos de su niñez, pero el 13 de Febrero de 1808 ingresó como Cadete a la Escuela Naval de Portsmouth. Su primer viaje fue en Junio de 1810, a bordo del “Fortune”. Hizo una carrera muy meritoria como marino. En 1814 era teniente. Entre 1811 y 1822 navegó en el “Dauntless” a Africa y Ceylan. En dicho viaje, afirmó su vocación al Ministerio, e hizo una consagración privada al Señor.
Ya en Inglaterra solicitó al Obispo de Gloucester, Diócesis a la que pertenecía, que le confiriera una licencia para trabajar y fue ordenado con las ordenes menores como “Lector .” En 1823 se casó con Susana Reade, con quien tuvo cinco hijos. En 1824 lo encontramos como teniente segundo del “Júpiter” y en 1825 como comandante de la “Clinker”. La mala salud de su esposa los obligó a cambiar varias veces de residencia, hasta que ésta falleció en Mayo de 1834. Gardiner tenía un cuñado que era sacerdote anglicano el R. P. Woodroffe, a quien varias veces acompañó en sus correrías ministeriales.
Ya viudo, Gardiner, renovó su consagración a Dios, solicitó licencia en la Armada, y viajó al África, iniciando un trabajo de evangelización entre los zulúes en Puerto Natal. Durante tres años trabajó en esta obra, debiendo abandonarla cuando se inició la guerra con los boers. De África viajó hasta Argentina en busca de los nativos y luego pasó a Chile ya que, al igual que muchos ingleses, conocía las luchas por la independencia de nuestro país.
En 1836 contrajo matrimonio con la hija de un sacerdote, y durante seis años, ella y sus hijos lo acompañaron en sus viajes misioneros.
En Mayo de 1838, Allen y su familia, viajan de Inglaterra a América del Sur, primero Río de Janeiro, Buenos Aires, Mendoza y luego de allí cruzaron la cordillera hacia Chile. Dio inicio a una obra misionera entre los Mapuches, que no prosperó, en parte por las dificultades del idioma y en parte por la desconfianza de los nativos hacia los blancos , además su Misión carecía de sacerdotes, y así solo podía ofrecer enseñanza en un idioma desconocido para los aborígenes, que aparte del suyo solo podían conocer algo de castellano.
De vuelta a Inglaterra, cargando con el fracaso de su Misión, no le fue aceptado por la Sociedad Misionera su proyecto de Misión en Bolivia. Entonces ofreció financiar él mismo la Misión, hasta que la Sociedad Misionera pudiera ver resultados. Así fue como en 23 de Septiembre de 1845, acompañado de un joven de nombre Federico González, se embarcan para Argentina, para cruzar por el Río Paraná, lo que no pudieron debido a la situación política de ese país. Se fueron entonces a Valparaíso y ahí se embarcaron hasta Cobija, puerto Boliviano en el Pacífico, en aquella época anterior a la Guerra con Chile de 1879.
De Cobija viajaron a Tarija en donde arribaron en Marzo de 1846. La Misión se inició con buenos augurios y consiguió el apoyo de importantes personajes en Bolivia, como el Procurador General de la Nación y el Presidente de la República, quienes lo autorizaron a evangelizar a los indígenas bolivianos. Informada la Sociedad Misionera de Inglaterra de tan buenos augurios le envió ayuda financiera y a demás a otro joven español, llamado Miguel Robles, para que lo ayudara. Pero Bolivia siempre se ha caracterizado por su poca estabilidad política y así, al poco tiempo, el gobierno liberal que había dado facilidades a Gardiner, fue depuesto por una revolución, y asumió el gobierno el Partido de los Conservadores, muy unido a la Iglesia Católica Romana, que obligó a los Misioneros a abandonar la obra y salir del país.
Este nuevo fracaso hizo que Gardiner pusiera sus ojos en Tierra del Fuego, una tierra austral en que sólo había indígenas, ya que la civilización de España no había llegado allá, y menos la chilena, y por lo tanto tampoco la Iglesia Católica Romana.
En el intertanto podía hacerse a la mar para llegar al extremo Sur de Chile, se dedicó a vender Biblias, especialmente en Argentina, recorriendo Mendoza, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, no precisamente en ese orden, pero que le permitió conocer más al país y sus habitantes. Tampoco le fue bien, en muchas ciudades la Biblia era rechazada como herética y/o peligrosa, y los sacerdotes romanos usaron eficazmente el púlpito en contra de los vendedores de Biblias.
Su gran ideal era la evangelización de los indígenas de la Patagonia y de Tierra del Fuego, y sus fracasos en otras tareas los interpretaba como que Dios le estaba indicando que ésa era su vocación y no otra.
Inició gestiones para tratar de abrir una Misión en la Patagonia y solicitó ayuda de las Sociedades Misioneras, al no lograrlo fundó el 4 de Julio de 1844 la Sociedad Misionera de la Patagonia. Viajo entonces por Inglaterra y Escocia solicitando ayuda a los particulares con magros resultados. Sin embargo estos fondos reunidos le permitieron organizar una expedición misionera con cuatro marineros y un carpintero, en un ballenero, llevaba dos carpas indígenas y provisiones para seis meses. Ningún sacerdote les acompañaba.
El 7 de Enero de 1848 salieron desde Cardiff, llegando a destino en Tierra del Fuego el 17 de Marzo de ese año. Las inclemencias del tiempo y la naturaleza feroz de los indígenas los hizo abandonar el primer intento, dando por fracasada la expedición.
Gardiner no era hombre de deprimirse ni desmoralizarse, volvió a Inglaterra a fin de preparar mejor la expedición, considerando ese viaje solo como de observación.
Presentó solicitudes a la Sociedad Misionera de la Iglesia, pero fue rechazado, entonces se dirigió a las Sociedades Misioneras Protestantes como la de la Iglesia de Misiones Extranjeras de la Iglesia Presbiteriana de Escocia, y además lo intentó con la Sociedad de la Iglesia Morava, todas con resultados negativos.
A todo esto Gardiner encontró alguien que le respaldara, el sacerdote G. P. Despard, de Bristol, hombre de piedad, coraje y energía que creyó en Gardiner y lo ayudó, incluso con dinero para la Misión. Finalmente convenció a la Sociedad Misionera de la Patagonia para que lo ayudara, modificando sus planes primitivos, en vez de un bergantín, dos lanchas de 8 metros de largo, cada una, y dos botes para que sirvieran como muelles entre ellas, y propuso que sus tripulantes se reclutaran entre los pescadores de Cornwall, acostumbrados a navegar en mares borrascosos. El creía que las lanchas serían suficientes para navegar por los canales del Estrecho.
Volvió a hacer una gira de recaudación de fondos por Inglaterra y Escocia, con pocos resultados, hasta que una piadosa dama de Cheitenham le entregó una importante donación de mil libras esterlinas, que permitió iniciar de inmediato las gestiones para partir.
En esta expedición se le unieron Richard Williams, un barbero cirujano de Burslen, Joseph Erwing el carpintero naval, y John Maidment, además de los pescadores John Paerce, John Badcock y John Bryant. Otra vez ni un solo sacerdote se dignó a acompañarlos, lo que demuestra que la Iglesia no estaba interesada en esta expedición ni creía en Gardiner.
El pequeño grupo zarpó desde Liverpool el 07 de Septiembre de 1850, en el “Ocean Queen”, rumbo a Tierra del Fuego. El 5 de Diciembre fondearon en la Bahía Banner y al día siguiente se propusieron construir una choza y una cerca, llegando a la Isla Picton el 18 de Diciembre donde fueron dejados, al amparo de Dios y en la soledad de esas costas tormentosas.
Gardiner tenía el plan de ir a Wulaia, una bahía del otro lado de la gran Isla Navarino, a buscar a Jemmy Button, un indígena llevado por el Almirante Fitz-Roy a Inglaterra en su primer viaje y devuelto a sus tierras en 1834, es decir diecisiete años antes de Gardiner. Button fue llevado a Inglaterra junto con otros indígenas, tres hombres y una niña. Uno falleció, el hombre y mujer se casaron y de Jemmy Button, nunca más se supo. Un escritor chileno, don Benjamín Subercaseaux, en su obra “Jemmy Button” (Ediciones Ercilla 1950) al narrar la historia novelada de Robert Fitz-Roy y el descubrimiento del Canal Beagle, cuenta con lujo de detalles, que vale la pena leer, las peripecias de esos fueguinos.
Los indígenas, a quienes se supone venían a enseñar el Evangelio, se manifestaron muy belicosos y hostiles y no lograron nada con ellos, ni acercarse durante los primeros cuatro meses. Las provisiones escasearon y la ayuda que sus hermanos de raza y fe les prometieron jamás llegó. A duras penas se libraron varias veces de los indigenas. Por largo tiempo no pudieron pescar ni cazar debido a las inclemencias del tiempo y la hostilidad de los nativos. Los frustrados misioneros empezaron a decaer y enfermar, salvo Gardiner, que mantenía su fe incólume así como su entrega al Señor. La carne seca que llevaban se les acabó, y no había animales que cazar. Una vez lograron cazar un zorro, que comieron con mucho gusto y gracias a Dios.
Dada la angustiosa situación, y como no aparecía barco alguno, en Marzo de 1851 decidieron hacer un esfuerzo desesperado para conseguir socorro. En una roca pintaron un letrero con la siguiente leyenda :” Gone to spaniard harbour”. En la base de la roca enterraron tres botellas explicando su desesperada situación. Volvieron en Abril y luego en Mayo sin que hubiera rastros de ayuda.
Gardiner, que no era sacerdote, entre tanto celebraba los Oficios Litúrgicos Matutino y Vespertino para él y sus compañeros y mantenía viva la llama de la fe y de la esperanza. Así consta de su Diario que fue encontrado con posterioridad. Jamás decayó su fe en Dios ni su entrega a su voluntad ni de él ni de sus compañeros. Pero tampoco pudieron evangelizar a ningún indígena o habitante de esas soledades.
Cada día en el Diario, Gardiner relata una desgracia, enfermedades, heridas, muerte de algún compañero misionero, ataques de indígenas, hambre y miseria, pero junto con estampar el hecho doloroso agrega una oración de confianza en la bondad de Dios y de acatamiento a su voluntad.
El 28 de Junio de 1851 muere John Badcock, cantando un himno de confianza y entrega al señor. En Agosto murió Joseph Erwing, el 27 de ese mismo mes, John Bryant y el 2 de Septiembre John Pearce. Williams también muere, pero no sabemos exactamente cuándo. El día 6 de Septiembre de 1851 aparece en el Diario el último escrito de Allen Gardiner, que pese a la desesperada situación no hace sino escribir con magníficas palabras de alabanza y adoración a Dios y de amor a Jesucristo.
Todos ellos murieron de hambre y de sed. Pero jamás decayó su fe, murieron alabando a su Señor, algunos incluso entonando himnos con su último aliento. Entregaron sus espíritu al Señor, como lo hacen los santos, en paz y con la confianza de ser recibidos en el Reino.
Y así termina la historia de esta expedición de Misioneros anglicanos ingleses, todos laicos, que entregaron su vida tratando de traer a este continente, en la persona de fueguinos, patagones, onas y alacalufes el mensaje de salvación de Jesucristo. Todos ellos Mártires de la fe cristiana, que murieron con la Palabra de Dios en la boca y su corazón entregado al Señor.
Es cierto que en esta historia no hubo derramamiento de sangre, sin embargo siete hombres dieron su vida por traer el Evangelio a estas costas.
Nuestra Iglesia reconoce su aporte y nos consideramos herederos de su espíritu y temple cristiano.
Los veneramos como Santos de Dios y recordamos su memoria el 10 de Septiembre.

 


Mons Jorge Rodriguez Escobar

obispo@anglican.cl

 

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